Época napoleónica: Napoleón y su sueño español

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La incorporación de España en el plan dominador napoleónico no se debió a una mera casualidad sino todo lo contrario; cada una de las conquistas llevadas a cabo por tropas napoleónicas sobre el mapa europeo respondía a un plan imperialista urdido hasta el más mínimo detalle.

A finales del siglo XVIII, la Península Ibérica estaba bajo el reinado de Carlos IV quien se felicitaba por haber firmado una de las paces mas deseadas con el país vecino: Francia.

Por entonces, en tierras españolas se presumía de estar pasando una de las épocas más florecientes de los últimos años ya que destacaba una fuerte actividad lanera peninsular, la envidia de aquellos pañeros franceses ansiosos de que los ganaderos españoles le suministrasen toda su producción de lana merina o sus agricultores las variedades de algodón que necesitaban y una no menos boyante economía colonial.

Esta atractiva razón, junto al empuje imperialista que iba tomando el gobierno francés en el concierto del Mediterráneo, no parece ser un importante obstáculo; es más, se llega a erigir como las causas más convincentes y determinantes en el estudio del cese de la tregua francesa sobre fronteras españolas.

Entre los estudiosos mas apasionados se alza una voz que habla de otra causa de peso y es que no debemos olvidar que el triste desenlace con el que concluyó la batalla de Trafalgar (en donde la flota española-francesa cayó irremediablemente) no hizo más que minar la alianza francesa mantenida con una Armada española derrotada y carente de barcos.

Se puede decir que, a partir de entonces, Napoleón empezó a considerar a España como una pieza esencial para el dominio del Mediterráneo; es por ello por lo que tarde o temprano pasaría a ser objeto de ocupación.

El viento soplaba a favor de los franceses ya que, junto al poderío militar, el estratega llegó a contar con la ayuda de un gobierno español casi en quiebra debido a las tan conocidas disputas reales mantenidas en esta época entre Carlos IV y su hijo, el futuro Fernando VII (centenares de motines entre los bandos políticos creados se sucedían y hacían peligrar la institución, véase el caso del Motín de Aranjuez, Marzo 1808).

La campaña dirigida sobre territorio español no sería tan fácil como en un principio ya que desde el pueblo más llano surgió un fuerte clamor popular anti-francés que dio más de un quebradero de cabeza a los soldados francos; pero, a pesar de ello, los franceses contaban con importantes bazas que le darían la victoria.

Nos estamos refiriendo a la significativa ayuda que proporcionó la colaboración de un político español deshonesto (más conocido como Godoy), quien consiguió la entrada de las tropas francesas en la península sin levantar sospechas tras la firma del tratado de Fontainebleau en el que se hacía patente la oportunidad de emplear las rutas españolas bajo la excusa de eliminar a un molesto aliado de Inglaterra y consolidar la grandeza de una España, un mero disfraz de las verdaderas intenciones napoleónicas.

La traición y la crisis monárquica precipitaron los acontecimientos y en unos meses el rey Fernando VII renunciaba a la Corona en favor de su padre sin saber que éste había ya cedido sus derechos al propio emperador.

Napoleón quedaba dueño de los destinos de España y era libre para establecer un sistema que le permitiese mantener el control sobre aquel país.

Tal situación no hizo más que favorecer los planes napoleónicos con respecto a España llegando a pasar de un simple plan de intervención a un plan más elaborado donde se contemplaba, además, la ocupación e incluso la mismísima sustitución de la Monarquía de los Borbones por otra encabezada por un miembro de su propia familia (su hermano José, rey de Nápoles).

Es en este momento cuando el pueblo español se muestra más en desacuerdo y no duda en alzarse en armas contra este nuevo régimen afrancesado tras sentirse traicionado un 2 de mayo del año 1808.

Fue, entonces, cuando el pueblo de Madrid origina una guerra de resistencia que se extendería por toda la península logrando importantes resultados en los meses de verano para el bando español en ciudades como Bailén, Zaragoza, Valencia y en Cataluña.

Fueron tan importantes dichas derrotas ante los ojos de Napoleón que, él mismo, decidió ocuparse de las operaciones haciéndose acompañar de un efectivo de unos 300.000 soldados y de los mejores mariscales del Imperio (Soult, Víctor, Ney, Morder y Lefèbvre).

Tras una dura batalla el norte de España parecía estar controlado y nada auguraba tropiezo alguno en la invasión del sur; las malas noticias que provenían de París sobre los preparativos bélicos de Austria y sobre algunas intrigas cortesanas apartaron a Napoleón del frente español haciéndole regresar a tierras vecinas un 4 de enero de 1809 no sin antes delegar su mando en uno de sus mejores mariscales.

La intranquilidad y desasosiego que caracterizaron una nueva forma de batallar puesta en marcha en el frente español, la guerrilla (comandada por gente llana Juan Martín El Empecinado, Espoz y Mina, el Cura Merino), resultó ser vital en el desenlace de la guerra.

Al sur, aún quedaba un último frente de resistencia, la ciudad de Cádiz, que aunque sitiada, aguantó impertérrita el avance galo.

Además, los ingleses aprovecharon este debilitamiento y no dudaron en hacer frente a los emplazamientos más extenuados.

En 1812, Napoleón se vio obligado a sacar más tropas de España para formar la Grande Armée que había de arrancar la campaña sobre Rusia; poco a poco se fue haciendo patente la disminución de la presencia militar francesa hasta desaparecer definitivamente.

Así terminaban seis años de guerra en España y el sueño español de uno de los militares más grandes de la Historia.