El Barroco origen y arte

 

El Barroco

El concepto barroco Se llama barroco al estilo artístico que se desarrolló en Europa y en tierras de colonización europea durante el período comprendido entre el renacimiento y el neoclásico, o, más restringidamente, entre el manierismo y el rococó. Abraza, por tanto, desde el final del siglo XVI hasta principios del XVIII.

Originariamente, el término barroco tuvo un sentido despectivo. Podría derivar de «barrueco» (perla irregular o nódulo esferoidal que se encuentra en algunas rocas) y de «berrocal» (lugar lleno de peñascos graníticos), lo que pondría de manifiesto su carácter pétreo y gigantesco.

También puede proceder del portugués barrôco, que significa perla irregular, defectuosa. También se ha adjudicado su derivación del italiano parruca, con cuyas ondulaciones y joyas se lo ha comparado.

Al parecer, fue B. Cellini quien lo aplicó por primera vez al arte como sinónimo de extravagante. J.-J. Rousseau, D. Diderot y la literatura francesa e italiana del siglo XVIII hablaban del barroco como de todo aquello que era recargado, excesivamente adornado, grotesco y hasta ridículo.

B. Croce lo hizo derivar de «baroco», término mnemotécnico de una complicada figura de silogismo, y lo consideró feo y repulsivo.

Fue el primero en revisar esta concepción tan negativa y lo consideró como un renacimiento exagerado. Su discípulo H. Wölfflin lo consideró un estilo propio, distinto y en oposición al renacimiento, con el que lo comparó a través de cinco parejas de conceptos alternativos (lineal/pictórico; superficie/profundidad; forma cerrada/forma abierta; unidad/multiplicidad; claridad absoluta/claridad relativa).

En la actualidad se tiende a considerar el barroco desde una pluralidad de criterios: unos lo consideran como expresión de la Contrarreforma (Weisbach), otros como lenguaje del absolutismo monárquico (Wiëtor), como un determinado espíritu de la época (N. Pevsner) o como el uso de la retórica al servicio de la persuasión por parte del poder establecido (J.A. Maravall).

Un estilo multifacético El barroco nunca fue un estilo uniforme

La Iglesia de Roma trató de enfrentarse a la Reforma con un arte religioso claro, sencillo y comprensible, netamente didáctico y con el objetivo de estimular la piedad.

La imagen barroca sagrada suele mezclar misticismo, heroísmo, ascetismo, erotismo y crueldad. La vida de santos y mártires, la imagen de la Virgen Inmaculada, el triunfo de la Eucaristía, la caridad, etc., son temas que intentan materializar las ideas abstractas del dogma católico.

El equilibrio y la serenidad del renacimiento fueron sustituidos por el afán de impresionar, deslumbrar con efectos de luz, masa y movimiento.

En arquitectura se impusieron el orden colosal, la curvatura de líneas y planos, dilataciones del espacio interior, riqueza de ornamentación; en la escultura barroca, el gusto por las figuras en actitudes dinámicas, con vestidos que parecen agitados por el viento; en pintura, composiciones en diagonal, efectos de perspectiva, virtuosismo ilusionista.

Si Roma era la capital de la cristiandad católica, Francia se convirtió en la potencia dominante de Europa política y culturalmente: la corte de Versalles dictaba los cánones de los nuevos gustos artísticos, y en ella nació el clasicismo, regido por los principios del absolutismo, es decir, por la primacía absoluta de la concepción política sobre cualquier otro tipo de interés: el arte tenía que ser un lenguaje formal y uniforme, sin arbitrariedades ni gustos personales, en definitiva, un instrumento del estado para elevar el prestigio del monarca.

Otro centro de producción artística fue Flandes, donde la aristocracia había perdido su independencia y se había adaptado a la vida cortesana, y la burguesía se ennoblecía.

Ni el dominio de los Habsburgo tenía poder financiero para dirigir el arte, ni la Iglesia pudo imponer cánones estrictos.

De ahí que el arte de Flandes fuera más espontáneo que el francés y más natural y alegre que el de Roma.

De la misma manera, el predominio burgués en Holanda se tradujo en un arte más naturalista, original, independiente y con poca temática religiosa.

La pintura barroca

Hablar, pues, de barroco es hablar del naturalismo de Caravaggio, del clasicismo de N. Poussin, del ilusionismo del Pozzo, de la escuela flamenca de P.P. Rubens y A. van Dyck o de la escuela holandesa de Rembrandt y Vermeer de Delft. Con el barroco se intentó recuperar el carácter popular que la pintura había perdido con el manierismo.

El orden visual del barroco es el más adecuado para expresar las ideas católicas y las absolutistas.

Reyes y políticos se hacían acompañar por pintores y se hacían pintar entre escenas religiosas, propiciando una simbiosis entre política y religión. El hecho de encontrar dentro del barroco una pintura naturalista y otra clasicista podría responder a la dicotomía religión/política.

Un arte desengañado y teatral El arte barroco es un arte de lucimiento

El artista barroco utilizaba sin mesura todos los recursos de su arte, no temía caer en el artificio o en la exageración. Lo que en arquitectura barroca era la utilización de falsas perspectivas, de ilusiones ópticas, en literatura era la explotación de los recursos de la retórica, de la sintaxis.

Ya no existía la confiada y satisfecha admiración por los antiguos y el optimismo racionalista; los valores que preconizaba el renacimiento se habían hundido.

El hombre barroco se encontraba sumido en un profundo desengaño. De ahí la importancia del tema del tiempo, que se expresaba en forma de ruinas, de flor que se marchita, de reloj de arena.

De ahí una actitud de repliegue a la propia interioridad: «cuando a escuchar el alma me retiro», nos dice el conde de Salinas, último virrey español en Lisboa.

El poeta barroco ya no hablaba con nadie, sino a sus propios sentimientos, en un monólogo de soledad total. «En tanto que de rosa y azucena», describía el renacentista Garcilaso de la Vega; «Rostro de blanca nieve, fondo en grajo», le replicaba Francisco de Quevedo.

La amable proporción renacentista había sido sustituida por el retorcimiento, la tensión, el vitalismo.

A la visión medieval del hombre trascendido, y a la renacentista del hombre bello y proporcionado, el barroco opuso una visión del hombre mutilado. No se podía estar seguro de nada, sólo de la conciencia moral como remedio a los límites del conocimiento.

No es casual que La vida es sueño de P. Calderón de la Barca, haya sido escrita en el mismo año que El discurso del método de R. Descartes (1637).

El barroco fue una época dramática y teatral, y el mundo se concebía como teatro, como espectáculo. Nació entonces la ópera (unificación de decorado, teatro, música, lírica, etc.), G.L. Bernini invitaba a contemplar el éxtasis de su Santa Teresa y J.S. Bach desarrollaba, sobre un telón de fondo, el drama de los instrumentos.

Porque uno de los temas clave del barroco es la dialéctica entre lo que es real y lo que es aparente: todo es falso y bello a la vez.

Los juegos espaciales de la arquitectura barroca, la profusión de los elementos decorativos y el sentido de un espacio en movimiento hacia el infinito se justifican en esta visión de la naturaleza como engaño y mentira, pero mentira bella.

Todo el arte barroco es técnica de la visión, es espectáculo, es teatro; y en él el hombre vale, no por lo que es, sino por el papel que representa.

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  1. Arnette

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