El Arte Románico

Arte romanico

Se entiende por arte románico el conjunto de manifestaciones artísticas del occidente de Europa desde fines del siglo X hasta principios del siglo XIII (con notables diferencias cronológicas y estilísticas según las diferentes localizaciones).

El arte de la sociedad feudal

Se presenta como el lenguaje estético de la sociedad feudal, así como la expresión del monacato y de la aristocracia.

Es un período de clericalización de la cultura y de predominio de la fe sobre la razón que da a la Iglesia el poder y la autoridad sobre todos los niveles de la sociedad, marcando el contenido del arte como una extensión del servicio divino.

La arquitectura del románico

Los espacios arquitectónicos y los ciclos iconográficos que cubren los muros de algunas iglesias románicas nos recuerdan que el ser humano está sujeto a una autoridad suprema, divina, y, por tanto, a una autoridad laica, sea conde o emperador.

Todo ello conlleva la necesidad de subordinación al orden establecido por Dios y la imposibilidad de rebelarse contra los designios del creador, ya que nada se puede hacer ni conseguir sin la ayuda de Dios.

Para ello se presentan los ejemplos de los santos y mártires, que fueron quienes mejor ejecutaron este programa de salvación.

Evolución del románico

El arte románico se consolida a principios del siglo XI a partir de unas fórmulas artísticas que fueron abarcando toda la Europa occidental y que podemos catalogar como las primera manifestaciones artísticas occidentales.

Este momento coincide con el del movimiento reformador del papa Gregorio VII y con una fase de crecimiento de la economía y de la demografía en Europa, con un nuevo resurgir de las ciudades y un nuevo empuje del comercio.

Es asimismo, el momento de las cruzadas y peregrinaciones y el final de
las grandes invasiones.

Cronológicamente, su evolución tiene tres hitos:

  • El siglo X, o prerrománico.
  • El siglo XI, o primer románico o románico lombardo.
  • El siglo XII, o segundo románico o románico internacional.

A finales del siglo X, en la Lombardía (norte de Italia) se consolidó una arquitectura sencilla de raíces clásicas.

Los constructores de iglesias eran requeridos de pueblo en pueblo, de manera que se constituían en cuadrillas bajo las órdenes de un maestro que actuaba como responsable de la obra.

A partir de la hegemonía de Cluny sobre el monacato occidental entramos en el segundo románico.

En cuanto a arquitectura no se observan cambios extraordinarios.

La iglesia vendrá a ser el modelo de la Jerusalén celestial y el ábside su
concreción.

Incrementará la decoración con más columnas y capiteles, y las fachadas se adornarán con ricos programas teológicos e históricos esculpidos en piedra.

A pesar de la variedad de soluciones arquitectónicas, hay un denominador común en la arquitectura religiosa: el uso de la bóveda de piedra, la
búsqueda de la conjunción entre los diferentes espacios y volúmenes, donde cabe destacar la que se establece entre la nave y el ábside, y el carácter director que se otorga a la arquitectura respecto a la pintura y a la escultura.

La arquitectura religiosa y la civil (de la que quedan pocos vestigios, sobre todo en castillos) responden a planteamientos similares.

La utilización de la piedra en la cubierta planteaba una serie de problemas que afectaban a la distribución de los empujes, y que se resolvió bien dotando a las naves laterales de una función de contrafuerte al empuje de la nave central (como ocurre en San Ambrosio de Milán y en el sistema lombardo) o bien con la introducción de elementos más complejos, como el matroneo y el claristorio (catedral de Durham y otros templos normandos).

En cada caso, los elementos de soporte (columnas y pilares) desempeñan
un papel importante.

La típica bóveda románica es la de arista.

El tramo es el conjunto formado por una bóveda de arista y sus correspondientes soportes (4 columnas o pilares) y representa la
unidad a partir de la cual se reparte el espacio interior de una
iglesia.

La solución que adopta para la cabecera es la del ábside con su bóveda de cuarto de esfera.

La fachada se contrarresta con contrafuertes para fortalecer el muro, o bien con dos torres laterales.

El muro, fundamental para la seguridad del edificio, es revestido con una cierta elegancia y ornamentación, utilizando tanto la distribución ordenada de los bloques de piedra, como las bandas lombardas, las arcuaciones ciegas, las ventanas con doble derrame, o los frisos en diente de sierra, entre otras soluciones.

La arquitectura románica se caracteriza por definir un espacio interior a través de sus elementos básicos: la nave, destinada a los fieles, y el ábside, destinado al culto, de manera que la primera está pensada en función del ábside siguiendo la idea de un camino que hay que recorrer para llegar a Dios.

Esto condiciona que la planta preferida sea la de cruz latina, que sigue
una directriz básicamente horizontal.

La cúpula esférica se asociará al espacio celestial.

Debajo del presbiterio se dará en muchos casos una cripta que hereda su personalidad de los antiguos templos que guardaban las reliquias de santos y mártires.

El espacio exterior presenta un claro predominio del lleno sobre el vacío, así como una total correspondencia con el interior.

Un ejemplo claro de esta concepción está en la iglesia de San Vicente de Cardona.

Dentro de este conjunto, tan claramente uniforme, la torre o campanario viene a representar el elemento que contrarresta su tendencia hacia la horizontalidad y que establece un punto de referencia destacable dentro del paisaje.

Para el cristiano, la iglesia es la reproducción en pequeño del gran santuario de la creación.

Su misma orientación hacia oriente, su planta de cruz latina con explícita referencia a los cuatro puntos cardinales, el juego de luces y la misma
distribución jerárquica de los elementos constructivos, tienen una
clara intencionalidad simbólica.

Además de la iglesia, el monasterio es otro elemento típico del románico.

La regla benedictina será la más seguida por las primeras comunidades.

La grandeza y el poder de estos centros dependerá de muchas variables de tipo político y económico.

Destacan por el papel cultural y político los monasterios de Cluny, en Francia, Sankt Gallen, en Suiza; Montecassino, en Italia; Ripoll, Sant Cugat del Vallès, Santo Domingo de Silos y muchos otros que jalonan el camino de Santiago, en España.

No podemos olvidar, asimismo, la gran cantidad de monasterios mucho más modestos que arraigaron en todo el territorio europeo y cuyo modelo de vida no se alejaría mucho de los pueblos y comunidades rurales de la Europa feudal.

La escultura románica

La escultura románica estaba supeditada a la arquitectura y ubicada, sobre todo, en portadas, capiteles, cornisas, frisos, etc.

Los temas serán fundamentalmente de tipo religioso, zoomorfo, geométrico y mitológico.

Estilísticamente se caracteriza por su esquematismo, su bidimensionalidad y su carácter simbólico.

Grandes catedrales y monasterios como Vézelay y Moissac en Francia, Santiago de Compostela en Galicia, Santo Domingo de Silos en Castilla y Ripoll en Cataluña conservan magníficas muestras de escultura románica en sus portadas y en sus claustros.

En escultura exenta destacan las figuras de la Virgen, sentada en su
trono presentando al Niño Jesús en su regazo, algunas muestras de
Cristo crucificado en majestad y algunos descendimientos de la cruz.

La pintura románica

La pintura románica, concebida como complemento del simbolismo arquitectónico, se concentra fundamentalmente en el ábside, donde acostumbra recoger temas apocalípticos que preside la Maiestas Domini.

Su técnica suele ser al fresco y da mucha importancia al dibujo.

Sobresale por su expresividad, su antinaturalismo y por su claridad de composición.

Los conjuntos de Boí y Taüll destacan en Cataluña.

Otra modalidad de pintura es la que se ejecuta sobre tabla y que normalmente reproduce escenas de vidas de santos.

Se colocaban ante el altar de modo que todos los fieles podían meditar
con su contenido iconográfico.

Una variedad la constituyen las obras realizadas sobre tela, a manera de tapiz, como el de Bayeux y el tapiz de la Creación de Gerona.