El arca de la alianza: El oráculo de Dios

 

Se busca un cofre de madera de acacia negra, de 79 centímetros de alto y 131 centímetros de largo. Está revestido de oro y… dicen que tiene el poder de hacer milagros.

Y habló el Señor a Moisés, diciendo: “Formad un arca de madera de setim que tenga de longitud dos codos y medios, codo y medio de anchura y de altura otro codo y medio.

Y la cubriréis por dentro y por fuera con planchas de oro purísimo, y encima labrarás una cornisa de oro a su alrededor; y cuatro anillos de oro que pondrás en los cuatro ángulos del Arca, dos a un lado y dos en otro.

Harás también unas varas de madera de setim y las cubrirás también con láminas de oro y las meterás por los anillos de oro que están en los lados del Arca. […].

Harás también el propiciatorio de oro purísimo: dos codos y medio tendrá de longitud, y de latitud codo y medio. Harás asimismo dos querubines de oro macizo labrados a martillo, y los pondrás en las dos extremidades del oráculo o propiciatorio.

Y pondrás en el Arca las Tablas de la Ley, que Yo te daré. Desde allí te intimaré Yo mis órdenes, desde encima del propiciatorio, y desde en medio de los dos querubines puestos sobre el Arca del Testamento, te diré cuantas cosas hubiere de ordenar por tu medio a los hijos de Israel”.

Así narra la Biblia, en el capítulo XXV del Éxodo, el punto de partida de la que, posiblemente, sea la reliquia más buscada de todos los tiempos.

¿A quién representa la arca de la alianza?

Según la tradición judeocristiana, el Arca de la Alianza contiene las tablas de la Ley (los diez Mandamientos), un vaso de Maná y la vara del sumo sacerdote Aarón. El transporte y cuidado del Arca estaba reservado a los levitas de la familia de Caath.

El Antiguo Testamento recoge decenas de ejemplos sobre los poderes del Arca de la Alianza. A través de ella, Dios dictaba sus designios e impartía justicia.

El Creador se manifestaba a través de una espesa nube de humo, según narra el Éxodo: “Y siempre y cuando la nube se retiraba del Tabernáculo, marchaban los hijos de Israel por escuadrones.

Si la nube se quedaba encima parada, hacían alto en aquel mismo sitio.

Porque la nube del Señor de día cubría el Tabernáculo, y por la noche aparecía allí una llama, a vista de todo el pueblo de Israel, en todas sus estancias” (Capítulo LX del Éxodo).

Gracias al Arca de la Alianza el pueblo israelita, a cuya cabeza se situaba el sucesor de Moisés, Josué, pudo atravesar las aguas del Jordán.

Así lo cuenta el Capítulo III del Libro de Josué: “El arca del Testamento del Señor de toda la tierra irá delante de vosotros por medio del Jordán para abriros el paso. […] Salió, pues, el pueblo de sus tiendas para pasar el Jordán: y los sacerdotes que llevaban el Testamento marchaban delante de él. Y luego éstos entraron en el Jordán, y comenzaron sus pies a mojarse en parte del agua las aguas que venían de arriba se separaron en un mismo lugar, y elevándose a manera de un monte, se descubrían a lo lejos desde la ciudad llamada Adom hasta el lugar de Sartán […]

Y todo el pueblo iba pasando por el álveo del río, que había quedado seco”.

El Arca de la Alianza permitió a los israelitas conquistar la ciudad de Jericó, a la que asediaron durante siete días en un desfile de fuerza en cuya primera fila se situaba el Arca (Capítulo VI Libro de Josué).

Uno de los episodios más prodigiosos que se narran en la Biblia sobre el Arca de la Alianza es su accidentado “secuestro” por parte de los filisteos.

Un secuestro que sólo duró siete meses y que trajo funestas consecuencias para los captores: la muerte se cebó con ellos.

Y no sólo la muerte, sino otra dolencia francamente molesta: las hemorroides. Sí, estimado lector, hemorroides.

Si no me cree, diríjase al Capítulo V del Libro de Samuel, en el Antiguo Testamento. Dice así: “Y conforme la iban así conduciendo de ciudad en ciudad, El Señor descargaba su mano sobre ellas, causando una mortandad grandísima; y hería a los moradores de cada pueblo desde el menor hasta el mayor; de modo que sus hemorroides, hinchadas y caídas, se corrompían, por lo que los meteos, discurriendo entre sí, se hicieron unos asientos de pieles”.

Ante este estremecedor relato, es lógico que los captores no aguantaran ni un año (ni siquiera con asientos de pieles) antes de devolver el Arca de la Alianza a sus legítimos propietarios. Otro de los poderes que se atribuyen a la reliquia son sus propiedades magnéticas.

En 1948, el escritor Maurice Denis-Papin la describió en una de sus obras como “una especie de cofre eléctrico capaz de producir poderosas descargas, del orden de los 500 a 700 voltios”. Fue Robert Charroux quien, en el libro “Cien mil años de historia desconocida” (1963), la definió como “un condensador eléctrico”.

Estos poderes electromagnéticos explicarían la misteriosa muerte de uno de los portadores del Arca, relatada en el libro de Samuel, Capítulo VI: “mas así que llegaron a la era de Nacón, extendió Oza la mano hacia el arca de Dios y la sostuvo, porque los bueyes cojeaban y la habían hecho inclinar. Y el Señor indignado en gran manera contra Oza, castigóle por su temeridad y quedó allí muerto, junto al Arca de Dios.

El Arca del Testimonio acompañó al pueblo de los hebreos durante cientos de años, hasta la caída de Jerusalén en el 586 a.C. A partir de entonces, el Arca desapareció.

Pudo ser destruida por la codicia humana, pero la esperanza de que fuese rescatada y escondida en un lugar seguro ha sido el pilar fundamental de una búsqueda que no se detiene a pesar del paso de los siglos.

¿Dónde se encuentra la ambiciada reliquia?

Existen muchas teorías sobre su paradero, y lo cierto es que los anuncios de su supuesto descubrimiento son constantes. Existen miles de réplicas falsas del Arca en el mundo.

Una de las teorías ubica el arca original en Jordania, basándose en el Capítulo II del Libro II de los Macabeos, donde se narra cómo Jeremías ocultó el Arca en una cueva del monte “al que subió Moisés para contemplar la heredad del Señor”.

Dicho monte es el antiguo monte Nebó (hoy llamado Jaban an-Naba), situado a cincuenta kilómetros de Jerusalén, en territorio jordano. A comienzos del siglo XIX, un tal Anthony F. Futterer buscó el Arca allí, y, según se dice, antes de morir dejó indicaciones del lugar exacto de su paradero.

Estas instrucciones permitieron que en 1981 el arqueólogo estadounidense Tom Crotser declarara haberla encontrado y que incluso aportara una fotografía.

Según este arqueólogo, sus dimensiones eran de 155 cm de largo por 93,5 centímetros de ancho y otros 92,5 de alto.

Crotser declaró no haber visto los querubines alados, pero sí los palos usados para transportar el arca y los anillos de oro de sus laterales. Aunque la noticia dio la vuelta al mundo, las autoridades jordanas no se interesaron por el supuesto descubrimiento.

La fotografía del “arca” de Crotser mostraba un cofre constituido por clavos y tiras metálicas, demasiado moderno para la época de Moisés.

Pero la teoría más extendida y documentada sobre el paradero del Arca de la Alianza es la del periodista británico Graham Hancock, que considera que el arca original se encuentra en Etiopía.

Su hipótesis se basa en relatos pertenecientes a la iglesia cristiana copta en Etiopía, que indican que el Arca de la Alianza fue trasladada en secreto hace más de 1000 años.

Durante ocho siglos habría permanecido en un templo en la isla de Elefantina, luego habría sido trasladada a Axum e instalada de forma definitiva en la Iglesia de Nuestra Señora de Sión, donde se dice que es custodiada por un sacerdote descendiente de los antiguos levitas, portadores del Arca en tiempos de Moisés.

Curiosamente, en Etiopía el Arca es el objeto central del culto cristiano y cada uno de sus templos de contiene un réplica exacta de la reliquia.

No existen pruebas concluyentes que permitan afirmar que el Arca de la Alianza se encuentre en uno u otro lugar, incluso hay quienes dicen que el Arca está oculta en el mismo Vaticano, donde llegó como regalo de Mussolini.

Quizá la Biblia tenga la clave del misterio del Arca desaparecida: “Este lugar permanecerá ignorado hasta que Dios congregue otra vez a todo el pueblo, y use con él de misericordia.

Y entonces el Señor manifestará estas cosas, y aparecerá de nuevo la majestad del Señor” (Capítulo II, Libro II de los Macabeos).

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