El Arte Bizantino: Mestizaje y fusión de culturas

 

Durante la Edad Media, época de castillos, oscurantismo y princesas, se dilata la existencia del Imperio bizantino.

Su cultura se desplegó como la más brillante de toda la Cristiandad y la profunda originalidad de su arte influirá intensamente, en el desfile de los diversos estilos artísticos del Occidente medieval.

Su cultura artística se fundamenta sobre los pilares del arte griego y el mundo paleocristiano, al mismo tiempo que sabe fundir y asimilar las influencias de oriente y occidente. Constantinopla se convertirá en la capital del Imperio bizantino, gozando de una trascendencia y repercusión incalculables y constituyéndose como la ciudad más importante del medievo.

La arquitectura en el arte Bizantino

La arquitectura bizantina, con un marcado carácter religioso, mantiene la majestuosidad de la tradición romana y la elegancia griega, combinando a la vez, fuertes influencias orientales, de la cultura persa y musulmana.

Los materiales empleados son por lo general pobres, pero el gusto por la ostentosidad y la policromía, los recubrió de opulentos mosaicos y elementos decorativos.

La cúpula semiesférica, enriquecida con influjos sirios y persas, desempeñará una función preponderante, en torno a ella se articulan el resto de los elementos arquitectónicos.

Su preeminencia explica la forma de cruz griega, de brazos iguales, que con frecuencia adoptan las plantas de los templos.

La pechina es otro elemento característico, inventado con la finalidad de inscribir la planta circular de la cúpula sobre las proporciones cuadradas de los edificios.

El arquitecto bizantino recurre con característica frecuencia al recubrimiento del interior de las bóvedas con mosaicos coloristas y profundos gallones, colocados en deposición radial.

Descendiente de la tradición romana, los arcos descansan directamente sobre los capiteles aportando ligereza y elasticidad a las edificaciones.

La decoración de los capiteles suele ser una versión simplificada del corintio clásico; en la época de Justiniano, se empezó a utilizar una variante aún más sencilla, el capitel de avispero, ornamentado con meras perforaciones.

La época de Justiniano, de impetuosa vida política, conquistas militares y reformas administrativas, vino acompañada también, por una intensa actividad constructora.

Es la primera época dorada del arte bizantino, la más brillante, aunque no la más innovadora, debido a su carácter transitorio relacionado con el anterior periodo, de la cual se conservan una valiosa serie monumental ubicada en Constantinopla y Ravena, capital de la época.

El gran templo de Santa Sofía de Constantinopla es la obra cumbre de esta época y uno de los edificios más grandiosos de toda la historia.

El colosal monumento para cuya edificación no se escatimó ningún medio, es el resultado de influjos orientales y occidentales, con posterioridad, fue transformada en mezquita por los musulmanes hasta la actualidad.

La enorme cúpula, en torno a la cual se organizan los restantes, es el elemento esencial del templo, se sustenta sobre pechinas y fue edificada con materiales muy pobres y ligeros con el fin de posibilitar tales dimensiones.

Una serie de ventanas iluminan la base de la gran cúpula, originando la fascinante sensación de hallarse suspendida en el aire.

Vivaz impresión de armonía y atrevimiento en su conjunto, que se conserva aún en la actualidad, a pesar de las mutilaciones y el deterioro del tiempo.

Por orden de Justiniano, también se construyeron en Constantinopla otras importantes iglesias de menor tamaño: la de los Santos Apóstoles, que no se ha conservado, Santa Irene y la de los Santos Sergio y Baco de cúpula gallonada.

En Ravena se edifican la iglesia de San Apolinar in Classe y San Apolinar el Nuevo, que destaca por la bella decoración de sus mosaicos; la iglesia de San Vital, seguidora del modelo de los Santos Sergio y Baco y el baptisterio de San Juan de Letrán.

Las grandes dificultades políticas que atraviesa el Imperio bizantino en la época macedónica, repercutirán en las manifestaciones artísticas que iniciaran una fase de estancamiento.

En esta segunda edad de oro, se concibe a la iglesia como un microcosmos, motivo por el que se construyen pequeñas cúpulas escalonadas, dotadas de un significado propio, en torno a una central y mayor, que representa al universo dominado por Dios.

Los interiores son decorados con profusión, utilizando mosaicos y vibrantes colores en las pinturas, al servicio de esta simbología.

Son numerosos los edificios conservados, que combinan estos elementos en Beocia, Constantinopla y otras ciudades del reino.

La tercera edad de oro tiene lugar en la época en la que el Imperio inicia su agonía.

Es el último momento de brillo artístico, caracterizado por la diversificación en múltiples influjos locales.

Simples capillas de reducidas dimensiones, que mantienen la planta de cruz griega, son las características de los edificios en general, en este periodo.

Con un rasgo original: la mayor esbeltez de las proporciones, las formas se alargan y se coronan con elevadas cúpulas. Otro rasgo característico de este momento es la extraordinaria profusión con que decoran las fachadas.

Pinturas, Mosaicos y esculturas del Bizantino

Mosaicos, cerámicas de inspiración musulmana e incluso esculturas por influjo occidental, se emplean ahora, también en el exterior de los edificios. Buenos ejemplos de estas particularidades son, la iglesia de Mistra y los Santos Apóstoles de Salónica.

Los relieves en marfil, los mosaicos de grandes dimensiones y las pinturas murales que decoran el interior de las iglesias, son los componentes principales de las artes figurativas.

La escultura de bulto redondo desaparece en favor del relieve, debido a la tradición de indiferencia plástica hacia el modelado del cuerpo humano, heredada de las tradiciones orientales y el arte paleocristiano.

La revolución iconoclasta trajo consigo la acentuación de la desconfianza hacia la figura humana y hacia el naturalismo clásico; se desplegó entonces, un arte puramente decorativo, basado en temas vegetales y geométricos e influenciado por la moda islámica de la época.

Posteriormente se restaurará el culto a la representación de imágenes, las formas se alargan en un afán de acusada búsqueda de espiritualización.

Su profundo sentido religioso encontrará su más distintiva expresión, en los convencionales modelos cargados de rigidez, pero alumbrados por un profundo sentido sagrado y trascendente.

A partir de este momento se confeccionan determinados modelos y complicadas composiciones iconográficas ampliamente difundidos.

A la tradición paleocristiana del mosaico añadieron una notable mejora en la perfección técnica, pero con la creciente pobreza del Imperio, se determinó la sustitución de esta costosa decoración por la pintura mural, que alcanzó una gran difusión, en sus diversas variantes.

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