Batalla de Adrianópolis: El fin de Roma

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La figura del historiador ha sido crucial desde el principio de la escritura, a través de ellos nos han llegado constancia de personajes emblemáticos y de cada detalle de batallas tan emblemáticas como la que en este artículo desarrollamos.

En este caso, fueron Amiano Marcelino y Orosio los encargados de rescatar las andanzas de dos carismáticos personajes Fritigerno y Valente I, además de los detalles de su enfrentamiento.

Un interesante relato

Fueron a través de sus escritos por lo que hoy sabemos que, desde las invasiones bárbaras en el siglo III hasta los tiempos modernos, Tracia resultó ser una de las regiones más disputadas debido a la riqueza que proporcionaba la explotación de las minas de oro y plata que allí se encontraban.

Durante el gobierno romano, la zona fue ampliamente beneficiada y el interés de la misma por parte de otros pueblos se duplicó conllevando una serie de conflictos cuyo objetivo era hacerse con el dominio de la zona.

El día 9 de agosto de 378 al noroeste de la ciudad romana de Adrianópolis, actual Edirne en la Turquía europea, se produce un nuevo enfrentamiento entre bárbaros y visigodos; las fuerzas de Fritigerno, jefe de los visigodos, y el ejército del Imperio Romano de Oriente comandado por el propio emperador Valente I.

Este enfrentamiento en cuestión, Adrianópolis, está rodeado de una peculiar situación político-militar por la delicadeza y complejidad de las causas y su desarrollo.

Hablamos de la mayor derrota romana desde la Batalla de Cannas y el primer combate en el que la caballería romana es protagonista y las pequeñas divisiones conocidas como “comitatenses” dan por terminada la era de las legiones como arma de combate.

Debemos dar como punto de partida del conflicto la fecha en que es proclamado el romano Valente como césar, momento en que se extreman las medidas defensivas ante el inminente ataque de los bárbaros.

Además de un enorme foso alrededor, la ciudad se refuerza con unas tropas defensivas provenientes del campo de batalla y que habían huido hasta allí aunque no se les había permitido entrar en la población.

Por fin se pone en marcha un plan de batalla y éste tenía que ser sublime ya que si Graciano y sus tan necesitadas fuerzas occidentales no llegaban a socorrer a las fuerzas romanas que allí se encontraban destinadas, Valente tendría que hacer frente a una invasión bárbara de considerables magnitudes.

Los generales Victor y Ricimero (de origen germano) eran sus principales consejeros y fueron ellos quienes apoyaron, sin dudar ni un momento, la necesidad de esperar tan esperadas fuerzas; finalmente, la terquedad del césar hizo que se pusiese en marcha un ataque inmediato argumentar “aprovechar el factor sorpresa”.

Por otra parte, el ejército germano avanzaba contra la ciudad de Adrianópolis consciente del gigantesco botín que allí se guardaba.

Fritigerno sabía que la victoria no sería fácil y cuando divisó la escena de las tropas romanas apostadas en los alrededores, pensó en la manera de urdir una estratagema para ganar tiempo.

Fritigerno y la pequeña parte de infantería y caballería de la que se hacía acompañar, solicitaron parlamentar al estilo de los mismísimos piratas de forma que pudiesen ganar tiempo y dar tiempo a que llegase a la mayor parte de su infantería que aún estaba de camino y no tardaría mucho en llegar y unirse al plan de ataque.

Para los romanos la idea de comenzar unas conversaciones también era una baza importante que aprovechar ya que así podrían atacar haciendo uso de lo que hemos denominado como factor sorpresa.

El primer ataque de la batalla de Adrianópolis

El primer ataque correspondió a los romanos y las conversaciones se dieron por finalizadas.

La mala suerte para el imperio romano es que, por entonces estaban reunidas todas las fuerzas visigodas y no tardarían mucho en controlar el terreno.

El uso del onagro fue otra de las bazas romanas en la batalla ya que el disparo de una enorme piedra sobre aquel numeroso grupo de guerreros no tenía que ser letal, como fue el caso pues erró el blanco; pero si que producía una fuerte impresión ya que según cuentan los historiadores, el proyectil salió repentinamente atravesando de una densa nube de humo.

Imaginémonos el susto que se darían las tropas germanas y el caos que reinaría en su frente durante unas buenas horas dando un valioso momento de respiro a los defensores.

La respuesta no se haría esperar y las tropas germanas idearon un sistema de contraatacar esta fuerza, trataron de introducir en la ciudad a unos desertores con la idea de que, una vez dentro, pudieran prender algún fuego en la población distrayendo así a la guarnición de la defensa.

Mientras tanto, desde fuera, las tropas se abalanzaban en masa sobre los muros de la ciudad y arremetían con toda clase de elementos arrojadizos de forma que anularan los sistemas romanos de defensa.

Las fuerzas parecían estar muy equilibradas y el furioso ataque germano fue rechazado con un contraataque formado por los propios habitantes y por 300 auxiliares, quienes saliendo de sus empalizadas junto a la muralla, cargaron, en formación de cuña, contra las densas filas germanas.

En algún momento de la batalla la caballería romana comenzó a verse ampliamente superada y es que la desproporción de fuerzas se haría en ocasiones patente.

La fuga de los equites romanos favorecería el avance de la infantería de Fritigerno.

El último capítulo de la batalla llegaría con el cuerpo a cuerpo

Fue entonces cuando los romanos lograron atravesar la primera línea visigoda donde se encontraba la infantería, hacer retroceder a las tropas y llegar hasta el corazón del enemigo, los carros visigodos.

Sin embargo, las bajas fueron enormes en los dos bandos, hasta el punto de que era tan elevado el número de cadáveres que se decía que los charcos de sangre hacían casi imposible avanzar por el campo de batalla.

Al perder la comunicación entre las unidades romanas, unas aprovecharon para huir, otras, viéndose cercadas, tuvieron que pelear hasta el final.

Las últimas unidades operativas eran las de Trajano, también éstas serían borradas del mapa.

Mientras tanto, Valente, junto a sus generales, corrió a refugiarse tras lo que quedaba de la caballería del flanco derecho, la única que podría poner un poco de resistencia pero el final no fue otro que la muerte del césar y, como consecuencia, el fin del conflicto.

La muerte del emperador, al no tener éste hijos, dejaba huérfano al Imperio.

Tras la batalla los visigodos no se detuvieron y se convirtieron en los verdaderos dueños de los Balcanes acabando con todo aquel que opusiese resistencia en la zona.

Ante la huida generalizada de las tropas romanas y el abandono del resto a su suerte, los habitantes de Adrianópolis abandonaron la ciudad y huyeron hacia emplazamientos menos expuestos o a la propia Constantinopla.

El final de esta batalla mostró el buen hacer de las tropas visigodas aunque los expertos en la materia atribuyen en sus estudios que quizás las verdaderas causas de su victoria fueron la falta de lealtad y el egoísmo entre los dirigentes romanos ya que estas rivalidades suplirían las erróneas decisiones visigodas y sus conocidas carencias tácticas y estratégicas; logrando finalmente la victoria.