Diego Armando Maradona : Un Dios melancólico y triste

 

- Diego Armando Maradona : Un Dios melancólico y triste

Diego Armando Maradona, el mejor futbolista de todas las épocas para muchos aficionados, se halla ingresado en un psiquiátrico. Las drogas le han puesto una zancadilla que ha estado a punto de costarle la vida.
¿Será capaz Maradona de driblar a este terrible mal y dejarlo atrás, tal como hizo con los defensas rivales? ¿Subirá al casillero el gol de su propia recuperación?

AEl 9 de mayo del 2004 Maradona fue ingresado en el psiquiátrico Clínica del Parque, de Buenos aires, en un intento desesperado por salvarle la vida. La decisión de su internamiento correspondió a su familia, puesto que el futbolista no se hallaba en situación de decidir por sí mismo. La cocaína y la efedrina se le habían enroscado en el corazón y empezaban a afectarle los pulmones. Su vida peligraba frente al embate de la drogadicción. La única alternativa consistía en someterlo a una terapia de contención y tolerancia al síndrome de abstinencia.

El rey del balón pasó los peores momentos de su existencia.

El centro psiquiátrico donde ha quedado recluido no es un lugar de lujo. La inmensa fortuna extraída de sus botas mágicas ha desaparecido.

Entre el deportista y su antiguo apoderado, Guillermo Cópola, media un trámite judicial que se encargará de arrojar luz sobre un asunto tan grave.

Pero lo cierto es que Maradona se halla ahora entre residentes de muy heterogénea naturaleza. La mayoría son seres atormentados. Hay algunos que lanzan gritos o que hablan consigo mismo; otros contemplan visiones tras la raya de la razón,tiemblan y demandan ayuda desesperadamente.
Maradona observa ese mundo que lo envuelve ahora.

Con sus profundos ojos busca las gradas, a los públicos que se le rendían como a un dios, que blandían pañuelos blancos y los agitaban cual palomas impolutas cuando él pateaba a los vientos una de sus maravillas futbolísticas.

Pero Maradona no oye los vítores dedicados a los elegidos; oye, tan sólo, la voz metálica de unas puertas que se cierran en la Clínica y que le indican que su vuelo de esplendorosa águila de los estadios es un sueño imposible ya para sus sueños.

Dos años. Ése es el plazo que le marca su médico, Alfredo Cahe, para que sane. Tal vez pudiera ser uno. Maradona posee una capacidad de recuperación fuera de lo común.

Y una voluntad de hierro. Un año, dos. “La peor parte ya la ha pasado”, según el criterio del facultativo. El síndrome de la abstinencia ya no le roe las entrañas con la pertinaz insistencia que lo hizo durante los primeros meses. Ahora es la impaciencia la que mete prisa, la que no le permite conocer a fondo la tenebrosa longitud del camino que aún le queda por recorrer.

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Sus proyectos no pueden esperar.

Él es un hombre de acción. Respirar y moverse son una misma cosa para Maradona: no en balde su portentosa motricidad hizo de él un número uno.

El médico trata de aprovechar esa tendencia suya hacia la actividad física. Un pilar fundamental en la terapia de curación es que el cuerpo del deportista se mueva: excursiones recreativas, práctica de golf… Pero los proyectos de Maradona se hallan lejos de aquellas oscuras paredes del psiquiátrico.

Su cabeza alberga planes, proyectos… Una escuela de futbolistas en Italia… Siempre el fútbol; todo en torno al fútbol, su obsesión, su gloria, su reino.
Su ex esposa, Claudia Villafañe, que lo visita a diario, manifestó en una entrevista de Tele 5, cadena española de televisión, emitida el 26 de junio del año 2004, que Maradona está persuadido de que “mañana o pasado” le van a dar el alta. En sus cálculos no pasa, ni de lejos, que su proceso de curación se prolongue un año o dos.

Mientras tanto, el divo del césped, permanece en el psiquiátrico sin recibir visitas, excepto la de familiares muy directos. Según éstos, Maradona no consume drogas desde hace tres meses. Sigue una dieta estricta de 1.300 calorías al día que sólo rompe una vez a la semana, cuando le ponen delante un puchero de doña Tota, su madre.

El equipo médico del doctor Cahe también cuida de su salud mental. No le permiten contemplar las noticias televisadas ni leer los periódicos de actualidad, en un intento por tranquilizar su ritmo vital, atemperar su fuerte carácter y esperar a que se produzca el milagro. El cielo del astro argentino se está llenando poco a poco de una esperanzadora luz.

El médico es optimista: “Tal vez se pueda producir un clik, pero eso dependerá del entorno que tengamos sobre él.”

Lo cierto es que ese “clik” lo está esperando media humanidad. El nombre de Diego Armando Maradona se conoce en cualquier parte del mundo. Su fama puede parangonarse a la que alcanzaron personajes históricos de primerísima fila.

Las semejanzas del deportista argentino con algunos de esos personajes -Aníbal o Moisés, por ejemplo- son más que una casualidad y adquieren la categoría del símbolo que éstos ostentaron a lo largo de los siglos. Habiendo conseguido vencer a los romanos, Aníbal no consintió que sus hombres tomaran la ciudad de Roma a pesar de que había quedado indefensa y a merced del joven general cartaginés. “Vencer sabes, Aníbal; aprovechar la victoria, no”, le espetó lúcidamente uno de sus lugartenientes.

También Maradona logró muy joven el cetro de rey del mundo futbolístico. Cada partido suyo constituía un paso adelante hacia la fama, hacia la gloria.

Sus gestas se contaban por decenas. Todas las riquezas se pusieron a sus pies, todos los honores ocuparon un escalón más bajo que su persona. Sólo tenía que estirar los brazos y servirse a su gusto.

Pero en el momento de mayor esplendor, Maradona desvió su mirada y la fijó en el arroyo; sufrió el empujón de la droga y se precipitó a un vacío donde la nada fue el único despojo que se le quedó prendido entre los dedos.

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Con Moisés todavía son mayores las similitudes… y también los contrastes. Moisés fue un ser rescatado para la vida de forma providencial. Realizó la ascensión al Monte Sinaí, de donde bajó con el corazón reconfortado y la palabra de Dios grabada sobre unas tablas.

También Maradona ha sido un ser privilegiado en posesión de unos dones que se generan en el lugar donde habitan las estrellas. Gozó del fervor de su pueblo, de la más arrebatada adoración. Para muchos, ha llegado a ser un dios. Instaló la poesía donde antes sólo había patadones, brusquedades o viriles y atormentados enfrentamientos. Sus cortas y regordetas piernas se movían con la ligereza del más grácil bailarín, con la delicadeza del gimnasta más certero.
Maradona, al igual que Moisés, también subió a la montaña; a la más alta, a la más codiciada de todas. Subió a la montaña del éxito, adonde sólo se aúpan los dioses o los hijos de los dioses.

Aquel pequeño “Pelusa”, impulsado por un sistema motórico excepcional, por un instinto indefinible de la anticipación que le permitía ganar esas milésimas de segundo tan decisivas para sobrepasar a los adversarios, llegó a lo más alto, a su propio y particular Monte Sinaí. “A mí me subieron a la cima de la montaña y no me dijeron qué tenía que hacer allí arriba”, ha dicho en numerosas ocasiones el mejor futbolista de todos los tiempos.
Moisés bajó a la llanura portando la palabra de Dios. Pero el pequeño “Pelusa” se quedó en todo lo alto, absorto en el brillo de las estrellas o tal vez creyéndose una de ellas.

De la más humilde cuna, arrebatado por el viento que mueven los dioses, fue llevado en volandas hasta el lugar que sólo ocupan los habitantes del Olimpo. ¿Qué hacer allí? ¿Por dónde buscar el gol o la floritura en el azulado césped de los cielos?

Tal vez en aquella terrible soledad fue cuando la droga lo ganó para su causa. Su ex esposa Claudia no acierta a señalar el momento preciso. En la misma entrevista de Tele 5 se decanta por situarlo cuando deja el F.C. Barcelona y se integra en el Nápoles.

En Italia, la fama de Diego Armando sube a cotas casi sobrehumanas. La montaña en la que se había instalado el futbolista se perdía en las profundidades del cielo.

Allí, todo era vaporoso como las nubes que merodeaban por los alrededores. Los pies ya no se asentaban sobre un suelo firme.

Y el héroe cayó de bruces y se despeñó estrepitosamente.

Moisés había bajado del Monte Sinaí con el cuerpo y el espíritu enteros. Maradona, en cambio, cuando ganó la llanura en su rodar era un muñeco roto, sin sombra de aquel destello divino que lo había envuelto en sus tardes de gloria.

Ésa es, tal vez, la razón por la que su médico afirma: “Diego ya aceptó que estuvo a punto de morir; pero no lo veo feliz, más bien diría que está triste y melancólico.”

Maradona, el “Pelusa”, estuvo allá arriba y ahora su casa es un psiquiátrico.

El Olimpo, transformado en reclusión. ¿Qué ser, humano o divino, podría alejar de sí la tristeza o la melancolía?

 

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  1. Cheri

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