La Batalla de Cavite

 

El imperio español de Felipe II había alcanzado tal extensión que con aquella afamada frase “en mi imperio nunca se pone el sol” se hacía honor a la realidad imperial española hasta el siglo XIX.

En su máximo apogeo hablamos de un imperio dotado de grandes y numerosos territorios ultramarinos como la isla de Cuba o las Filipinas que, gestionados a duras penas en los últimos momentos, ofrecían un suculento comercio y un no menos atractivo valor estratégico en la guerra.

Hasta la fecha, los mayores enemigos habían sido, principalmente, la dificultad que presentaba el control de todas aquellas posesiones debido a lo alejadas que se encontraban unas de otras y con respecto a la península Ibérica; y la piratería ya que la astucia de estos siempre ridiculizaban la defensa de los puertos armados españoles y de las naves que navegaban de uno a otro punto del imperio abasteciendo el agitado mercado español.

A pesar de estas dificultades, el imperio vivía sus mejores momentos.

El inicio de la guerra hispanoamericana

Es a partir de conflictos como la guerra hispanoamericana del 98 (1898) cuando hablamos del verdadero ocaso del imperio.

Los motivos más inmediatos que empujan a los americanos eran, por un lado, los que se hacen eco de la situación de depresión que viven los pobladores de dichas colonias americanas y del Pacífico; y, por otro lado, el rápido crecimiento que estaba viviendo el comercio estadounidense; además de la imperiosa necesidad de una ampliación y remonte del mercado, hasta la fecha, en manos españolas.

Dicha situación y la negativa española a ceder un ápice de libertad y de independencia a las colonias, no llevaría a otro término más que al enfrentamiento y a una serie de batallas navales realmente desastrosas para la Armada Española.

A la hora de la verdad, y como ocurriese medio siglo después, tras el ataque de Pearl Harbor; los preparativos de la guerra en el bando americano no resultaría tan fácil ya que a pesar de la convicción de los gobernantes, la opinión norteamericana estaba dividida entre quienes pretendían apoderarse por la fuerza de los territorios españoles y quienes (llevados por sus principios constitucionales) deseaban que la intervención de su país se dirigiese exclusivamente a la liberación de los habitantes de aquellos lugares.

Las armas de aquellos que abogaban por la incursión en un enfrentamiento, también esta vez, no dudaron en emplear los engaños y artimañas de manera que se lograse que todo el pueblo americano apoyase la política intervencionista de los gobernantes estadounidenses.

La Batalla de Cavite es el resultado de todos estos factores que hemos mencionado y su desarrollo abarca una serie de acciones navales sobre dos frentes: Filipinas y el Caribe.

A pesar de estar separadas por muchas millas, los acontecimientos se sucederían a la par. En Cavite (Filipinas) se encontraban dos escuadras que, en un principio, parecían bastante equilibradas pero el rumbo de los acontecimientos advertirían algo más que la asombrosa facilidad mostrada por la armada estadounidense en el arte de la guerra, la modernidad de sus buques… le convertían en un participante ganador y los constantes errores estratégicos demostrados por la flota española no impediría que se hablase de una de las más grandes derrotas de la Armada Española.

Ante el poderío militar estadounidense, los mandos españoles al cargo de la operación (Don Patricio Montojo y Pasarón, jefe del apostadero de Filipinas) no tardaron en pedir refuerzos, auxilio que nunca llegaría porque poco se podía hacer más que esperar aplicando una táctica de defensa y aguantar lo máximo posible.

Para los españoles parecía importar mucho más la defensa de Manila pero, según las opiniones de los expertos, la escuadra sólo podría defender adecuadamente Subic, de esta manera la hermosa ciudad no sería objeto del desastre y su población no sufriría los estragos del enfrentamiento.

Este hecho ha sido señalado por multitud de historiadores como uno de los factores determinantes en la caída de la balanza hacía el lado estadounidense.

El hecho de no aprovechar las baterías costeras de la ciudad de Manila ante el temor ya mencionado de que los barcos norteamericanos bombardeasen la ciudad no fue, en absoluto, una baza a su favor.

La decisión de centrar todos los esfuerzos en la base naval española de Subic tampoco aceleró la política de rearme de ésta por lo que una vez llegados los efectivos a la base y ver el panorama allí descrito no tuvieron más remedio que volver a Manila y esperar un tiempo prudencial hasta que los cañones y el resto de la defensa estuviese realmente preparada.

El punto de partida de la escuadra estadounidense fue la ciudad de Hong Kong, puerto frecuentado por ambas escuadras por lo que una y otra estaban al tanto de todos los planes del rival desde antes de producirse el enfrentamiento.

Casi a media noche, parte hacia las Filipinas una flota estadounidense formada por cruceros protegidos C-3 Baltimore de 4.413 Tm, C-8 Raleigh de 3.640 Tm y el Boston de 3.189 Tm; El Cutter McCulloch de 1280 Tm (que no intervino en Cavite); El cañonero PG-2 Petrel de 892 Tm y El cañonero de patrulla PG-3 Condord de 1.710 Tm. En el C-6 Olympia de 5.870 Tm. (buque insignia de esta Armada) se encontraba la persona al mando de dicha campaña: el comodoro George Dewey.

La ruta se prometía peligrosa ya que las minas solían ser los tormentos más usuales en este tipo de duelo, pero parece ser que apenas ocasionaron estragos.

Mientras tanto, Don Patricio Montojo y Pasarón en su buque insignia, el Reina Cristina, lideraba una flota formada por el crucero de primera clase Reina Cristina de 3.520 Tm; el crucero no protegido de primera clase Castilla de 3.342 Tm.; los cruceros de segunda clase Isla de Cuba e Isla de Luzón de 1.045 Tm; los cruceros de segunda clase Don Antonio Ulloa, Don Juan de Austria y Velasco(que no intervino) y el cañonero Marqués del Duero de 500 Tm.

Éstos se encontraban fondeados y muy juntos en la bahía esperando la llegada de sus rivales.

Al amanecer del día 1 de mayo de 1898 la flota americana se encontraba frente a Manila. No pasó ni u segundo para que las baterías de costa comenzaran a lanzar toda su artillería sobre la flota estadounidense sin ningún notable éxito debido, según unos estudiosos, a la torpeza de los lanzadores españoles y, la mayoría, a la gran distancia a la que se encontraban los buques enemigos.

La respuesta estadounidense no se hizo esperar y todos los esfuerzos se dirigieron hacia el buque insignia español, el Real Cristina, y el Castilla.

La táctica española era dejar al resto de la flota inerte y a la espera de órdenes mientras el Cristina, secundado por la artillería del Austria se encargaban de hacer el mayor daño posible sobre los buques estadounidenses.

Apenas unas horas después, la situación era casi insostenible y las numerosas bajas no hacían más que prever el terrible final para los españoles.

Poco a poco iban acercándose a la línea de tiro estadounidense, el resto de los navíos intactos (el isla de Cuba) y el almirante americano aún no las tenía todas consigo ya que veía la enorme resistencia española.

Se dice que si Montojo hubiera adivinado la preocupación del almirante americano en ningún momento habría dado ese giro al combate; y es que no se le ocurrió otra cosa que dar el combate por perdido y ordenar el abandono de sus buques quitando el cierre de las piezas y abriendo los grifos.

¿Por qué ese trágico final para la batalla de Cavite?

¿No confiaba en la tecnología de sus barcos? Nos hemos documentado y hemos sabido que los barcos españoles, excepto el “Castilla”, no eran de madera sino que realmente estaban en un lamentable estado de conservación pero, en ningún momento, hablamos de navíos de poca calidad y sino observemos el hecho de que los americanos reflotaron varios de ellos y estuvieron en servicio hasta los años treinta.

¿No quería que los americanos abordasen ningún navío quebrantando el honor de sus marinos?

Existe una acalorada discusión entre los que abogan por la versión “oficialista”, que exime a Montojo de toda responsabilidad, y una versión “revisionista”, más crítica con la actitud del Almirante.

Nosotros creemos que su opción fue la de “el capitán nunca abandona su barco” ya practicada por otros talentos de la Mar como fue el mismísimo Nelson.

El resultado neto de la batalla fue una derrota absoluta de las fuerzas españolas.

Los norteamericanos nunca dieron a conocer sus bajas y se perdió toda la flota española, ya que los barcos que lograron escapar, fueron hundidos intencionadamente para que no cayesen en manos americanas.

Aún así, meses después, algunos de ellos fueron reflotados y prestaron servicio en la marina norteamericana hasta bien entrado el siglo XX.

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