Gustave Moreau. Biografía y obras

 

- Gustave Moreau. Biografía y obras

Fue el patriarca de la pintura que a partir de tonos planos remonta a un color empastado y exuberante con gruesos pegotes y textura de relieve.

Hijo de un arquitecto municipal de París, se educó en ambiente artístico que favoreció su vocación.

La muerte de su hermana pequeña será un duro golpe, siendo él retirado del colegio por su quebradiza salud y empezando a dar clases particulares.

En 1841 viaja a Italia del norte donde tiene la oportunidad de dibujar diversos monumentos y empaparse de la herencia clásica, pareciéndole más arriesgada que su París natal.

Estudió con Picot, un decorador de monumentos públicos e iglesias de París, y con Chassériau, discípulo de Ingres que ejerce una poderosa influencia sobre Moreau, Comenzará una gran admiración a Delacroix.

En 1847 ingresa en la Real Escuela de Bellas Artes de París, tentando por dos veces el prestigioso Premio Roma, que no hizo más que frustrarlo.

Estuvo siempre muy preocupado por la pintura oficial del Salón, revelándose en sus primeras pinturas como un Academicista que, por otro lado, quería romper con el tópico y la anécdota.

Situación esta similar a la des un gran amigo, Pierre Pubis de Chavannes.

Desde entonces, salió de la Escuela y se enclaustró en un atelier donde dedicaba su talento a copiar a los grandes maestros del Louvre, siendo admitido en 1852 en el Salón, comenzando un éxito como pintor académico que le llevó a la Exposición Universal de París en 1855.

Entre 1857 y 1859 vuelve a Italia, donde copia las decoraciones de los edificios clásicos y a los grandes maestros italianos en Roma, Florencia, Milán, Venecia y Nápoles.

Allí se encontrará con muchos compañeros, entre ellos un joven Degas.

Ahora sus personajes tendrán un aire mayor con los de Miguel Ángel, con los claroscuros de Da Vinci.

También le influenciarán los precisos dibujos de las miniaturas indias creando un arte ecléctico y personalísimo.

En 1862 muere su padre y en 1870 se alista como voluntario en la guerra francoprusiana bajo el reinado de Napoleón III, lo que afectaría a su sensibilidad artística.

Un año antes expone en el Salón “Prometeo” (”Prométhée”, 1869) y “El rapto de Europa” (”L’enlèvement d’Europe”, 1869) por el que le darán una medalla, pero será tratado duramente por la crítica, no volviendo a exponer hasta 1876.

En 1875 le nombran Caballero de la Legión de Honor.

En 1870, en pleno éxito de su carrera, se retira del Salón para buscar nuevas fórmulas pictóricas, como si después de haber alcanzado el reconocimiento, pudiese ser por fin él mismo.

Otra explicación a este importante golpe de timón en su carrera pudo ser la guerra, el volver transfigurado de la muerte y el horror, que le lleva a escapar de lo oficial y de una realidad demasiado ingrata.

De esta etapa surge la investigación sobre el color brillante y rico, evocador, perfecto para un mundo de metáforas en las que recrea mitos orientales, fábulas y escenas bíblicas con una estética muy barroca.

Sus nuevas pinturas causaron sensación cuando reaparece en 1876.

Experimenta con las técnicas al óleo, guache, acuarela o temple, creando un ambiente superficial de fuerte contenido literario.

Parte de la idea de lo inefable, lo que trasciende a los sentidos, a los límites mediante la insinuación.

En “Hércules y la Hidra de Lerna” (”Hercule et l’Hydre de Lerne”, 1876) toma un tema sujeto a lo académico, por su mitología.

Es una acuarela que muestra al héroe inmediatamente antes de la batalla, de manera que excite la imaginación del espectador.

Aparecen los cadáveres de quienes antes intentaron la hazaña en contraste con el cuerpo y tono de piel de Hércules, en relación con ese gusto a lo putrefacto de todo el fin de siglo y con “La balsa de la Medusa” de Géricault, siendo un heredero de los románticos a través de su maestro Chassériau.

La puesta en escena es densa, con tonos ocres y beiges que se descomponen en esta actitud pasiva, en contra de los grandes cuadros académicos, que prefieren la acción, el clímax de la batalla.

El paisaje es absolutamente contrario al Impresionista, sin relación con la realidad; es un paisaje mental, en las dimensiones del sueño.

Pero sin duda lo que más sensación causó fue la serie de “Salomé” (1876) unas acuarelas en su base con técnica mixta aplicada con una pincelada gruesa y colorista.

Salomé es un tema inevitable para los simbolistas y lo será también para los modernistas.

Es una mujer paradigma de la contradicción, ingenua, perversa, sensual, exótica, fascinante y peligrosa.

Es el símbolo de la mujer decadente, tópico de ese momento en la obra homónima de Wilde o Straus y la “Salambó” de Flaubert.

Lo ambiguo, la perversión de las costumbres, dar la vuelta a lo tradicional, dejar que triunfe el mal a través del arte es lo que está adherido a estas pinturas.

Moreau trata el tema repetidamente: en el baile, ante Herodes, con la cabeza del bautista, siempre sobre fondos cromáticos complicados y excitantes.

También hay una presencia de lo visionario y lo oriental en el templo árabe e hindú de “La aparición” (”L’apparition”, 1876).

Así como también encontramos el sincretismo religioso en la “Danza de Salomé” (”Salomé dansant”, 1876), donde el trono de Herodes se perversa con una especie de diosa Démeter con muchos pechos flanqueada por dos esculturas que pueden recordar a San Pedro y San Pablo, pero cuyas referencias icónicas han desaparecido en esta síntesis.

En 1878 presenta seis pinturas a la nueva Exposición Universal de París y en 1880 se presenta por última vez al Salón con “Helena” (Hélène”, 1880) y “Galatea” (Galatée, 1880).

En 1884 muere su madre, circunstancia que le sume en una profunda depresión reflejada en “La vida de la Humanidad” (”La vie de l’Humanité”, 1886), pintura expuesta en la galería Goupil, única exposición monográfica dedicada en vida al pintor.

En 1890 muere su compañera Alexandrine Dureux a la que le dedica “Orfeo sobre la tumba de Eurídice” (”Orphée sur la tombe d’Eurydice”, 1890); desde entonces se aisla de la sociedad.

En 1892 fue llamado como profesor de la Escuela de Bellas Artes de París, enseñando a artistas como Matisse o Rouault.

Esta circunstancia le animará un poco, al reunir los domingos en su casa a jóvenes artistas con los que intercambiar ideas, entre ellos su primer biógrafo George Desvallières.

En 1895 acaba su obra maestra “Júpiter y Sémele” (”Jupiter et Sémele”), paradigma de la decadencia, del sincretismo, de la podredumbre, de la gran evasión, del fin irreparable de una época, de las drogas y la anestesia que se desarrollaban esos mismos años de forma paralela y significativa.

En estos mismos años transforma la casa familiar que luego se convertiría en su museo.

Su obra de madurez se inscribe enteramente en el Simbolismo, un movimiento artístico que rechaza todo realismo y naturalismo, dando importancia a la imaginación y al recuerdo, es decir a la pura subjetividad del artista.

Moreau, concretamente prestaba un especial interés a lo divino, a la intuición y a la religión, no en sentido estricto.

El arte, por lo tanto, debía tener una fuerte dimensión espiritual e incorporar el misterio, concepto este trabajado por Mallarmé en su poesía.

Su figura es capital para el nacimiento de las vanguardias del XX.

La libertad de usos del color, se practicará luego en el color subjetivo de los Nabis y en el color a ultranza del Fauvismo, no en vano Matisse fue uno de sus discípulos.

El arte de Moreau sigue siendo muy controvertido; para algunos estuvo a un paso de la abstracción, sin saber que hacer con ella, otro lo estiman como maestro y señalan que, curiosamente, había sido aclamado por la misma crítica que hundió a los Impresionistas; es la ley del péndulo a la que no escapan los gustos estéticos.

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