Diego Rivera: Biografía

 

- Diego Rivera: Biografía

Conocido fundamentalmente por sus murales en los quería condensar el gran pasado mexicano con un futuro políticamente comprometido.

Nace en 1886 en la ciudad minera de Guanajuato, era hijo de un maestro y fue gemelo de un niño que muere a los dos años.

Al nacer, México estaba gobernado por el dictador Porfirio Díaz, que favorecía a la clase alta.

Su familia se traslada a Ciudad de México en 1892, estudiando durante siete años en la Academia de San Carlos.

En 1906 el gobierno le concedió una beca de viaje a Europa, lo que le permitió recalar en España practicando con Chicharro un costumbrismo ya anticuado; y luego en París, contactando con Impresionistas, Postimpresionistas y las primeras vanguardias, especialmente con el Cubismo.

Durante este periodo de “contaminación” hizo una visita a México, en 1910, justo antes de la devastadora revolución que devoraría su país.

Obras y exposiciones de Diego Rivera

En París expone en el Societé des Artistes Independants en 1812, y un año después, en el Salón d’Automne.

Es esta una etapa de lienzos de pequeño formato inmersos especialmente en el movimiento cubista, su única aventura vanguardista.

En 1818, Rivera sigue en París, ya plenamente inmerso en los ambientes de vanguardia, y moviéndose en las líneas estéticas que en Europa se habían producido tras la Primera Guerra Mundial, caracterizadas por un gusto clásico inspirado en Cézanne, y dejando atrás al cubismo.

En este momento conoce a Siqueiros, que lo encauza al marxismo y le infunde la llama de la Revolución Mexicana.

En 1920, el embajador mexicano en Francia, Alberto J. Pani, lo anima a que viaje a Italia, donde estudió a Giotto, Ucello, Piero della Francesca, Mantenga y Miguel Ángel algo que fue de capital importancia.

Pani y José Vasconcelos, entonces rector de la Universidad de México, animan a Rivera a regresar a su tierra.

Pero no fue hasta 1921 cuando decide regresar, al convertirse Vasconcelos en secretario de Educación Pública en el nuevo gobierno de Álvaro Obregón, que puso fin a la desastrosa guerra civil del país centroamericano.

Los murales de Rivera

Vasconcelos lo incluye de inmediato en el programa gubernamental de murales siguiendo las ideas prerrevolucionarias del Dr. Atl. Será este ministro quién viaje con Rivera a Chichén-Itza, en Yucatán, cuyos muros contaban con pinturas prehispánicas que influyen sobremanera en el quehacer de su arte.

Su primera gran obra mural es “La Creación” de 1922, en el Anfiteatro Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria, que no es tan avanzada como la obra desarrollada en el París cubista, sino una versión del posterior Art Déco, algo que enlaza con el mencionado estilo clásico y con la función educadora de los murales, que debía hacerlos especialmente legibles ante el analfabeto pueblo.

Realizada en encáustica, en ella ya se puede intuir su estilo, dominado por una perspectiva renacentista, con personajes superpuestos en estratos que abarrotan la composición, aunque aun no esté presente su gran sentido narrativo.

Posteriormente, desarrolla un estilo dominado por la flora y fauna del país, en relación con Gauguin, el Aduanero Rousseau y el arte precolombino. Si a esto sumamos una perspectiva renacentista, tenemos los murales para el patio este de la Secretaría de Educación Pública de Ciudad de México en 1923, acabados cuatro años después.

Se trata de 117 paneles al fresco que cubren casi 1600 metros cuadrados de pared, este trabajo titánico lo consagró como el líder de la nueva escuela mexicana, básica para la creación de una identidad del país.

Recrea en una escalinata el paisaje de México, comenzando con vegetación tropical a nivel del mar y culminando con los volcanes, reflejando también la vida cotidiana del trabajador.

Quizá su mejor obra sean los frescos de la Escuela Nacional de Agricultura en Chapingo (1923-1927), evocando relieves, con figuras desnudas que representan a las fuerzas de la naturaleza: la tierra, el agua, el fuego y los vientos que crean la vida.

Su aireada carrera política le reportó problemas para su carrera artística.

Comunista confeso, tuvo numerosos choques con el Partido Comunista de México y con los comunistas de la Unión Soviética.

Renunció al partido en 1925, fue readmitido en 1926, y en 1927 realiza una visita oficial a Rusia, de la que fue escandalosamente expulsado por el gobierno, no acabando aquí sus desaires.

A pesar de ello, el año de su regreso de Moscú, introduce en los murales del segundo piso del Ministerio de Educación, la estrella roja, la hoz y el martillo de la iconografía comunista.

Entre 1929 y 1951, con idéntica orientación política, cubre los muros del Palacio Nacional de México, en cuyas abigarradas composiciones de gente, destaca el rostro de Carlos Marx.

Irónicamente, aunque este posicionamiento político obligaba una radical oposición a Estados Unidos, no fue siempre así, siendo varias veces patrocinado por los capitalistas americanos.

Una hermosa serie de murales, en la galería del Palacio de Cortés en Cuernavaca, fue encargada en 1929 por el embajador estadounidense en México, Dwigth D. Morrow.

También realizará en los Estados Unidos, donde será muy admirado, murales para la Bolsa de San Francisco, para el Institute of Arts de Detroit y para el Rockefeller Center de Nueva York , en el que dominaba el color rojo, con el rostro de Lenin en su centro, algo que disgustó al magnate, pagándole y destruyéndolo a medio acabar, después de que Rivera se negara a quitar el retrato de Lenin.

Este escándalo le dio aún más fama y dejó su influencia sobre pintores regionalistas estadounidenses.

En 1931 el MoMA de Nueva York le dedicará una exposición retrospectiva, la segunda de la historia del museo tras la celebrada sobre Matisse.

Diego Rivera y Frida Kahlo

En 1929 se casa con la controvertida pintora mexicana Frida Kahlo, con la que vive una tortuosa relación.

Entre 1934 y 1935 realiza los frescos del Instituto Nacional de Cardiología, y el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” (1947-1948), que se encontraba en el derruido Hotel del Prado, lográndose salvar.

Su obra mexicana está más cerca de los frescos italianos y del esquema narrativo que Annibale Carracci desarrolla en la Galería Farnese de Roma, que de Picasso y Matisse.

Y es que la intención de Rivera era la de hablar directamente al pueblo mexicano, y para lograr esto tiene que abandonar la vanguardia, al menos en términos formales.

Sobretodo tuvo que someterse a la narración, algo que los vanguardistas rechazaron de pleno.

Fue por lo tanto un pintor académico, con un mensaje bien perfilado en el que lo malo son los españoles esclavizadores y lo bueno los indios humillados.

Él bien podría haber dicho aquello de “todo por la patria”.

Morirá en México en 1957, durante los años precedentes se había interesado por mosaicos de piedras naturales, como se puede ver en el Teatro de los Insurgentes.

Ello indica su actividad incombustible y su deseo de descubrir nuevas técnicas.

Por otro lado no podemos olvidar su faceta como pintor de caballete en la que predomina el dibujo, el color y los temas folclóricos de su país como se ve en “Vendedora de flores” (1949), ofreciendo originales y arriesgadas perspectivas, aprendidas sin duda en su peregrinaje europeo.

Sin duda el verdadero caballo de batalla de Diego Rivera fue el nacionalismo entendido como reivindicación y autonomía política, como agitación popular e investigación de las raíces.

Todo lo donó a México, quizá porque todo fue por y para México.

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