Conceptos principales de la terapia y biografía de Carl Rogers

 

Una premisa fundamental de la teoría de Rogers es la suposición de que la gente utiliza su experiencia para definirse a sí misma.

En sus principales trabajos teóricos (1959) define vanos conceptos con base en los cuales esboza teorías de la personalidad y modelos de terapia, cambios de la personalidad y relaciones interpersonales.

Los fundamentos principales que aquí se presentan establecen un marco de referencia mediante el cual las personas pueden idear y modificar la opinión que tienen de sí mismas.

El campo de las experiencias

Cada individuo tiene un campo de experiencia único; este campo de experiencia o «campo fenomenológico» contiene «todo lo que ocurre en la envoltura del organismo en un momento dado, el cual está potencialmente disponible para el conocimiento».

Incluye los sucesos, las percepciones, las sensaciones y los impactos que la persona no conoce, pero que podría conocer si se concentrara en ellos. Es un mundo personal y privado que puede corresponder o no a la realidad objetiva y observada.

La atención se concentra primordialmente en lo que una persona considera como su mundo y no en la realidad común.

El campo de la experiencia está reducido por las restricciones psicológicas y las limitaciones biológicas.

Tendemos a dirigir nuestra atención a los peligros inmediatos, así como también a las experiencias seguras o agradables, en lugar de aceptar todos los fenómenos que se presentan a nuestro alrededor.

El sí mismo (self)

Dentro del campo de la experiencia está el sí mismo, el cual no constituye una entidad estable e invariable, pero que, al observarlo en un momento dado, parece que lo fuera.

Esto se debe a que para observarlo congelarnos una parte de la experiencia; Rogers concluyó que «nosotros no estábamos manejando una entidad de incremento leve, de aprendizaje gradual… que el producto era claramente una gestalt, una configuración en la cual, la modificación de un aspecto de menor importancia podría alterar completamente el patrón total.

El sí mismo es una gestalt coherente y organizada que se encuentra en un continuo proceso de formación y reformación a medida que las situaciones cambian.

Así como una fotografía es un «momento» de algo cambiante, el sí mismo no constituye ninguno de los «momentos» que nosotros tomarnos, sino el proceso fluido y subyacente.

Otros autores emplean el término «sí mismo» para indicar facetas de la identidad personal que es invariable, estable y aún eterna. Rogers utiliza el término para referirse al progreso constante de reconocimiento.

Es esta diferencia, este énfasis en el cambio y la flexibilidad, lo que sirve de base a su teoría y a su tesis de que la gente es capaz de crecer, cambiar, y desarrollarse en forma personal.

Él si mismo o el concepto de uno mismo, es la visión que una persona tiene de sí misma y que se basa en experiencias pasados, hechos (inputs) presentes y expectativas futuras (pregunta) afirman no estarlo en absoluto, o las personas que dicen estarse divirtiendo en grande pero obran como si estuvieran aburridas, solitarias o intranquilas, demuestran incongruencia.

Esta se define como algo más que una incapacidad de percibir con exactitud o como una inhabilidad para comunicarse con precisión. Cuando la incongruencia se presenta entre el conocimiento NI la experiencia se denomina represión.

La persona simplemente no sabe lo que hace. La mayor parte de la psicoterapia actúa sobre este síntoma de congruencia y ayuda a la gente a que se dé más cuenta de sus acciones, pensamientos y actitudes, pues los afectan a ellos mismos y a los demás.

Cuando la incongruencia constituye una discrepancia entre el conocimiento y la comunicación, el individuo no expresa lo que realmente sienta, piensa o experimenta. Esta clase de incongruencia se considera a menudo falsa, fingida o deshonesta.

Con frecuencia estas conductas se convierten en el tema de discusión de las terapias de grupo o de las situaciones de encuentro.

Como tales conductas parecen ser hechas maliciosamente, los expertos y terapeutas dicen que la falta de congruencia social la aparente falta de voluntad para comunicarse significa generalmente una falta de autocontrol y de conocimiento personal.

La persona no es capaz de expresar sus emociones y percepciones reales ya sea por temor o bien debido a viejos hábitos de simulación que son difíciles de dominar.

Existe también la posibilidad de que la persona tenga dificultades para entender lo que los demás piden.

La incongruencia puede presentarse en forma de tensión, ansiedad o, en circunstancias extremas, como una confusión interior. Un paciente recluido en un hospital mental, que confiese no saber dónde está, qué es un hospital, qué momento del día es o inclusive quién es él, manifiesta un alto grado de incongruencia.

La discrepancia entre la realidad externa y lo que experimenta subjetivamente ha llegado a tal punto, que él ya no es capaz de funcionar.

La mayoría de los síntomas mencionados en la literatura psiquiátrica pueden considerarse como formas de la incongruencia. Para Rogers, la forma particular del trastorno es menos crítica que el conocimiento de una incongruencia que exige solución.

La incongruencia es patente a través de observaciones tales como: yo soy capaz de tomar decisiones, «no sé lo que quiero» y «parece que nunca fui capaz de perseverar en nada».

La confusión surge cuando uno no es capaz de distinguir los diferentes fenómenos (inputs) a que estarnos expuestos. Tomemos el caso de un cliente que dice: «Mi madre dice que debo cuidarla, que es lo menos que puedo hacer.

Creo que soy bastante bueno con ella, más de lo que se merece. A veces siento odio, a veces amor. A veces es bueno estar con ella, otras veces me deprime”.

El cliente es acosado por diferentes cosas (inputs). Cada una de ellas tiene su valor y conduce a alguna acción válida en cierto momento. Discriminar los, hechos (inputs) genuinos, de aquellos que son impuestos, es algo difícil.

El problema puede estar en reconocer que son diferentes y en ser capaces de actuar sobre diferentes sentimientos m momentos distintos. La ambivalencia no es insólita ni malsana, pero no ser capaces de reconocerlo o de afrontarlo puede ser una de las causas de la ansiedad.

Tendencia a la autorrealización

Existe un aspecto fundamental de la naturaleza, humana que inclina a la persona hacia una mayor congruencia y un funcionamiento realista. Además, este apremio no es exclusivo de los seres humanos, sino que forma parte del proceso de todas las cosas vivas. «Es un empeño evidente en toda vida orgánica y humana-expandirse, extenderse, llegar a tener autonomía, desarrollarse, madurar-, es la tendencia a expresar y activar todas las capacidades del organismo, hasta el grado en que dicha activación perfeccione tal organismo o al sí mismo.

Rogers sugiere que, en cada uno de nosotros existe un impulso innato a volvemos tan competentes y capaces como podamos serio biológicamente. Así como una planta intenta volverse una planta sana, así como una semilla tiene dentro de la fuerza para llegar a ser árbol, así también una persona es impulsada a transformarse en una persona total, completa y autorrealizada.

El deseo intenso de tener salud no es una fuerza arrolladora que elimina todos los obstáculos; por el contrario, es fácil de mitigar, distorsionar y reprimir. Rogers lo considera como la fuerza de motivación dominante en una persona que funciona con libertad, que no está invalidada por los eventos pasados o por las creencias actuales que mantienen la incongruencia.

Maslow llegó a conclusiones semejantes y a esta tendencia la consideró como una vocecita interna débil, que se puede apagar fácilmente. La hipótesis de que el crecimiento es posible y fundamental para la construcción del organismo, es crucial para el resto del pensamiento de Rogers.

Para Rogers, la tendencia hacia la autorrealización no constituye simplemente otra motivación. «Debe observarse que esta tendencia realizadora básica es el único motivo que se enuncia en este sistema teórico… el sí mismo por ejemplo, es un constructo importante en nuestra teoría, pero el sí «sino no ‘hace nada.

Es sólo una expresión de la tendencia general que el organismo tiene para comportarse en las formas que lo conservan y mejoran».

Dinámica de Rogers

Desarrollo psicológico

Las fuerzas positivas hacia la salud y el crecimiento son naturales e innatas en el organismo.

Con base en su propia experiencia clínica Rogers concluye que los individuos tienen la capacidad de experienciar y de saber cuáles son sus propios desajustes.

Es decir, uno puede, experimentar las incongruencias entre el concepto de uno mismo experiencias reales. Esta capacidad interior está unida a una tendencia fundamental de modificación del concepto de sí mismo, de manera que, de hecho, se encuentra en armonía con la realidad. Es esta forma, Rogers plantea un movimiento natural que va del conflicto hacia la resolución.

Considera el ajuste no como un estado estático sino como un proceso por el cual, el nuevo aprendizaje y las nuevas experiencias, se asimilan con precisión.

Rogers está convencido de que estas tendencias hacia la salud son expedidas por una relación interpersonal en la cual un miembro está suficientemente libre de incongruencia para estar en contacto con su propio centro de auto corrección.

La tarea principal de la terapia consiste en establecer una relación verdadera La aceptación de uno mismo es un prerrequisito indispensable para aceptar a los demás de una manera más fácil y sincera.

A su vez, el hecho de ser aceptado por los demás conduce a un mayor deseo de aceptarse a uno mismo. Este ciclo de auto corrección y autoperfeccionamiento es el medio más importante para reducir al mínimo los obstáculos para el desarrollo psicológico.

Obstáculos para el desarrollo

Rogers dice que los obstáculos empiezan a presentarse en la niñez y que son aspectos nominales del desarrollo.

Lo que el niño aprende en una etapa como algo benéfico tiene que revaluarse en las etapas posteriores. Los motivos que predominan en la primera infancia pueden inhibir más tarde el desarrollo de la personalidad.

Cuando el infante empieza a tener conocimiento del si mismo, desarrolla una necesidad de amor o estimación positiva. «Esta necesidad es universal en los seres humanos, es penetrante y persistente en el individuo.

Que sea una necesidad innata o aprendida, no es importante para la teoría». Como los niños no separan sus acciones de sus seres totales, ellos reaccionan ante la aprobación de una acción, como si se tratara de una aprobación para ellos mismos.

Análogamente, ellos reaccionan, ante el castigo por una acción, como si hubieran sido desaprobados en términos generales.

El amor es tan importante para un infante que «si llega a recibir orientación para su conducta no es por el grado en que una experiencia conserva o perfecciona el organismo, sino por la probabilidad de recibir amor materno». E

l niño empieza a obrar en las formas en que pueda lograr amor o aprobación, sin tener en cuenta que las conductas suscitadas sean o no saludables para él. Los niños pueden actuar contra su propio interés llegando finalmente a considerarse a sí mismos en términos ideados originalmente para agradar o calmar a otros.

Teóricamente, esta situación no podría presentarse si el niño se sintiera aceptado siempre, si los sentimientos fueran aceptados inclusive si algunos de sus comportamientos fueran inhibidos.

En una situación ideal de esta naturaleza, el niño nunca estaría presionado a renunciar o desconocer partes desagradables, pero verdaderas, de su personalidad.

Las conductas o actitudes que niegan algún aspecto del sí mismo se llaman condiciones de mérito «Cuando se evita (o se busca) una auto experiencia, solamente porque tiene menos (o más) mérito para una auto consideración, se dice que la persona ha adquirido una condición de mérito» (Rogers, 1959, p. 224). Las condiciones de mérito constituyen los obstáculos fundamentales para la percepción exacta y el conocimiento realista Son lentes y filtros selectivos que una infinita cantidad de afecto por parte de los padres y de las demás personas.

Nosotros acumulamos ciertas condiciones, actitudes o acciones que, en nuestro concepto, debemos cumplir para seguir siendo respetables. En el grado en que estas actitudes se maquinan, ellas constituyen las áreas de la incongruencia personal.

Las condiciones del mérito se caracterizan en extremo por el convencimiento de que «yo tengo que ser amado, o respetado por todas las personas con quien llegue a tener algún contacto».

Las condiciones de mérito crean una discrepancia entre el sí mismo y él concepto del sí mismo. Para mantener una condición de mérito, hay que negar ciertas facetas de nuestro sí mismo.

Por ejemplo, si nos han dicho: «Tú tienes que amar a tu nuevo hermanito o mamá no te querrá», el mensaje es que debemos renunciar o reprimir nuestros verdaderos sentimientos negativos hacia él.

Si nos ingeniamos para ocultar nuestra mala voluntad, el deseo de lastimarlo y los celos normales, nuestra madre continuará demostrándonos afecto, pero si permitimos esos sentimientos, correremos el riesgo de perder ese amor, una solución que puede crear una condición de mérito es renunciar a tales sentimientos, siempre que se presenten, apartándolos de nuestro conocimiento.

Ahora podríamos responder, por ejemplo, de esta manera: «Yo sí quiero realmente a Mi hermanito, a pesar de las veces en que lo aprieto hasta que grita» o «Mi pie se metió bajo el suyo y por eso sé cayo».

Todavía recuerdo la enorme alegría que mi hermano mayor manifestó una vez que le dieron oportunidad de pegarme por algo que yo había hecho. Mi madre, mi hermano y yo nos quedarnos pasmados ante su violencia.

Al evocar el incidente, mi hermano recuerda que él no estaba particularmente enojado conmigo, sino que, comprendía que era una oportunidad muy rara y quería descargara mientras le durara el permiso, toda la mala voluntad que fuera, posible.

Aceptar tales sentimientos y permitir que se expresen cuando ocurren es más saludable, dice Rogers, que negarlos o repudiarlos.

A medida que el niño crece, persisten los problemas.

El desarrollo se entorpece en el grado en que una persona niega las cosas (inputs) que difieren de su concepto de sí mismo artificialmente «bueno». Con miras a sustentar la falsa imagen de sí mismo, una persona distorsiona constantemente las experiencias, mientras más distorsión haya, mayor será la oportunidad de cometer errores y de crear problemas adicionales. Las conductas, los errores y la confusión que se susciten son manifestaciones de las distorsiones iniciales más fundamentales.

La situación sé retroalimenta a sí misma. Cada experiencia de incongruencia entre el sí mismo y la realidad conduce a una mayor vulnerabilidad, la cual, a su vez, lleva a buscar mayores defensas al impedir las experiencias y crear nuevas oportunidades para la incongruencia.

Algunas veces las maniobras defensivas no operan. La persona se da cuenta de las evidentes discrepancias entre las conductas y las creencias.

Los resultados pueden traducirse en pánico, ansiedad crónica, retiro e inclusive psicosis.

Rogers ha observado que la conducta psicótica con frecuencia parece ser la representación de un aspecto de la experiencia que fue negado anteriormente.

Perry (1974) corrobora esto mediante el testimonio de que el episodio psicótico es un desesperado esfuerzo de la personalidad por volver a equilibrarse y permitir la realización de necesidades y experiencias internas que estaban frustradas.

La terapia centrada en el cliente lucha por establecer una atmósfera en la cual se puedan eliminar las condiciones de mérito perjudiciales, permitiendo así que las fuerzas sanas, de la persona, vuelvan a asumir su dominio original.

Una persona recobra la salud al restaurar las partes negadas o reprimidas.

Estructura

El cuerpo

A pesar de que Rogers define la personalidad y la identidad como una gestalt en marcha, no presta especial atención al papel que el cuerpo puede tener.

Inclusive en sus propios trabajos de encuentro, no fomenta ni facilita el contacto físico o el trabajo directo con los ademanes físicos. Según lo manifiesta, «mis bases no son tantas como para liberarme especialmente de esto».

Su teoría se basa en el conocimiento de la experiencia; no particulariza las experiencias físicas como algo diferente en clase o valor a las emocionales, cognoscitivas o intuitivas.

Las relaciones sociales

El valor de las relaciones es una de las principales preocupaciones que se destacan en las obras de Rogers. Las primeras relaciones pueden ser congruentes o pueden servir como el punto céntrico para las condiciones de mérito. Las relaciones posteriores pueden restablecer la congruencia o retardarla.

Rogers opina que la interacción con otra persona facilita al individuo descubrir directamente, revelar, experimentar o encontrar el sí mismo (self) real. Nuestra personalidad se vuelve visible para nosotros por medio de las relaciones con los demás.

En la terapia, en situaciones de encuentro y en las interacciones diarias, la retroalimentación proveniente de los demás da oportunidad a las personas de experimentarse a sí mismas.

Si meditamos un poco en la gente que no tiene relaciones, podemos observar dos estereotipos contrastantes: el primero es el solitario renuente, incapaz, de tratar a los demás; el otro es el contemplativo que se ha alejado del mundo en busca de otras actividades.

Ninguna de las dos imágenes interesa a Rogers, para quien las relaciones ofrecen la mejor oportunidad de estar en «total funcionamiento», en armonía consigo mismo, con los demás y con el medio.

Por medio de las relaciones se pueden satisfacer las necesidades orgánicas básicas del individuo. La esperanza de esta satisfacción hace que la gente invierta una cantidad increíble de energía en sus relaciones, inclusive ve algunas que aparentemente puedan no ser sanas o satisfactorias.

El sí mismo (self)

Quienes escriben libros de texto y dedican una sección a Rogers, lo clasifican generalmente como un teórico de sí mismo (Hall y Lindzey, 1970; Bischof, 1970; Krasner y Ullinan, 1973), significando con esto que el sí mismo es un concepto muy importante dentro del pensamiento de Rogers.

En realidad, aunque considera el sí mismo como el punto central de la experiencia, le interesa más la percepción, el conocimiento y la experiencia que el constructo hipotético, el sí mismo.

Como ya dimos a conocer la definición de Rogers sobre el sí mismo, ahora podernos volver sobre la descripción de la persona en funcionamiento total: una persona que conoce, en su totalidad, su sí mismo (self) actual.

«La persona en funcionamiento total” es sinónimo de un ajuste psicológico óptimo, de una madurez psicológica óptima, de una congruencia completa, de una completa disposición, para la experiencia.

En virtud de que algunos de estos términos suenan un tanto estáticos, como si una persona así “hubiera llegado”, debemos dejar en claro que todas éstas son características en proceso.

La persona en funcionamiento total sería una persona en proceso, una persona en cambio constante» (Rogers, 1959, p. 235).

La persona en funcionamiento total tiene varías características distintas, la primera de las cuales es una disposición para la experiencia.

Las «subcepcíones», tienen poca o ninguna utilidad, aquellas señales de advertencia que restringen el conocimiento.

La persona está alejándose continuamente de su actitud defensiva y busca la experiencia directa. «Se manifiesta más abierto a sus sentimientos de temor, desgano y congoja. También está más abierto a sus sentimientos de valor, ternura y espanto… Es capaz de vivir totalmente la experiencia de su organismo, más que cerrarle la puerta al conocimiento».

Otra característica es vivir en el presente dándose cuenta totalmente de cada momento.

Este compromiso directo y permanente con la realidad, permite que «el sí mismo y la personalidad surjan de la experiencia y no que la experiencia se transforme o distorsione para ajustarse a una estructura ya preconcebida del sí mismo» (Rogers, 1961, pp. 188-189).Una persona puede reestructurar sus respuestas cuando la experiencia le permite o sugiere nuevas posibilidades.

Una característica final es confiar en los impulsos internos y en los juicios intuitivos, una creciente confianza en la propia capacidad para tomar decisiones.

En la medida en que una persona está mejor capacitada para captar y utilizar información, tiene más probabilidad de valorar su capacidad para resumir dicha información y responder.

Esto no es solamente una actividad intelectual, sino una función de toda la persona. Rogers dice que, en la persona en funcionamiento total, los errores que se cometen se deben a la información equivocada y no a los procesos incorrectos.

Esto es parecido al comportamiento de un gato que se lanza desde un sitio alto.

El gato no toma en cuenta la velocidad del viento, la cantidad de movimiento angular ni la velocidad con que desciende y, a pesar de todo, su respuesta total tiene en cuenta todas estas cosas. El gato no piensa en quién lo empujó, cuáles pudieron ser sus motivos ni qué pueda ocurrir probablemente en el futuro. El gato maneja la situación inmediata, los problemas más urgentes.

Da la vuelta en el aire y ajusta en forma instantánea su posición para hacerle frente al siguiente suceso.

La persona en funcionamiento total es libre para responder y experimentar su respuesta a las situaciones. Esto es la esencia de lo que Rogers llama vivir una buena vida. Una persona así «está continuamente en un proceso de autorrealización posterior (Rogers, 1959, p. 2315).

La terapia centrada en el cliente

Rogers ha estado practicando la terapia durante toda su vida profesional. Su teoría de la personalidad tiene origen y forma parte de sus métodos e ideas sobre la terapia.

Su teoría sobre esta última ha pasado por una serie de fases de desarrollo y cambios en sus puntos de interés; sin embargo, hay algunos fundamentos que han permanecido en su sitio.

Rogers cita algunos aspectos de una conferencia dictada en 1940, cuando mencionó por primera vez sus nuevas ideas sobre la psicoterapia.

Este moderno enfoque se fundamenta más vigorosamente en el impulso individual hacia el crecimiento, la salud y el ajuste.

La terapia es una cuestión de dar libertad (al cliente) para el crecimiento y el desarrollo normales.Esta terapia da más énfasis a los aspectos sentimentales de la situación que a los aspectos intelectuales.

Esta moderna terapia da más énfasis a la situación inmediata que al pasado del individuo.Este método da mucha fuerza a la relación terapéutica misma como una experiencia del desarrollo.
Rogers utiliza la palabra «cliente» más que el tradicional término «paciente».

Un paciente es alguien generalmente enfermo, que necesita ayuda y la busca con el auxilio de un profesional experto. Un cliente es alguien que desea un servicio y piensa que no puede llevarlo a cabo por sí sólo.

El cliente, aunque pueda tener problemas, todavía es considerado como una persona capaz de entender íntimamente su propia situación. En el modelo de cliente existe una igualdad implícita que no encontramos en la relación médico-paciente.

La terapia ayuda a una persona a descubrir su propio dilema con un mínimo de participación por parte del terapeuta.

Rogers define la psicoterapia como Ia liberación de una capacidad ya existente, en un individuo potencialmente competente, y no la manipulación experta de una personalidad más o menos pasiva.

La terapia se llama dirigida por el cliente o centrada en el cliente, puesto que es él quien toma cualquier dirección necesaria.

La terapia centrada en el cliente y la modificación de la conducta tienen ciertas semejanzas: ambas escuchan las ideas del cliente sobre sus dificultades y aceptan que él es capaz de entender sus propios problemas.

En la terapia centrada en el cliente, sin embargo, el cliente sigue dirigiendo y modificando las metas de la terapia e inicia los cambios conductuales (u otros) que desea que ocurran.

En la modificación de la conducta, el terapeuta escoge las nuevas conductas. Rogers cree firmemente que las «intervenciones expertas» de cualquier clase son, en último término, perjudiciales para el desarrollo de una persona.

Sus puntos de vista sobre la naturaleza del hombre y los métodos de la terapia no han madurado en forma simple durante su vida; han sufrido una transformación casi total.

«Confío en haber dejado muy en claro que, a través de los años, me he separado bastante de algunas de las creencias con que me inicie: que el hombre es esencialmente malo; que profesionalmente se le puede tratar mejor como un objeto; que la ayuda se fundamenta en la pericia; que el experto puede aconsejar, manipular y moldear al individuo para producir el efecto deseado».

El terapeuta centrado en el cliente

El cliente tiene las llaves de su recuperación, pero el terapeuta debe tener ciertas cualidades personales que ayuden al cliente a aprender cómo se utilizan dichas llaves.

Estos poderes (dentro del cliente) se volverán efectivos si el terapeuta puede establecer con el cliente una relación suficientemente cálida, de aceptación y entendimiento». Antes de que el terapeuta pueda hacer algo por el cliente, éste debe ser auténtico, sincero y no desempeñar ningún papel especialmente el de psicoterapeuta cuando está con él. Esto e

Explica el deseo de ser y de expresar en mis palabras y en mi conducta, los distintos sentimientos y actitudes que existen en mí, lo cual significa que debo conocer mis propios sentimientos tanto como sea posible y no mostrar una apariencia exterior de una actitud, cuando en realidad tengo una diferente».

Cuándo los terapeutas hacen sus prácticas se preguntan con frecuencia, «¿qué conducta sigue usted si no le agrada el paciente o si está aburrido o enojado? , ¿No será precisamente este sentimiento sincero lo que toda persona consigue de quien le desagrada?”

La respuesta, centrada en el cliente, a estas preguntas, encierra varios niveles de comprensión. En un nivel, el psicoterapeuta sirve como modelo de persona sincera.

El psicoterapeuta ofrece al cliente una relación en la cual este último puede corroborar su propia realidad. Si el cliente confía en que logrará una respuesta honrada, puede descubrir si sus expectativas y su actitud defensiva se justifican. El cliente puede aprender a esperar una retroalimentación real -no distorsionada o diluida- de su exploración interior. Esta comprobación de la realidad es crucial si el cliente debe alejarse de las distorsiones y experienciarse directamente.

A otro nivel, el psicoterapeuta centrado en el cliente es útil hasta el punto en que éste tenga empatía y sea capaz de mantener una «consideración positiva incondicionado». Rogers define esto como un «cuidado que no es posesivo, que no exige ninguna gratificación personal.

Es una atmósfera que simplemente dice “yo lo cuido” y no “yo cuido de usted si se comporta de esta o de aquella forma». No es una evaluación positiva porque cualquier evaluación es una forma de juicio moral.

La evaluación tiende a restringir la conducta, recompensando algunas cosas y castigando otras; la consideración positiva incondicionada hace que la persona sea lo que realmente es, no importa lo que esto signifique.

Se trata de algo muy parecido a lo que Maslow llama «amor taoísta», un amor que no prejuzga, que no restringe que no define. Es la promesa de aceptar a alguien simplemente tal como resulta ser.

Para llevar a cabo esto, el psicoterapeuta centrado en el cliente tiene que ser capaz de ver constantemente su fondo autorealizante, no los comportamientos destructivos, perjudiciales u ofensivos.

Si se puede mantener un conocimiento de la ciencia positiva de] individuo, es posible ser auténtico con esa persona y no mostrarse fastidiado, irritado o enojado por alguna expresión particular de su personalidad. Esta actitud es semejante a la de los maestros espirituales de la tradición oriental, los cuales viendo a una divinidad en todos los hombres, pueden trabarlos a todos con respeto y compasión.

Los terapeutas que siguen los métodos de Rogers admiten que suelen ser incapaces de mantener esta cualidad de comprensión mientras trabajan.

La aceptación puede ser solamente tolerancia, una posición sin juicio alguno implícito que pueda incluir o no la comprensión real. Esto es inadecuado; la consideración positiva incondicionado también debe incluir una «comprensión empática. . . para entender el mundo personal del cliente como si fuera el propio, pero sin perder nunca la cualidad de «como sí'».

Esta dimensión adicional proporciona al cliente más libertad para explorar los sentimientos internos. El cliente está seguro de que el terapeuta hará algo más que aceptarlos, pero se comprometerá activamente en tratar de sentir las mismas situaciones dentro de él mismo.

El criterio final para un buen terapeuta es que debe tener la habilidad suficiente para transmitir al cliente esta comprensión; este último necesita saber que el psicoterapeuta sí es digno de confianza, tiene cuidado, escucha y entiende.

Es necesario que el terapeuta siga siendo Visible a pesar de las distorsiones selectivas del cliente, las subcepciones de amenaza y de los efectos deformantes de una auto consideración mala Una vez establecido este puente entre el cliente y el terapeuta, aquél puede empezar a trabajar con toda seriedad.

A pesar de que la descripción anterior puede parecer estática, como si el terapeuta llegara a una llanura y luego hiciera la terapia, se trata sin embargo, de un proceso dinámico progresivo en estado de renovación permanente. El terapeuta y el cliente deben estar siempre en proceso de volverse más concordes.

En uno de sus primeros libros, Orientación y psicoterapia (1942, p.30-44), Rogers esbozó los pasos característicos necesarios para el proceso de ayuda, de la siguiente manera:

  • El cliente llega en busca de ayuda.
  • La situación se define.
  • Hay un estímulo para la libre expresión.
  • El consejero acepta y explica.
  • Expresión gradual de los sentimientos positivos.
  • Conocimiento de los impulsos positivos.
  • Desarrollo de la comprensión interna (insight).
  • Clasificación de las opciones.
  • Acciones positivas.
  • Aumento de la comprensión interna (insight).
  • Aumento de la independencia. Disminución de la necesidad de ayuda.

Esta serie de eventos sugerida muestra el interés que Rogers tiene en que el cliente determine el camino que va a seguir a través de los esfuerzos estimulantes y auxiliares del terapeuta.

Así como algunos aspectos de la terapia de Rogers se pueden aprender fácilmente, y de hecho son empleados por muchos terapeutas, las características personales que se te exigen a un terapeuta efectivo son en extremo difíciles de entender, de experimentar y de poner en práctica.

La capacidad de estar verdaderamente presente para otro ser humano -tener empatía hacia el dolor de esa persona, confiar en el desarrollo de la misma y ser capaz de transmitir todo esto es una exigencia personal casi abrumadora.

Los grupos de encuentro

La transición de Rogers, desde, el terapeuta centrado en el cliente hasta el líder de encuentro e investigador fue casi inevitable. Sus afirmaciones de que las personas, y no los expertos, eran los terapeutas, se correlacionaban con las primeras informaciones sobre encuentros.

Cuando Rogers viajó a California pudo dedicar más tiempo para participar, fundar e investigar esta clase de trabajo en grupo.

Aparte, de la terapia de grupo, los grupos de encuentro tienen una historia que precede a su resurgimiento de las décadas de los cincuentas y de los sesentas. Dentro de la tradición protestante americana y en menor grado dentro del hasidísmo, ha habido experiencias de grupo, encaminadas a modificar las actitudes de una persona hacía sí misma y a cambiar su conducta con los demás.

Las técnicas han consistido en trabajos con grupos pequeños de compañeros, donde se insiste en la honradez y la revelación, se enfoca la atención en el aquí y ahora y se mantiene una atmósfera de calor humano y de cooperación. Inclusive los maratones (grupos de encuentro que se reúnen día y noche) no son un invento reciente.

Los modernos grupos de encuentro tuvieron su origen en Connecticut en el año de 1946 con un programa de entrenamiento para líderes de la comunidad. Dicho programa consistía en reuniones vespertinas, a las que los expertos y los observadores asistían para discutir los sucesos ocurridos durante el día.

Los participantes empezaban a llegar con el propósito de oír y finalmente tomar parte en estas sesiones extras. Los expertos se dieron cuenta de que al proporcionar retroalimentación a los participantes, se aumentaba la experiencia de cada uno.

Algunos de los instructores de los grupos de Connecticut se unieron a otros y fundaron los Laboratorios Nacionales de Entrenamiento (LNE) en 1947. Estos laboratorios ayudaron a ampliar y desarrollar los grupos T (del inglés «training») o grupos de entrenamiento, como una herramienta para el gobierno y la industria.

La participación en estos grupos proporcionaba a las personas una gran experiencia para observar su propio funcionamiento y para aprender la forma de responder a la retroalimentación directa sobre sí mismas.

En la década de los sesentas, el grupo T empezó a desprestigiarse cuando las corporaciones se dieron cuenta de que los ejecutivos, quienes gozaban de comodidades y se conocían mejor a sí mismos, no estaban necesariamente trabajando con más entusiasmo para su compañía.

Lo más sorprendente de las experiencias del grupo T fue el hecho de que unas cuantas semanas de trabajo con los compañeros, en una situación de aceptación relativa, podían conducir a cambios importantes en la personalidad, que anteriormente sólo se relacionaban con traumas severos o una psicoterapia a largo plazo.

Como las investigaciones han puesto de manifiesto efectos positivos y negativos, la mayoría de los investigadores están de acuerdo en que la experiencia en grupo es efectiva y puede producir cambios reales en sus miembros.

Gibb (1971), después de revisar 106 estudios, concluyó que «hay muchas pruebas de que las experiencias de entrenamiento intenso en grupo tienen efectos terapéuticos.

Mientras que los LNE se creaban y desarrollaban principalmente en la costa este de los Estados Unidos, el Instituto Esalen de California exploraba procesos de grupo más intensos y menos estructurados.

Dedicado a buscar la comprensión de las nuevas tendencias «que enfatizan los potenciales y los valores de la existencia humana», Esalen patrocinó una serie de seminarios en la década de los sesentas que llegaron a llamarse encuentros o grupos de encuentro básico.

El trabajo en grupo de Rogers, que se desarrolló independientemente, se parece a la forma de encuentro básico que llevó a cabo Esalen. Sin embargo, sus grupos no están del todo desinhibidos y reflejan algunos de los componentes estructurales del modelo LNE.

Las características comunes de todos estos tipos de grupos de encuentro incluyen un clima de seguridad psicológica, el estímulo de la expresión de sentimientos inmediatos y la subsiguiente retroalimentación por parte de los miembros del grupo.

El líder, cualquiera que sea su orientación, es responsable de fijar y mantener el tono y el enfoque de un grupo. Esto puede ir desde una atmósfera de negocios funcional hasta el estímulo de una excitación emocional o sexual, o hasta el fomento del temor, la ira o aun la violencia. Existen informes de grupos con toda clase de descripciones (Howard, 1970; Malíver 1973).

La aportación de Rogers y sus continuos trabajos sobre los grupos de encuentro constituyen la aplicación de su teoría. En su libro Carl Rogers y los grupos de encuentro (1970b), describe los fenómenos principales que se presentan en los grupos que se prolongan varios días.

A pesar de que hay muchos periodos de insatisfacción, incertidumbre y ansiedad, en la descripción que vamos a ver, cada uno de ellos abre paso a un clima más abierto, menos defensivo, más revelador y de más confianza. La intensidad emocional y la capacidad para tolerar la intensidad parecen aumentar a medida que el grupo continúa en actividad.

El Proceso del encuentro

Un grupo empieza a arremolinarse esperando que se le indique cómo se debe comportar, qué debe esperar, cómo manejar las expectativas sobre el grupo. Se suscita una gran frustración cuando el grupo se da cuenta de que son los miembros mismos quienes van a determinar la forma en que se va a trabajar.

Se presenta una resistencia inicial a la expresión o exploración personal. «Es el sí mismo (self) público el que trata de mostrarse mutuamente en los miembros y sólo gradualmente, con gran recelo y en forma ambivalente, empiezan a dar pasos para revelar algo del sí mismo privado» .

Esta resistencia puede observarse en la mayoría de las situaciones de grupo -brindis, bailes, días de campo- en las cuales generalmente se presenta alguna actividad distinta a la autoexploración de que los participantes disponen. Un grupo de encuentro desestimula la búsqueda de cualquier otra actividad.

A medida que la gente sigue interactuando, empieza a participar de sentimientos pasados que se relacionan con gente que no está dentro del grupo. A pesar de que puedan ser experiencias importantes para el individuo, aún constituyen tina forma de resistencia inicial; las experiencias pasadas son más seguras y tienen menos probabilidades de ser afectadas por las críticas o por algún apoyo.

La gente puede responder o no al significado de un suceso pasado, pero sigue siendo eso, un suceso pasado.

Cuando la gente empieza a expresar sus sentimientos presentes, con mucha frecuencia las primeras expresiones son negativas. «No me siento cómodo con usted», «usted tiene una manera vulgar de hablar”, «No creo que usted realmente quiera decir lo que dijo sobre su esposa».

«Los sentimientos profundamente positivos son mucho más difíciles y peligrosos de expresar que los negativos. Si digo te amo, quedo vulnerable y expuesto al rechazo más terrible. Si digo te odio, estoy obligado a atacar lo que puedo defender.

El hecho de no comprender esta aparente paradoja ha llevado, a varios programas de encuentro, a fracasos que eran predecibles. Por ejemplo, la Fuerza Aérea organizó, programas de relaciones que incluían sesiones de encuentro entre blancos y negros dirigidos por líderes expertos.

Sin embargo, el resultado final de tales encuentros con frecuencia parecía una intensificación de los sentimientos raciales hostiles por ambas partes.

Debido a lo difícil de programar a la gente que pertenece a la milicia, tales reuniones no duraron más de tres horas, tiempo suficiente apenas para manifestar las expresiones negativas, pero insuficiente para desarrollar el resto del proceso.

A medida que se van expresando los sentimientos negativos y el grupo no se desintegra, se divide o se va al infierno, empieza a surgir el material Personalmente significativo.

Tan pronto surge el material significativo, la gente empieza a expresar sentimientos inmediatos entre sí misma, tanto positivos como negativos. «Me gusta que usted pueda compartir eso con el grupo» «cada vez que digo algo, parece como si usted quisiera estrangularme», «es curioso, creí que usted me desagradaría; ahora estoy seguro».

Cada vez que salen a flote más expresiones emocionales y surgen reacciones dentro del grupo, Rogers menciona el desarrollo de una capacidad de curación.

Las personas empiezan a hacer cosas que parecen útiles, que contribuyen para que los demás se den cuenta de su propia experiencia en una forma que no es amenazante.

Lo que el terapeuta muy experto ha aprendido a hacer durante los años de supervisión y práctica, empieza a salir espontáneamente de la situación misma. «Esta clase de habilidad se manifiesta en forma tan frecuente, en todos los grupos, que he llegado a creer que la habilidad para curar o llevar a cabo una terapia es mucho más común, entre la gente, de lo que suponemos.

Con frecuencia se necesita solamente que haya una autorización o que la libertad sea posible por parte de un clima en que la experiencia del grupo flote libremente para que se haga evidente».

Uno de los resultados de que el grupo proporcione retroalimentación y aceptación consiste en que la gente se puede aceptar a sí misma. “Yo creo realmente que sí trato de mantener a la gente lejos de mí”. “Yo soy fuerte, pero a veces despiadado”. «Yo deseo tanto que me aprecien, que puedo aparentar media docena de cosas diferentes.»

Paradójicamente, esta aceptación del propio sí mismo y de las propias faltas, conduce a la iniciación del cambio. Rogers dice que mientras más próximo a la congruencia esté uno, más fácil resulta una persona puede admitir ser de determinada manera, de pensar en posibles alternativas para su conducta. Si niega una parte de sí misma, no hará muchos esfuerzos por cambiar. «La aceptación, dentro del dominio de las actitudes psicológicas, con frecuencia logra un cambio en la cosa aceptada. Es irónico, pero es cierto» (Nelson, 1973).

A medida que el grupo continúa trabajando, surge una creciente con las defensas. El grupo parece exigir el derecho de curar, de descubrir a las personas que parecen estar a la defensa. A veces en forma suave y casi brusca en otras el grupo exige que la persona sea ella misma, es decir, que no siga escondiendo sus sentimientos presentes.

«La expresión de sí parte de los miembros del grupo, ha puesto en claro que un encuentro más básico y más profundo sí es posible y que el grupo aparentemente lucha intuitiva e inconscientemente por lograr esta meta’.

En todo intercambio o encuentro hay una retroalimentación. Constantemente se llama la atención al líder sobre su efectividad o falta de ella Cada miembro que reacciona ante otro puede, a su vez, obtener una retroalimentación acerca de su reacción.

Dicha retroalimentación puede ser difícil de aceptar por parte de alguna persona. Pero para una persona que forma parte de un grupo no es fácil evitar enfrentarse a la opinión de este último.

Rogers llama la atención sobre la forma extrema del confrontación de la retroalimentación: “Hay ocasiones en que el término retroalimentación es demasiado benigno para describir las interacciones que se presentan cuando es mejor decir que un individuo se confronta con otro, nivelándose directamente con él. Tales confrontaciones pueden ser positivas, pero suelen ser definitivamente negativas».

La confrontación plasma sentimientos a tal extremo que se hace necesaria alguna clase de resolución. Este es un momento perturbador y difícil para el grupo y puede llegar a ser mucho más complicado para los individuos que participan.

Para cada oleada de sentimientos negativos, para cada brote de temor, parece que hay también una subsiguiente expresión de apoyo, de sentimientos positivos y de proximidad. Rogers, refiriéndose al miembro de un grupo, dice: «El hecho increíble, experimentado una y otra vez por los miembros del grupo, era que cuando se expresaba completamente un sentimiento negativo a otro miembro del grupo las relaciones aumentaban y el sentimiento negativo era remplazado por una profunda aceptación de aquél. . .» .

Aparentemente, cada vez que el grupo demuestra exitosamente poder aceptar y tolerar sentimientos negativos, sin rechazar a la persona que los expresa, los miembros se vuelven más confiados y abiertos unos con otros.

Mucha gente ha manifestado que sus experiencias dentro del grupo han sido las experiencias más positivas, empáticas y de aceptación, de toda su vida. La popularidad de las experiencias del grupo se fundamenta tanto en el calor emocional que generan como en su capacidad de facilitar el desarrollo personal.

El grupo presta su apoyo a una persona que llegue a conocer nuevos aspectos de sí misma La aceptación y el conocimiento del sí mismo es, para Rogers, el principio del subsiguiente cambio en la conducta. El tiempo que se pueden mantener estos cambios depende de la información a que tenga acceso el conocimiento que sigue a la experiencia.

Una introspección (insight) de nuestra conducta, que no reciba ninguna confirmación del medio externo, será difícil de mantener. Análogamente, si las personas que están cerca del miembro del grupo aceptan un cambio en su actitud, el individuo puede mantenerla.

¿Existen peligros en las experiencias del encuentro?

Como sucede con cualquier forma intensa de interacción, pueden producirse, y en efecto se han producido, resultados desafortunados. Se han producido trastornos psicóticos, suicidios y depresiones que tal vez han sido precipitados por la participación en un grupo de encuentro.

En la mayoría de los casos, la experiencia del encuentro parece fomentar los mecanismos fundamentales que permiten a un ser humano ayudar a los demás. Que eso no ocurra inevitablemente no tiene por qué sorprendernos.

Lo que sí podemos decir es que, gracias a los trabajos de Rogers y de otros autores, las experiencias de los grupos pequeños se pueden entender ahora como un medio para desarrollar las habilidades personales, para orientar, estimular y ayudar a las personas y para darles una oportunidad de tener una experiencia personal inusitadamente intensa.

 

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