Joaquin Sorolla. Biografía y obras

 

Joaquin Sorolla

La luz, el color, el movimiento.

Con Joaquín Sorolla y Bastida estos conceptos adoptan un nuevo significado.

Nace en Valencia el 27 de febrero de 1863.

A los dos años se queda huérfano y su tío se convierte en su tutor.

Ya da muestras de una inclinación artística desde muy joven, por esa razón le envían a las clases del escultor Cayetano Capuz.

Después llegará la Academia de San Carlos de Valencia y su descubrimiento de los pintores valencianos y de Pinazo, quien le seducirá con su pintura al aire libre.

Sorolla disfrutará alejándose de su estudio, dejándose acariciar por la leve brisa de la costa levantina mientras plasma en sus cuadros imágenes cercanas a él, cercanas a un pueblo de mar, de tierra, de huerta.

Es precisamente en este momento cuando Sorolla empieza a desarrollar ese luminismo tan personal que caracterizará toda su obra.

En 1881 dos pintores excelentes se sumarán a su carro de influencias: Velázquez y Ribera; la luz y la ejecución fogosa darán lugar algunos años más tarde al cuadro de cariz con “El dos de mayo” (1884), un cuadro que sacudirá a la opinión pública.

Tras ganar una oposición, se traslada a Italia, país en el que vivirá algunos años.

Durante un viaje relámpago a París en 1885, su realismo sufrirá un revés, se transformará en el verismo visual de Bastien Lepage y Adolf Menzel, quienes influirán sobremanera en su producción posterior.

Obras de Joaquin Sorolla

Una muestra de ello es “El entierro de Cristo”, obra que no conseguirá una buena acogida, a pesar de su innovador tratamiento de la luz.

En 1889 conoce el republicanismo social de la mano de Blasco Ibáñez; las obras de ambos resultarán un espejo, un reflejo de las tristes circunstancias socio-económicas por las que atraviesa el país.

“Otra Margarita”, “Trata de blancas”, “Aún dicen que el pescado es caro”.

Todas estas obras observan la realidad de una forma menos convencional o esteriotipada y hacen una crítica audaz de la crisis social de fin de siglo.

Siguiendo los dictámenes de Lepage y de Menzel, en los que se manifiesta el nacimiento de una pintura alejada de los salones señoriales y centrada por primera vez en el mundo rural, en el campesinado, Sorolla apuesta por la reproducción verídica del propio entorno, vinculando a cada pintor con su mundo más pequeño, con las cosas corrientes de la vida, esas cosas que con el paso del tiempo se invisibilizan, y que hasta entonces el arte había ignorado.

Cuadros de Sorolla

Sorolla plasmará esa luz cegadora del mediterráneo en sus lienzos, nos mostrará su mar, sus pescadores, su miseria.

“Cosiendo la vela” o la “Vuelta de la pesca”.

Un cuadro que resumirá todas las tendencias de Sorolla, que fusionará el realismo social con su latente costumbrismo es “Triste herencia”.

Extrañamente en este cuadro el Sol no invade el espacio como lo hacía en “Cosiendo la vela”, sino que se aprecia una luz más tenue, propia de un atardecer tardío, dando a todo lo narrado un dramatismo que traspasa el lienzo.

El inicio del nuevo siglo lo pondrá en contacto con otra forma de ver la pintura, la lejana, la nórdica de Kroyer y Zorn, artistas formados en la contemplación de la naturaleza, artistas puros, sin tradición, sin influencias.

El lugar del encuentro, la siempre luminosa París, donde algunos años antes se fraguó otra evolución en la pintura de Sorolla.

Un ejemplo de este encuentro será la obra “Figura en blanco”, inspirada en “La tarde de verano en la playa” de Kroyer.

El contacto con Zorn trivializará sus temas.

Movimientos de Joaquín Sorolla

Abandonará el realismo social y se sumergirá en un agradable y suave costumbrismo.

La playa, los niños, las mujeres, los paisajes y los jardines se harán los grandes protagonistas de la obra de este nuevo periodo, así como algún que otro retrato de la clase bien española.

A partir de aquí su vida se intensifica y comienza a deambular por toda la geografía española plasmando su realidad, sus paisajes y sus costumbres más ancestrales.

Su particular evolución luminística logra efectos cegadores, que incluso llegan a distorsionar los colores: “Sol de la tarde”.

Los retratos costumbristas de esta época se impregnarán de esa actitud positiva y de esa fe en el pueblo que caracterizará a Sorolla y que estará en clara oposición con la línea tremendista de Zuluaga.

Su España será muy mediterránea, muy valenciana.

Juan Ramón Jiménez dirá de él: “Trabaja con sus pinceles españoles y encuentra lo que quiere: toda el alma de la patria… Entonces comienza esa serie de cuadros de la tierra, de trabajo, sudor, miseria y sol, el esplendor griego de las costas de Levante y el trueno de su mar azul, la gracia florentina del gesto de Valencia, todo ese lujo de espumas y transparencias, de brisas y de flores, toda esa algarabía incomparable de mujeres, de niños, de marineros españoles”.

A partir de 1908 se apreciará un nuevo cambio en su particular luz.

Será después de una estancia en Biarritz, cuando los colores más fríos, más opacos del Atlántico empiecen a nadar por su pintura.

“Bajo el toldo, playa de Zarauz”.

Un año después, en otoño, se instala en Granada, ciudad que junto con Sevilla conquistará su corazón y que estará presente en su obra: sus jardines, sus reminiscencias árabes y sus maravillosas panorámicas.

Durante estos años se dedicará también a los retratos familiares: “Clotilde sentada en el Sofá”, “Maria con sombrero” o “Maria con mantilla”.

Hasta 1911 su obra volará por toda Europa de exposición en exposición, sin detenerse nunca por tierras españolas.

París, Berlín, Düsseldorf, Colonia y Londres acogerán, no siempre con el mismo calor, su creación.

Poco después llegará su gran salto a Estados Unidos: Nueva York, Buffalo y Boston.

Durante esta época un lento Sorolla en sus primeros tiempos empieza a mostrar una velocidad de ejecución inaudita incrementando de forma asombrosa su producción pictórica.

“El baño del caballo”, “Paseo a orillas del mar”, “Niñas en el mar”, “El balandrito” o “Después del baño”.

En 1911 recibe un monumental encargo, decorar la biblioteca de The Hispanic Society of América en Nueva York, en el que reproducirá las gentes, las costumbres de muchas regiones españolas.

Intenta reflejar una España lejana de tópicos pero irremediablemente cae en ellos.

Buscando una etnología todavía virgen, lo pintoresco se adueña de sus cuadros.

De “Las provincias de España”, destaca “La pesca del atún, Ayamonte”, curiosamente el último de esta colección de lienzos y que guarda una frescura que no poseen muchos de los aparatosos cuadros de esta colección.

En 1915 pintará dos de sus cuadros más conocidos, “Al baño, Valencia” y “La venta del pescado (Pescadoras valencianas)”, y se retirará a su casa, donde pasará sus últimos años haciendo una pintura más intimista.

Pintando en la primavera de 1920 el “Retrato de la señora Pérez de Ayala”, sufre una hemiplegía de la que nunca se recuperará.

Poco a poco su llama se irá extinguiendo y morirá en Cercedilla, cerca de Madrid, el 10 de agosto de 1923.