Batalla de la Isla Terceira o San Miguel

 

- Batalla de la Isla Terceira o San Miguel

Una de las victorias más encomiables de nuestra Historia naval es la que aconteció un  26 julio de 1582 en las Islas Azores.

Fuerzas españolas hicieron frente a una Armada formada por portugueses y mercenarios franceses (en su mayoría corsarios)  motivados por su causa de defender a uno u otro candidato a la sucesión del trono de Portugal. Pero, ¿cuáles fueron las causas de dicho enfrentamiento?

Las causas de la batalla de la Isla Terceira

El punto de partida fue las muertes del rey Sebastián I de Portugal en la batalla de Alcazarquivir, por un lado, y la de su sucesor Enrique I “el Cardenal” (Felipe I de Portugal) que tampoco dejó descendencia alguna; y es entonces cuando surge la figura de Felipe II como máximo aspirante a ocupar dicho trono.

Todo el mundo sabía que Felipe II, rey de España era hijo de la infanta portuguesa Isabel, y, por tanto, nieto del anterior rey, Don Manuel el Afortunado.

¿Quién mejor que él para ocupar dicho trono si ya le pertenecía por sangre? pensaría el rey y sus seguidores, entre los que incluimos  a la nobleza portuguesa.

Ante esta manifestación surgen los detractores, el bajo clero y las clases populares que no ve con buenos ojos la llegada del español a la corte portuguesa y que se manifiesta abiertamente partidaria a la cesión del trono a  Don Antonio I, Prior de Crato, hijo del infante Don Luís, y, por tanto, también nieto del rey portugués Don Sebastián.

Ante esta firme candidatura, ni Francia ni Inglaterra parecían muy de acuerdo tampoco ya que la sola idea de que se uniesen los más grandes imperios coloniales podría hacer temblar cualquier intento de engrandecer sus naciones a la sombra de dichas nuevas anexiones.

Las primeras acciones del rey español fue el envío de unas tropas lideradas por el Duque de Alba, hasta la misma Lisboa en donde desató un sinfín de sobornos con títulos y tierras con el fin de recabar adeptos.

A través del cauce del Tajo se ponía en marcha una de las precampañas más intensas de su reinado y Felipe II era consciente de que no era oro todo lo que relucía de forma que para contrarrestar la respuesta violenta de sus censuradores envío a Don Álvaro de Bazán (el más afamado almirante naval de la época, marqués de Santa Cruz, vencedor de Lepanto y pieza clave en el desarrollo militar naval de los españoles) a la desembocadura del Tajo con el fin de servir de refuerzo.

De esta forma el control de Portugal se hacía efectivo a finales de Agosto de 1580 y Felipe II reconocido como soberano en las Cortes de Tomar un año después.

Una vez consumada la unión puntos de tanta importancia como habían sido las islas Azores retomaban su protagonismo ofreciendo, en este momento, a los españoles la espléndida posición geoestratégica de la que su situación disfrutaba con respecto al comercio tanto de América como de las Indias.

Todas las posesiones portuguesas, salvo las Islas Azores o Terceras reconocían a Felipe II como rey de Portugal; pese a no estar en guerra con España, Francia envía una flota a las Azores para apoyar al Prior.

Es en estas mismas islas en donde, y como influencia de la existencia de este floreciente comercio, se empieza a hablar de los corsarios franceses, futuros rivales del trono de Felipe II.

En 1581 Lisboa  recibe a los delegados de la Isla de San Miguel para ofrecer su sumisión a Felipe II, tras este gesto se envía inmediatamente a dicha isla la escuadra de Galicia (cuatro naos grandes y dos pequeñas cuya tripulación estaba formada 80 artilleros y 600 infantes) al mando de Pedro Valdés; el fin no es otro que limpiar el mar de corsarios, y recibir a las flotas de Indias, para evitar que recalen en territorio enemigo, y conociendo que la de la India Oriental venía bajo el mando de D. Manuel de Melo, partidario del Prior de Crato, otra de sus misiones era evitar que los agentes del Prior contactaran con él.

Una vez alcanzada el puerto de la isla Valdés es informado por el gobernador de la isla, Ambrosio de Aguiar,  que se ha detectado la existencia en la isla de un gran ingente de partidarios de D. Antonio, aunque no parecen muy peligrosos, ya que parecen estar mal armados.

Sin tardar ni un segundo se cambian los planes y deciden efectuar un desembarco de algo más de 350 hombres con el fin de hacer frente a este grupo.

El resultado no fue el que se esperaba y se perdieron más de 200 hombres, entre ellos un hijo de Valdés y un sobrino de Don Álvaro de Bazán.

La oposición al rey Felipe II formada por Antonio y sus partidarios no tardaron un segundo en preparar una armada de 12 naos y 2.200 soldados comandados por Galcerán Fenollet y por el maestre de campo llamado Lope de Figueroa; paralelamente, no cesaría ni un momento la búsqueda de adeptos a su causa y lograr quitarles de las manos a los españoles el imperio portugués. Inglaterra y Francia no hicieron oídos sordos a las rogativas de D. Antonio ya que ambos imperios estaban obsesionados por frenar  la soberanía española; pero fue en Italia donde se fraguaría una de los tratos más carismáticos de este relato histórico gracias al florentino condottiero Filippo Strozzi, ex mariscal de Francia, quien no sólo daría su palabra de colaboración sino que sumaría a dicho bando la friolera cantidad de 6.000 soldados y una flota formada por 70 barcos rumbo a las Azores.

La precipitada decisión de la corte francesa por mantener a Francia fuera de los acontecimientos y no quebrantar la paz con España provocó que todos aquellos italianos y franceses que acudieron a la batalla lo hicieran en calidad de corsarios.

Créanme cuando les digo que ningún movimiento de los que se producían en contra del soberano español quedaría impune y menos aún que eran desconocidos por Felipe II, nada más allá de la realidad sino que en estos casos la saga de espías con que contaba el rey supo hacer su trabajo y fue informando de todas las intenciones mencionadas con anterioridad.

La entregada batalla fue adjudicada a uno de los marinos con más tradición de la Armada española, Álvaro de Bazán, quien asumiría el mando de una flota oceánica conformada por galeones y mercantes con  grandes cañones y bajo bandera española.

Los historiadores han destacado esta batalla, además, por ser una estratagema sin precedentes debido a que era la primera vez que se empleaban en una batalla naval los galeones de guerra y al hecho de que, hasta la fecha, tampoco se había luchado en mar abierto un  grupo tan numeroso de barcos con ese tamaño y tan potentemente provistos de armas.

Continuando con el relato, hemos dejado a D. Antonio recabando fuerzas; una vez elaborado el ejército redirige a las Azores con la intención de hacerse con el gobierno de la isla Terciaria o de San Miguel. A su llegada no se encontraron ni rastro de las tropas de Felipe II pero sí con una población adepta a la corona española y bastante hostil a la llegada del portugués.

Tres días fueron necesarios para callar las fortificaciones de la isla provocando que una gran parte de la población se refugiase o huyese.

A pesar de este recibimiento las tropas francesas logran desembarcar y hacerse con el control de la isla  estableciendo su cuartel general en Franca do Campo y así hacer frente  a los resquicios de tropas españolas en la isla.

Había que dejar todos los cabos bien atados para hacer frente a una batalla inminente y es que no tardaría mucho D. Álvaro de Bazán en reunir un gran número de naves y poner rumbo a las islas.

Nada más llegar a la isla los movimientos de las tropas españolas fueron, en primer lugar, en un reconocimiento para localizar a las tropas enemigas y, en segundo lugar, montar su campamento en un lugar estratégico de la isla desde donde iniciar los enfrentamientos; un lugar como  Punta Delgada.

Desde dicha posición se pudo comprobar que la flota francesa era superiores número pero la desventaja sobre los franceses se solucionaba con las características y el tamaño de los navíos galos, éstos de menor tamaño.

El hecho de que fueran más no sirvió de mucho ya que, una vez finalizado el reconocimiento, se determinó el inmediato ataque sin esperar refuerzo alguno.

A finales de Marzo se libraría la cruenta batalla con momentos tan significativos como la terrible resistencia del galeón San Mateo, acosado por cinco galeones franceses, con más de 500 impactos de artillería, desarbolado de mástiles y aparejos; con la mitad de la tripulación o muerta o herida pero la batalla finalizaría cuando el buque de Strozzi es abordado, su tripulación anulada y su capitán encerrado en la bodega del navío del propio D. Álvaro de Bazán.

El buque insignia francés había caído y el resto de los buques no tardarían en rendirse, es el fin de la batalla y los resultados son muy positivos para los españoles.

La flota francesa había perdido un total de 10 naos grandes, 2.000 muertos, incluyendo a su Almirante; mientras la flota española apenas rozó los 200 muertos y 550 heridos.

Los últimos coletazos de la batalla  tienen un tinte aún más macabro y es que no fue otra la orden del rey de España que condenar a muerte a estos “perturbadores de la paz reinante entre Francia y España”. Morirían decapitados los nobles y el resto ahorcados, y no habría perdón más que para los menores de 18 años.

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