Cisma Oriente-Occidente de la Iglesia

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Desde prácticamente el inicio de la era cristiana la Iglesia ha sufrido cismas continuamente, pero el que sin duda ha sido más significativo es sin duda el gran Cisma de Oriente, que provocó la secesión de una gran mayoría de cristianos y que acabaría dando lugar a la Iglesia Ortodoxa.

Esta ruptura no se produjo de manera repentina, por el contrario, se gestó de manera gradual y sus causas más remotas deben buscarse a lo largo de los siglos anteriores.

Dejando aparte las diferencias más que obvias entre las regiones del Este y el Oeste, diferencias de idioma, de ritos, de costumbres, etc., en la base del Cisma podemos destacar el conflicto existente entre los patriarcas.

Teóricamente todos los obispos eran iguales, aunque los de Roma, Antioquía, Alejandría, Jerusalem y Constantinopla gozaban de mayor prestigio; sin embargo en la práctica era el obispo de Roma el que ostentaba la supremacía, y esto era motivo de enojo para los patriarcas orientales.

Por su parte, en Oriente sería el patriarca de Constantinopla, auspiciado por el emperador, el que se alzaría por encima del resto oponiéndose a Roma.

En el siglo IX, una interferencia del Papa Nicolás I en el nombramiento de Focio como patriarca acentuó el distanciamiento entre ambas regiones.

Otro de los motivos de la separación debe buscarse en la relación entre Iglesia y Estado.

En el Este era el emperador el que controlaba la Iglesia, respondiendo al concepto de “cesaropapismo” según el cual el Estado era responsable de la religión, y por tanto el emperador era la cabeza de la cristiandad.

Por el contrario en occidente, donde la religión se había desarrollado de manera independiente de las estructuras políticas, siempre existió una tensión constante entre ente los reyes y la Iglesia por el control del poder.

Las controversias doctrinales también aportaron su grano de arena en el Cisma.

Mientras la Iglesia oriental continuaba con la tradición griega y sus intereses tendían a lo espiritual, abstracto y metafísico, la occidental se decantaba por aspectos más pragmáticos y se preocupaba más de la naturaleza del hombre que de la de Cristo.

Una de las diferencias entre ambas, que se remonta al siglo II, radicaba en la fecha de la celebración de la Pascua.

Tras muchas discusiones la disputa fue resuelta finalmente en el Concilio de Nicea, acordándose que la Pascua se observaría el primer domingo tras la primera luna llena posterior al equinoccio de invierno.

Otra de las disputas se estableció en torno al asunto del “filioque”.

En el Concilio de Contantinopla de 381 se publicó un credo en el que se hacía referencia al Espíritu Santo como procedente del Padre.

Sin embargo en el año 589, otro concilio celebrado en Toledo añadió la expresión “y del Hijo” (filioque).

Como quiera que Carlomagno en el siglo IX aprobase el cambio, las Iglesias orientales reaccionaron condenando a las occidentales de tomar decisiones sin discusión previa o sin celebrar un concilio ecuménico.

El uso de iconos en las prácticas religiosas fue otro de los motivos de tensión.

Cuando los musulmanes amenazaron el Imperio Bizantino, en torno al año 700, el emperador León III, sabedor de que el Islam prohibía la devoción a las estatuas e imágenes, atacó el uso de iconos para evitar que los habitantes del imperio fuesen acusados de idolatría.

Aunque muchos acataron esta disposición, fueron también numerosos los que se opusieron, incluido el patriarca que simplemente fue depuesto.

El Papa Gregorio II condenó a los iconoclastas y los anatemizó, pero hasta la celebración del Concilio de Nicea en el año 787, donde se reafirmó el uso de imágenes, no se zanjó la cuestión.

Y por último, uno de los asuntos más pragmáticos que colaboró en el distanciamiento entre Este y Oeste sería el del celibato del clero, obligatorio en occidente pero no en oriente, donde estaba y está permitido a los religiosos contraer matrimonio.

Otra diferencia estriba en que el clero occidental puede elegir entre afeitarse o no, mientras sus colegas del Este deben por fuerza llevar barba.

La lista de pequeñas diferencias entre ambas Iglesias sería interminable, pero baste señalar el uso del griego en una parte del imperio o del latín en la otra para la celebración del rito, que ya de por sí era muy diverso en ambas Iglesias, y que provocó entre otras cosas problemas de malentendidos y confusión en una época en la que apenas existían gramáticas o diccionarios y en la que la gente no hablaba idiomas extranjeros.

Toda esta acumulación de conflictos a lo largo de los siglos entre Oriente y Occidente, hicieron que la rivalidad y el rencor se incrementase y que desencadenase la definitiva separación.

La brecha abierta en su momento por Focio en el siglo IX, que acusó a Occidente de vivir en herejía generando una ola de indignación popular, se acentuaría con Cerulario 150 años más tarde.

De todas estas disputas, la chispa que hizo saltar la polémica y que condujo a la ruptura decisiva fue el hecho de que en occidente se utilizase pan sin levadura para la comunión.

En 1054 el papa envió al cardenal Humberto para solventar el problema, pero en su lugar acabó anatemizando a la Iglesia Oriental.

Tras un cruce de excomuniones recíprocas y de continuos altercados entre ambas Iglesias la separación definitiva se produjo en 1472.