Bóveda de la Capilla Sixtina: Miguel Ángel

 

- Bóveda de la Capilla Sixtina: Miguel Ángel

Como un reto y con cierto temor, Miguel Ángel aceptó su primer encargo pictórico, sin sospechar que se convertiría en un icono del arte.

Recomendado por Giuliano da Sangallo, el papa Julio II llama a Miguel Ángel en 1505, ansioso de conocer a este insigne escultor.

Debía proyectar su tumba, pero un golpe del destino y la necesidad de reafirmación política lo consagró como pintor al fresco en una antigua capilla llamada Sixtina, levantada por el papa Sixto IV.

Origen de la Bóveda de la Capilla Sixtina

Para ello realizó 343 imágenes a base de siete profetas, cinco sibilas, en las pechinas escenas heroicas de la historia judía como la victoria de David sobre Goliat, las historias de Esther y el castigo de Amán.

Los temas centrales tratan la creación del Universo, la creación del hombre y la historia de Noé. Representó también a los antepasados de Cristo, en las zonas menos iluminadas.

Su estilo es eminentemente escultórico, con figuras musculosas.

Por los bocetos, sabemos que incluso para las sibilas se valió de modelos masculinos.

De todas formas hay enigmas como la mezcla sorprendente de la Antigüedad clásica con el programa teológico equiparándolos en rango. Las sibilas clásicas se equiparan con los profetas, y los ignudi, esas figuras sedentes de jóvenes desnudos, se destacan en la nave, flanqueando tondos dorados de significado oculto.

En el trasfondo está la figura del papa guerrero Julio II, que se aseguró el legado de la Antigüedad clásica. El máximo pontífice, heredero de la sede de Pedro y una de las figuras político-religiosas más importantes del mundo representaba el resurgimiento de la nueva Roma entre las ruinas de la antigua y cuyo destino era aya anunciado por las paganas sibilas.

De este modo la interpretación de la bóveda es la historia de la salvación, que promete una vida eterna y salvó a Roma del paganismo haciéndola una ciudad eterna cuyo papel era ser eje del Cristianismo.

Se revive ahora la era de Augusto. Tan cerrado programa político deja entrever la directa intervención del papa, aunque el artista aportara sus argumentos bíblicos y de la “Divina Comedia” de Dante. Tal responsabilidad hicieron temer a Miguel Ángel de su terminación.

La preocupación y presión papal también fueron evidentes, especialmente cuando Julio II le dice: “… ¿quieres acaso que te haga echar de tu andamio?” Pero paulatinamente se fue acabando, y cuando el 1 de noviembre de 1509 se descubrió la primera parte de la bóveda, dejó maravillados a todos.

Iconografía y diseño de la Capilla Sixtina

Si el programa iconográfico estaba bien atado, el diseño fue libremente realizado por Miguel Ángel.

Para ello usó sus otras dos facetas de escultor y arquitecto, razón por la cual también se encargaría estas pinturas al artista.

Aunque los campos inferiores de las paredes de la Sixtina ya habían sido decorados con frescos por los pintores que Sixto IV hizo llamar de Florencia y Umbría, como Botticelli, Ghirlandaio, Signorelli o Perugino, con escenas de la vida de Moisés y Jesucristo sobre superficies de formas rectangulares, Miguel Ángel debió incorporar un gigantesco sistema arquitectónico en la bóveda. Los doce lunetos de las ventanas con sus pechinas estaban ya definidos.

La franja de la bóveda que comprende las pechinas la decoró con pinturas a base de molduras y pilastras para dar una apariencia de ático con falsas hornacinas en las que alojó figuras sedentes.

Miguel Ángel, une, nueve campos que forman tres trípticos consagrados a las respectivas temáticas: el primero a la creación del mundo, el segundo a la creación del hombre y su expulsión del Paraíso y el tercero a la historia de Noé.

De este modo se consigue un gran ritmo unitario: en cada tríptico una imagen apaisada de grandes dimensiones está flanqueada por otras dos más reducidas de forma que predominen las cuatro escenas principales que atraviesan la nave: “La separación de la luz y de las tinieblas”, “La creación de Adán”, “El pecado original y la expulsión del Paraíso” y “El Diluvio Universal”.

También jugará con la perspectiva, así las figuras sedentes de profetas y sibilas, como de los desnudos van creciendo en tamaño desde el lado de la entrada hacia el altar.

Parece ser que esta solución, no estaba en la mente de Miguel Ángel hasta que vio terminados algunos tramos de la bóveda, rectificando y haciendo a las figuras más grandes y vigorosas.

Llama la atención que aunque el programa se inicia cronológicamente por el lado del altar con “La creación del Universo” y concluye a la entrada con la “Historia de Noé”.

El numero de figuras decrece hacia el altar con la figura sola de “Dios Padre”. Hacia estas figuras convergen las cabezas de los desnudos, que unifican.

Por todo ello, Miguel Ángel crea un espacio ilusionista que preconiza las espectaculares bóvedas del Barroco.

Todas las figuras están en posición sedente, los profetas, las sibilas, los ignudi, las imágenes del Antiguo Testamento en los sombríos lunetos. Sólo los angelotes en las pilastras están erguidos.

Pero ninguna postura sedente es igual, variando y consiguiendo un efecto grandioso, una mayor monumentabilidad a las figuras que parecen no caber en el recinto arquitectónico. Como su Moisés esculpido en mármol, se vería multiplicado varias veces en su talla gigantesca si estuviera erguido.

Entre 1980 y 1992, el profesor Gianluigi Colalucci realizó una impresionante restauración de los frescos, que recobraron su tonalidad original. Esto ha aportado nuevos datos, como correcciones frecuentes al fresco seco en las fases tempranas.

Pero a partir de 1511 ellas se hacen muy raras. Con el descubrimiento de los colores originales se desmintió que Miguel Ángel usara tonos más bien monócromos, oscuros, pétreos, una “poética de la puesta de sol” como afirmó Tolnay.

Nada más lejos, los colores son fuertes y brillantes, predominando el verde y el violeta, ambos colores litúrgicos de la misa.

En octubre de 1512 fue desvelada la cúpula. Miguel Ángel escribió en septiembre a su hermano: “os comunico que no tengo un céntimo y que prácticamente estoy descalzo y desnudo y no puedo recibir el resto de mi paga hasta que no haya terminado la obra, y tengo que soportar las mayores privaciones y miserias… en la medida que podáis no toméis de mi dinero… en todo caso pondré todo de mi parte para celebrar con vos Todos los Santos si Dios quiere. Miguel Ángel, escultor en Roma”.

La carta vuelve a mostrar lo que era una tradición no sólo en la vida del artista, sino en la de otros muchos genios. A pesar de estar en la cúspide, aparece acosado por la situación económica.

Su situación personal se refleja en el pensativo Jeremías, encorvado y meditando con sus escritos, donde se autorretrata. Otros estudiosos apuntan que también se autorretrata en el Zadoc de uno de los lunetos.

La verdad es que Julio II, todo un carácter, había presionado hábilmente al genial artista, justo los necesario para no perderlo, que sin duda, no fue poco.

Si el papa parece mostrar con estas pinturas el esplendor de su papado en relación con la Roma clásica, Miguel Ángel era consciente de estar haciendo difusión cristiana: “pues la ley de la pintura dice así: en ella deben leer todos los que no conocen las letras […] el libro debe ocupar el lugar de la imagen”.

El artista nunca se amedrentó, a pesar del titánico esfuerzo, el desafío arquitectónico, la presión papal y las penurias económicas, como confesó a Francesco de Holanda, según Condivi: “lo que ha de pretenderse con todo empeño, mucho trabajo y aplicación, bañándose con el sudor de la frente, es que lo que se haga con el máximo esfuerzo tenga la apariencia de ser fácil y realizado con ligereza, aun cuando ello no sea el caso”.