El Cónclave: Una férrea lucha por el poder

 

conclaveCuando muere un Papa, las ambiciones se desatan.

Quienes intrigan por conseguir el poder desempolvan sus más dulces y persuasivas máscaras.

Ha llegado la hora de los príncipes. El sucesor, acecha.

Ser obispo de Roma confiere el don de constituirse en cabeza de la Iglesia Católica.

Ante este obispo se inclinan príncipes y reyes, emperadores y jefes de los estados más poderosos del orbe.

El obispo de Roma enlaza directamente con la figura de Pedro, aquel apóstol sobre el que edificó su Iglesia el Hijo de Dios.

Ser obispo de Roma es ser el Papa.

El Papa sólo posee una pequeña extensión de tierra sobre la que reinar: apenas medio kilómetro cuadrado forma la Ciudad del Vaticano.

La influencia económica o geopolítica de este Estado es en la práctica inexistente.

Militarmente produce hilaridad: carece de ejército y únicamente cien jóvenes disfrazados con vestimentas trasnochadas guardan puertas y vestíbulos, y se pavonean de un lado a otro, aplicándose el pomposo nombre de Guardia Suiza.

Cualquiera podría pensar que un arzobispo de una ciudad importante goza de mejor estatus que este obispo recluido en tan exiguo territorio.

Pero el Obispo de Roma es el Papa, ya lo hemos dicho. Y ser el Papa significa ser el corazón de la Iglesia, el líder para más de mil millones de personas distribuidas por todas las partes del mundo.

Cuando el Papa habla, esta amplísima grey vuelve su cabeza y su pensamiento hacia Roma. No hay trueno que pueda distraerla, ni luz que pueda cegarla ni razón que pueda doblegarla.

Ningún político, ningún héroe de nuestros tiempos puede concitar tanta devoción ni tanta sumisa obediencia.

Ese líder que sólo contempla como propio un Estado de medio kilómetro cuadrado, en realidad proyecta su sombra, su poder y su gloria por lugares intransitados por el resto de los mortales.

Eso es ser el Papa, y esa es la causa por la que, en alguna época histórica, se ha intrigado, difamado, odiado e incluso guerreado, por conseguir el báculo de San Pedro.

Siendo un cargo tan importante y que encierra tanta responsabilidad, lógicamente debería de recaer sobre una personalidad que concitase el apoyo de esa inmensa base social que constituye la Iglesia.

¿Es así como ocurre realmente? ¿Hay una participación masiva de los fieles en la elección de su más prominente pastor?

Cómo se desarrolla el proceso de elección del Papa

como se determina la eleccion del papa

La muerte del Papa, Juan Pablo II, volvió a colocar en el candelero toda la liturgia que se dispara para designar a un sucesor.

Desde el año 1216, con la elección de Honorio III, se celebran los denominados Cónclaves para señalar a quien ha de ocupar el sitial de la Ciudad del Vaticano.

Hasta aquí llegan prelados con birrete cardenalicio, cuando el cuerpo del anterior Papa aún yace sobre un ataúd destapado.

Ha sonado la campana de la congregación; se han desplegado las líneas que convergen en un punto, se han limpiado los caminos que confluyen en Roma.

¿Quienes participan en la elección del Papa?

quien participa en la elección del papa

En esta última ocasión han sido más de cien clérigos quienes han cruzado mares, han atravesado cielos y se han deslizado por carreteras, prestos a dotarle a la Iglesia de una nueva cabeza, de un nuevo corazón que se ponga a latir cuanto antes con el fin de que esa vocación de eternidad que alberga quede asegurada.

Esos cardenales, auténticos príncipes de la institución a la cual sirven, son los únicos que van a tener voz y voto.

Saben que, además, el futuro Papa será uno de ellos.

Podría ser cualquiera de los fieles, cualquiera de esos mil millones de devotos católicos. No hay norma eclesiástica, no hay indicación divina o humana que lo prohiba.

Pero todos esos sesudos, doctos y honorables cardenales de la Iglesia saben que esas eran palabras destinadas a circular en otras épocas históricas, cuando presiones políticas, intereses económicos o veleidades de la más insospechada naturaleza, se imponían a los motivos religiosos, arrumbando la fe y la espiritualidad como cosas inútiles y molestas.

El recuerdo de Alejandro VI prometiendo riquezas sin fin a los prelados que lo elevaran al máximo sitial de Roma en el año 1492 merodea aún por las esquinas, por los pasillos, por las salas de altísimos techos del Vaticano.

Los cardenales que se cruzan con la sombra de este indigno Papa, bajan sus ojos al suelo y aceleran el paso.

Atrás quedaron estos tiempos. El hermetismo y la falta de información es el mejor método que ha encontrado la Iglesia para que la figura del Papa salga incólume de un proceso que genera rivalidades, enfrentamientos y soterradas políticas al servicio de ambiciosas carreras personales.

El Colegio cardenalicio se halla tan dividido como puedan estarlo dos o tres o muchos más partidos políticos.

Existe el bando de los ortodoxos a ultranza que consideran un gran sacrilegio la más ligera desviación del pensamiento tradicional de la Iglesia.

También está el sector moderado que se esfuerza por mantenerse agarrado al presente y contempla sin irritación la acomodación de la doctrina a ciertos aspectos que la modernidad reclama.

Y por último, se alinean los cardenales que mantienen en sus diócesis y en sus comportamientos no sólo religiosos sino también éticos, un compromiso con la justicia social y el reparto más homogéneo y humanitario de los bienes existentes en el planeta.

Hace ochocientos años, las diferencias de los componentes de un Cónclave se dirimían a golpes o incluso con la espada.

Hoy en día, los grupos opuestos se organizan, acuerdan compromisos, mantienen pulsos que inclinen la balanza de las decisiones hacia su lado; incluso pueden llegar a la intriga y a la difamación.

Todo entra en el juego de una sucesión, de un relevo papal.

Pero todo ha de quedar en secreto, oculto, muerto entre las paredes de la Capilla Sixtina donde tanta espiritualidad y arte depositó el genial Miguel Ángel.

Atrapada por la mano de Dios que se extiende en busca de la de su Hijo queda toda disputa, bloqueada toda desavenencia.

Sólo el cielo puede ser testigo de la división que corroe al orbe cristiano.

La fumata negra con los intentos fallidos por elegir sucesor no enturbian el candor de los fieles que posan su mirada sobre el cielo romano.

Ellos esperan el humo blanco; y esa espera refuerza su creencia en la unidad del catolicismo.

Los fieles se sienten un solo cuerpo con aquellos que, encerrados a cal y canto, pugnan por hacer prevalecer sus puntos de vista, escribiendo obstinadamente una vez y otra el nombre de su candidato preferido sobre un rectángulo de papel.

Finalmente las posturas radicales se quiebran.

Los votos se suelen polarizar en dos candidatos o en tres que ostentan el título de favoritos.

Cuando han pasado dos días, el cansancio enturbia las mentes.

Los cardenales, en su gran mayoría ancianos y de frágil resistencia, comienzan a soñar en sus hogares, en esas pequeñas cosas que gratifican y convierten la vida en algo agradable y placentero. Algunos prelados se desflecan del bando en el que se habían alineado.

Relativizan; transigen en aras de una pronta elección. La polarización se acentúa.

Es el momento en que la moneda lanzada al aire puede dar un ganador.

También es verdad que surge la posibilidad de propuestas nuevas, candidatos sobre los que hay que preguntar de dónde son o cómo se escriben sus nombres.

Karol Jósef Wojtyla, Juan Pablo II, emergió casi desde el anonimato -¡arzobispo de Cracovia! – como único remedio para esquivar un callejón sin salida provocado por otros candidatos que no alcanzaban los 2/3 de las adhesiones.

Cómo se hace el cónclave

como se hace el conclave

Todas estas vicisitudes se ignoran en el mundo exterior.

Los enfrentamientos ocurren tras unas puertas que no se pueden franquear; entre unos interlocutores que no pueden hablar bajo pena de excomunión.

El mundo de la fe deposita toda su confianza en un puñado de ancianos (el más joven ronda los 60 años) y acepta sumisamente su papel, consistente en rezar para que el Espíritu Santo ilumine e inspire al reducidísimo grupo de votantes.

Estos fieles ni siquiera tendrán el consuelo de oír a posteriori las explicaciones del Pastor de su diócesis en torno a las sesiones del Cónclave, porque el tal Pastor, bajo solemne juramento, se hallará impedido de revelar el más mínimo detalle de cuanto sucedió en aquella asamblea de hombres vestidos de rojo, reunidos en una capilla que por su belleza bien podría ser la antesala del cielo.

Sólo un humo blanco, un sucinto anuncio -Habemus Papam – y el redoble enfebrecido de todas las campanas católicas, bastarán notarialmente para que los fieles den su más rendido placer ante una oscura elección que no resistiría el más leve enjuiciamiento democrático.