Entierro de Cristo: Juan de Juni

 

- Entierro de Cristo: Juan de Juni

El artista borgoñés demostró en esta obra su conocimiento de lo clásico, lo renacentista, y realizó una perfecta fusión de ambos con la tradición hispana.

Juan de Juni nació en Francia pero pronto, hacia 1533 se instaló en tierras españolas atraído por la fama y calidad del arte que se estaba desarrollando en la corte, sobre todo en el ámbito vallisoletano.

Trajo a la península su perfecta formación de carácter manierista y su conocimiento del estilo clásico de procedencia gala.

Sin embargo esto no le impidió alcanzar las más altas cumbres de la escultura en España, llegando a igualar la maestría de Berruguete, y superando con su arte al resto del panorama artístico del momento.

Introdujo en España el patetismo de las expresiones que había aprendido en Francia heredado de Klaus Sluter, junto a sus conocimientos de la obra escultórica de Miguel Ángel.

Esto se puede observar perfectamente en la obra que aquí nos interesa, el Entierro de Cristo.

Con esta obra Juni comenzaba su aportación a la manufactura vallisoletana y confirmaba lo que ya se venia viendo, su excelsa calidad y prestigio.

Habiendo ya realizado grandes conjuntos escultóricos para otras localidades como León o Salamanca, será ahora cuando establece su superioridad en este campo artístico.

Su fama hace que Fray Antonio de Guevara, franciscano cronista del emperador Carlos V y obispo de Mondoñedo, le escoja para realizar su sepulcro destinado a ocupar un espacio dentro del desaparecido convento de San Francisco.

Así será como Juni llega a Valladolid, lugar que verá como este artista logra alcanzar la cumbre de su arte.

El conjunto se comenzó a realizar en 1541, para aparecer concluido en 1544.

En su emplazamiento original, el Entierro se situaba en un retablo que constaba de ocho columnas dispuestas en dos cuerpos.

Donde en el cuerpo inferior estaba colocado el Entierro y en los intercolumnios los dos soldados pretorianos.

Estas dos últimas figuras hoy no forman parte del conjunto, pero es posible que sean los que acompañan el otro Entierro de Cristo situado en la catedral segoviana, del que también Juni es el autor.

La capilla que cobijaba las esculturas estaba decorada con bellas yeserías que se perdieron junto con el convento.

El grupo se veía completado por siete figuras cuyos integrantes eran: Cristo yacente, la Virgen, María Salomé, María Magdalena, San Juan, José de Arimatea y Nicodemo.

La unión de estas figuras se ordenan simétricamente, donde el cuerpo de Cristo marca la línea horizontal, y la Virgen junto a San Juan, el eje de simetría.

El resto de las figuras han sido magistralmente colocadas por Juni para establecer el equilibrio de la pirámide.

En cuanto a los aspectos formales de ellas debemos comenzar analizando la escultura principal, la de Cristo.

Ésta aparece mirando al espectador y colocada sobre un sarcófago decorado con los escudos del obispo.

En el ataúd aparece una inscripción en latín acompañada por los símbolos heráldicos de Fray Antonio de Guevara, de tal manera que aunque él no participe en este magnifico conjunto de figuras se halle de algún modo presente en este preludio del esperado milagro de la resurrección.

Esta imagen reposa sobre un sudario, mientras su cabeza esta sobre una almohada.

Hay que destacar que sus dos manos son visibles, y que es importante la mano derecha que reposa sobre su torso pues ella será representada también en otra obra del francés, La Virgen de las Angustias.

En ambos casos representa la mano de la muerte, de gran tamaño, que fue interpretada por el arte de esos años como una muestra de ofrecimiento.

El cuerpo emana una sensación de puro reposo, está cargado de un clasicismo que parece proceder del mundo griego.

Supone el centro de la composición funeraria, e invita a observarlo desde un plano superior para poder apreciar el tamaño desmesurado de la mano.

Alrededor de esta figura principal se mueven como en un teatro el resto de personajes que forman parte de esta representación dramática.

Todos ellos muestran sus sentimientos ante el suceso protagonista, la Muerte.

La Virgen está concentrada en la despedida con su hijo, otros embalsaman el cadáver, y el resto simplemente miran al espectador para hacerlos participes.

Esos recursos son típicos del mundo teatral, tanto las formas como las expresiones utilizadas son parte de la escena principal.

Juni ha tratado con maestralidad los rostros y expresiones de todos sus personajes.

La Virgen presenta un rostro dulce, donde el escultor podía haber puesto dolor, creando en la figura una cálida armonía.

Forma conjunto con San Juan, también representado de manera dulce y lleno de clasicismo en sus formas.

Sin embrago, el dramatismo esta presente a través de las líneas oblicuas utilizadas.

La siguiente pareja la formarían las figuras que enmarcan al grupo central, situadas de píe; estas serían las dos mujeres.

Por un lado Maria Salomé que alza su brazo enseñando la corona de espinas, y en el otro sostiene una toalla, símbolo de que está preparando el cuerpo difunto.

Esta figura muestra un rostro desgarrado, lleno de dramatismo, que junto a las líneas del cuerpo acentúan su carácter manierista.

Al otro lado se sitúa la figura de Maria Magdalena, entretenida también en acicalar al muerto, pues en una mano porta un pañuelo para limpiarlo, mientras en la otra sostiene en alto el frasco de los perfumes.

Creando con este brazo alzado, y junto al de la figura contrapuesta de Maria Salomé, un marco a la escena principal.

Esta última figura guarda en el tratamiento de sus telas, y en el desarrollo anatómico una clara correspondencia con la obra escultórica de Miguel Ángel; aunque su carga emotiva demuestre que es una obra manierista.

En último lugar, cerrando la narración compositiva se encuentra el grupo situado en primer término, formado por dos figuras masculinas medio arrodilladas.

Estas se corresponden a la personificación de José de Arimatea y de Nicodemo, que actuarán de enterradores.

El primero toca con su mano la cabeza de Cristo, mientras con la otra nos muestra una espina perteneciente a la corona, para clamar a la piedad del espectador.

Es parte de la escenificación teatral, pues es él quién nos esta presentando la escena protagonista.

Juni se deleita con el rostro envejecido del personaje, lleno de arrugas, y lo dota de un gran dolor y sufrimiento.

Así, siendo el personaje que nos introduce en la historia nos muestra lo que vamos a ver, una tragedia.

Situado en la esquina izquierda del conjunto encontramos a Nicodemo aseando el cuerpo yacente como se puede deducir del paño y el jarro que porta.

En general cada personaje representa su papel dentro de este drama; los ropajes arremolinados de Maria Magdalena crean la tensión presente, Nicodemo clama al cielo suponemos que solicitando clemencia, Maria Salome y José de Arimatea nos introducen en la representación a través de sus rostros marcados por el intenso dolor tanto físico como moral, y finalmente toda las líneas culminan en la escena central donde la policromía del cuerpo de Cristo nos indica su divino sufrimiento.

En la obra podemos observar como el escultor francés ha aprendido y asimilado todas las enseñanzas francesas e italianas.

Conocedor de los Entierros de ambos lugares toma el dramatismo y el realismo italiano, y lo hace eclosionar con el repertorio y con la composición francesa.

Hace confluir en esta obra la esencia de ambos, para crear esta maravillosa escena, donde además deja patente su calidad como escultor y plasma en cada parte su propia personalidad.

Juan de Juni logra aquí reunir su experiencia con la presencia de otras, como la monumentalidad de Miguel Ángel o la expresividad de las obras clásicas griegas.

Realiza un conjunto cargado de teatralidad y sentimiento, sensación acrecentada por el perfecto acabado de cada detalle, y por el esplendido uso de la policromía, que consigue, partiendo de ello, incrementar el dramatismo.

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