Animales eusociales: Reinas y esclavas

 

- Animales eusociales: Reinas y esclavas

Los seres humanos no representamos el último escalón en el desarrollo social.

Algunos animales han llegado más lejos en cuanto a cohesión social, altruismo y control de la colectividad.

La eusocialidad, el grado más alto de organización social, se ha alcanzado en todas las hormigas y termitas, en algunas avispas y abejas, y, curiosamente, en un mamífero, el ratón cavador lampiño.

Recientemente se ha descubierto también en otros grupos de insectos, como pulgones y tisanópteros (trips), y en pequeñas quisquillas (crustáceos), que construyen colonias en esponjas en mares tropicales.

Tres características definen a los grupos eusociales: cooperación colectiva para el cuidado de los jóvenes, división en castas reproductoras y no reproductoras (o con poca capacidad reproductora) y cuidado por parte de los hijos de sus progenitores durante alguna fase de su vida.

Los seres humanos basamos generalmente el cuidado de los jóvenes en la familia (aunque cada vez más en instituciones); no poseemos una división de castas, pero algunos disfrutan de mayor acceso a la reproducción que otros, y los hijos cuidan de sus progenitores cada vez menos.

Según el grado en que se cumplen estos requisitos, se reconoce una secuencia de especies desde las solitarias a las eusociales, pasando por ejemplo por aquellas en que los individuos cooperan sólo para construir el nido o para alimentar a las crías.

Es obvio que el estado eusocial es uno de los más exitosos de la naturaleza, pues supone construir un superorganismo que maximiza las ventajas de la división del trabajo y cuya solidez está basada en un fuerte parentesco genético.

Los superorganismos sociales construyen rascacielos climatizados, crean legiones devastadoras o ejércitos expertos en el asedio y la guerrilla, cultivan (por ejemplo, hongos), pastorean (pulgones), esclavizan a otros grupos eusociales, desarrollan sistemas de comunicación y navegación muy sofisticados, constituyen la mayor parte de la biomasa animal en algunos ecosistemas, etc.

Estos éxitos se lograron relativamente tarde en la evolución de los insectos, hace entre 100 y 50 millones de años.

A partir de entonces, se ha producido un estancamiento en las innovaciones, que podría señalar un límite para los logros que los insectos eusociales pueden conseguir (de hecho, las capacidades de los grupos más avanzados de termitas e himenópteros son comparables).

La mayoría de los insectos sociales son himenópteros, en los que la determinación del sexo es particular y dos obreras hermanas comparten tres cuartos de los genes, en lugar de la mitad que comparten dos niños hermanos, por ejemplo.

Esta alta coincidencia genética es un factor que mueve a los individuos a cooperar entre sí (selección familiar).

Pero no puede ser el único factor que ha influido en el desarrollo de la eusociabilidad, ya que termes y ratones lampiños no muestran ese modo de determinación del sexo.

Otra teoría se basa en las ventajas evolutivas que confiere la construcción de superorganismos.

La teoría de la manipulación parental sigue el principio egoísta individual de Darwin: los padres anularían o reducirían la capacidad reproductiva de los hijos para obtener múltiples ventajas.

¿Quién dirige un superorganismo? Las hembras reproductoras tienen mucho poder: emiten hormonas que inhiben el desarrollo de sus posibles rivales, que permanecen en el estado de ninfa, y otras sustancias para que las obreras trabajen en su beneficio y no se reproduzcan por su cuenta.

Pero las obreras también poseen sofisticados mecanismos de comunicación (por ejemplo para informar de la localización del alimento, cuya cima es la danza de las abejas para indicar la dirección y la distancia hasta las flores).
Recientemente, se ha comprobado que las abejas deliberan de un modo parecido al de los humanos a la hora de decidir dónde trasladar el enjambre.

Se constituye un cuerpo de exploradoras, compuesto por unos cientos de obreras que inspeccionan numerosas localizaciones y comunican la ubicación de cada hallazgo con una danza similar a la usada para las fuentes de alimento.

Cada exploradora permanece más o menos tiempo en cada ubicación en función de sus preferencias.

Se va alcanzando así poco a poco un “acuerdo” entre las exploradoras, basado en el número de partidarias de cada ubicación.

Cuando se produce la elección final, las exploradoras estimulan al enjambre para que migre y lo guían.

Pero las sociedades de insectos no siguen siempre patrones estereotipados.
Surgen grupos de insurgentes en estas dictaduras.

A veces las obreras se niegan a obedecer las órdenes de la reina y matan a su descendencia o producen sus propias crías.

A veces las obreras favorecen en la alimentación a sus hermanas, en detrimento de sus hermanos, con los que comparten menos genes.
Algunas obreras no están de acuerdo con la función que se les ha asignado y otras se vuelven perezosas.

Las obreras pueden perder hasta un 25% de su tiempo de trabajo y son devueltas a la actividad por individuos “supervisores”.

Todo esto se puede entender mejor al reconocer que hay múltiples diferencias individuales (y no sólo genéticas o debidas a la exposición a hormonas).

Los superorganismos de los insectos eusociales pueden realizar comportamientos tan complejos porque son la suma de muchas inteligencias individuales, pero es que además esas inteligencias son más poderosas de lo que se consideraba antiguamente.

Hoy se sabe que las abejas, por ejemplo, reconocen muchísimos aromas y matices de color, tienen una memoria operativa muy desarrollada y capacidad de aprendizaje.

Sus cerebros se estructuran no sólo en módulos “verticales” que responden con una respuesta concreta a cada estímulo, sino también en módulos “horizontales”, que se comunican entre sí para elaborar una respuesta modulada, adaptada a cada estímulo particular.

Las abejas poseen incluso la capacidad de construir conceptos abstractos: pueden distinguir entre conjuntos de objetos similares y distintos.

Añadir Comentario