Akhenatón: El rey hereje

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Al evocar el glorioso pasado de la civilización egipcia vienen a nuestra memoria la grandeza de sus construcciones, lo rico y variado de su panteón y sus ritos y la imagen imperturbable de las estatuas que jalonaban con su mirada clavada en el infinito, los lujosos complejos palaciegos y religiosos de este imperio.

Sin embargo, estas tendencias no fueron constantes a lo largo del tiempo en que se desarrolló la civilización del Nilo.

Bajo el mandato de uno de los más enigmáticos faraones, Akhenatón, la sociedad egipcia sufrió una auténtica revolución que afectó principalmente al rígido código artístico y a todo el sistema religioso.

Es este último punto el que con más fuerza va a caracterizar el legado de este faraón.

Si hay algo que presidió de manera constante todo su mandato, fue la ruptura con la tradición religiosa.

Pero para entender bien este punto debemos retroceder hasta el reinado de su padre, el faraón Amenhotep III.

Este soberano de Egipto se postuló como legítimo faraón recurriendo a los favores del clero de Amón, quienes dieron por bueno el “rumor” que hacía referencia a una unión carnal entre su madre y el dios.

Pero una vez en el poder, Amenhotep III piensa que el favor está devuelto y además, este clero que antes fue su aliado, ahora está acumulando un poder excesivo.

Así pues, decide alejarse de su relación con los sacerdotes de Amón, tanto en el plano político como en el físico.

Por lo que opta por abandonar Tebas, principal sede del clero de Amón y asentarse en la ciudad de Malkata.

A partir de aquí serán los sacerdotes de Heliópolis quienes actuarán de soporte a su poder sobre la sociedad egipcia.

Se observa con claridad que trás estos episodios, las bases para la ruptura que emprenderá Akhenatón ya están sentadas.

Cuando Amenhotep IV llega al trono, el más o menos disimulado enfrentamiento por el poder entre su predecesor y los sacerdotes de Amón se hace evidente.

Medidas de Akhenaton

Entre sus primeras medidas destaca la construcción de un templo dedicado a Atón, la divinidad, que ahora gozaba del favoritismo real en Karnak, muy cercano al recinto sagrado de Amón.

No obstante, no quedaba simplemente ahí la lucha contra Amón y todo lo que representaba.

Amenhotep IV clausuró el culto a Amón y se dispuso a eliminar todo vestigio que recordada su ¿?¿?, incluso él mismo dejó de llamarse Amenhotep IV para autodenominarse Akhenatón.

Siguiendo con esta línea de revolución político-religiosa, Akhenatón mandó edificar una nueva capital para Egipto.

Con todo no debemos pensar que los nuevos aires políticos soplaban sólo en el terreno formal, acompañando a lo anterior surge todo un corpus ideológico que entroniza a Atón como dios único y que tiene en el faraón Akhenatón su profeta y descendiente.

En esta nueva coyuntura, Akhenatón va a contar con el respaldo de su mujer, Nefertiti, y juntos protagonizarán comportamientos en público que no eran habituales para la pareja real, con lo que muchos de sus siervos, es presumible que vivieran momentos de estupor colectivo, ya que estas actitudes significaban en la práctica una ruptura con los criterios del clero de Amón.

Por otra parte cabe decir, que los cambios también afectaron a las corrientes estéticas y a los cánones que regulaban el arte.

Durante el reinado de Akhenatón, la tradicional rigidez y estatismo que presidía los rostros y las esculturas del Antiguo Egipto dejarán paso a una nueva concepción artística inspirada por el propio faraón que tenía como elemento central y fuerte de inspiración, la representación de la realidad sin idealizaciones.

Aunque también hay ejemplos artísticos de esta época en los que la realidad es sustituida por la mofa y la exageración grotesca del personaje representado.

Sin embargo, su obra no tuvo continuidad, tras su muerte, su proyecto quedó sepultado.

Lo cierto es que la principal debilidad de nuevo credo impulsado por Akhenatón era la falta de un sucesor que siguiera adelante con dicho proyecto aunque por otra parte la supuesta continuidad hubiera entrañado serios problemas por Akhenatón.

Se consideraba el único representante del dios Atón, con lo que toda continuidad hubiera puesto en entredicho el sistema ideológico.

Las fuentes hablan de un supuesto sucesor llamado Smenkhare.

Durante el reinado de Akhenatón de 1378 a 1362 a.C según (C.Alfred) o de 1364 a 1347 según (J.Padró) el imperio sufrió una merma del territorio debido principalmente a la actitud de este faraón frente a los asuntos relativos a la política.

Debemos señalar como principal consecuencia de esto, pérdida de las minas de oro de Nubia, y sólo gracias a la habilidad de sus generales, los peligros no pasaron a mayores.

Tras su muerte, su principal obra, el culto a Atón, fue suprimido y se restauró de nuevo el culto a Amón, no obstante, no todo su legado se perdió, pues los artistas de las siguientes épocas aplicaron los elementos artísticos más característicos del reinado de Akhenatón.

Sintetizando todo lo anteriormente expuesto, debemos extraer a manera de resumen una serie conclusiones.

En primer lugar debemos destacar la importancia objetiva de su reinado.

Interpretaciones clásicas veían en Akhenatón una figura precursora de los modernos pacifistas internacionales.

Hoy en día se tiene a considerar tales hipótesis como exageradas, sin que ello suponga una merma en la importancia a la que anteriormente aludíamos.

Ahondando en la importancia del reinado de Akhenatón, algunos estudiosos de la materia subrayan lo particularmente interesante que resulta el conflicto desatado entre los sacerdotes de Amón y el faraón.

Estos mismos historiadores ven en ello una evidencia fehaciente de la existencia de un conflicto larvado en el tiempo que enfrentaría no sólo a Akhenatón contra el clero de Amón sino a estos últimos contra la burocracia faraónica.

Burocracia que al igual que la religión y otros aspectos dominantes de la tradición egipcia, sufrió en época del faraón que nos ocupa una considerable renovación.

Sin embargo debemos descartar la creencia ampliamente difundida, hasta hace relativamente poco tiempo, que suponía que Akhenatón había reemplazado a la eficiente y veterana burocracia tradicional por otra corrupta e inoperante y cuyos miembros procedían de las filas del ejército y en no pocas ocasiones de origen extranjero.

Para finalizar, debemos quedarnos con la idea de que Akhenatón fue un gobernante atrevido, que no tuvo inconveniente en enfrentarse al clero de Amón para modernizar la sociedad.

Este último rasgo nos ofrece la imagen de un gobernante fuerte; sólo así puede entenderse que alguien se decida a desbancar las estructuras de culto tradicionales y sustituirlas por otras.

Para alcanzar sus propósitos, Akhenatón no dudó en utilizar todos los recursos de los que disponía el monarca de Egipto antiguo, de esta forma actuó con diplomacia y sutileza cuando pudo hacerlo, pero no dudó en recurrir a la fuerza cuando ésta era necesaria.

El reinado de Akhenatón figura entre los más destacados de los muchos que existieron en el país del Nilo.

Sus inusuales retratos con sus extrañas formas mantendrán siempre viva en nuestra memoria el recuerdo de que un día ese trono lo ocupó Akhenatón, el faraón hereje.