Especies amenazadas: Comercio Internacional de especies

El tráfico ilegal de especies es un negocio de proporciones gigantescas, comparables a las del tráfico de drogas o de armas.

Millones y millones de organismos son desplazados de sus zonas de origen (normalmente regiones tropicales del tercer mundo) hasta los países desarrollados (sobre todo EE.UU. , Japón y la Unión Europea).

Este contrabando, en el que España juega un papel muy destacado al constituirse en vía de entrada hacia la Unión Europea, está penalizado por leyes internacionales como el convenio CITES, que regula las especies que pueden ser comercializadas e impone cupos de capturas que no pueden ser superados.

Pero su aplicación es muy difícil y además los estados destinan pocos medios a su control, ya que suelen tener otras prioridades.

Poco se puede hacer ante la vanidad de los poderosos que desean conseguir maderas de lujo (aunque para obtener un solo tronco haya que deforestar amplias zonas), especies raras de mariposas u orquídeas (las especies más raras son precisamente las más perseguidas), marfil y órganos de animales con supuestos poderes afrodisíacos.

Pero también la gente con valor adquisitivo medio tenemos nuestra parte de culpa ante la excesiva explotación de los ecosistemas: cada año se extraen millones de peces tropicales para acuarios, de reptiles para servir de mascotas (que muchas veces son abandonadas cuando se comprueba que causan problemas) o de conchas de moluscos y corales que se venden en las tiendas de las playas como recuerdos de Torremolinos o Benidorm (y que proceden siempre de Filipinas).

Las consecuencias de este comercio son muy graves: aparte de la disminución de las poblaciones de especies vulnerables, hay que sumar las alteraciones del hábitat provocadas para capturar o extraer los ejemplares, la propagación de enfermedades a zonas que estaban libres de ellas, la introducción accidental de especies en hábitats nuevos, donde pueden desplazar a las especies autóctonas, etc.

Se calcula que unas 700 especies están prácticamente extinguidas debido al comercio ilegal.

Después de la pérdida de hábitats producida por las actividades humanas, ésta es la principal amenaza que se cierne sobre la biodiversidad a nivel global.

Las condiciones de transporte y manipulación de los animales suelen ser deplorables, debido en gran parte a la clandestinidad de la práctica: muchos animales son escondidos en dobles fondos de equipajes o mezclados con otras mercancías, y a muchos se les droga para que sus movimientos o sus gritos no los delaten.

Se calcula que 3 de cada cuatro animales no llega nunca al país de destino.

Muchos tampoco reciben aquí los cuidados adecuados, por falta de conocimientos o porque las condiciones ambientales son muy distintas a las de sus países de origen.

La asimetría entre países ricos y pobres se pone de manifiesto en el sentido de este comercio (aunque muchas especies de los países desarrollados también están amenazadas por él, pensemos por ejemplo en nuestros camaleones o tortugas moras).

Poco se puede reprochar a los países pobres que exploten sus recursos naturales para salir de la pobreza, pero ésta es una vía sin salida y que va a agotar sus posibilidades de desarrollo a largo plazo.

Cuando su biodiversidad se vea reducida y sus ecosistemas se degraden, no hay marcha atrás, y no les quedarán alternativas.

La responsabilidad está sobre todo en los países ricos, que son los que pueden establecer mecanismos de control y facilitar alternativas de desarrollo a los países del Tercer Mundo.

Está claro que estos países cuentan con su medio natural como su principal riqueza, pero hay que cambiar el actual modelo de explotación y expolio, por el de uso sostenible.

Algunas de estas alternativas son el ecoturismo (estrictamente regulado para que no cause alteraciones graves en los ecosistemas); el comercio con productos certificados, que deberán justificar que se han obtenido sin causar daños en los ecosistemas; la diversificación de los productos naturales que se demandan para reducir la presión sobre los más vulnerables, etc.

Está claro que si la gente de los países del Tercer Mundo deja de ver a los animales salvajes como competidores por los recursos y pasa a verlos como una fuente de riqueza, los valorará más y estará más comprometida en su conservación.

Las medidas estrictamente prohibicionistas no han dado por ello buenos resultados.

Aunque resulte algo paradójico, debemos potenciar la explotación de los recursos naturales, siempre que se realice con control y sin poner en peligro la supervivencia de las especies.

Un buen ejemplo de esta política puede ser el de Papúa – Nueva Guinea, uno de los principales proveedores de mariposas de colección.

Conscientes de que las mariposas son una de sus principales riquezas, las autoridades han velado porque las capturas excesivas no acaben con algunas de las especies más demandadas, como la enorme mariposa de alas de pájaro, controlando severamente su comercio.

Además, han adoptado una serie de medidas que protegen esta fuente de riqueza y benefician también de forma global al medio ambiente: se crearon parques donde se criaban grandes cantidades de lepidópteros y se plantaron especies especialmente ricas en néctar o apetecibles para las orugas.

Pero lo más importante fue la mentalización de la gente, que pasó de valorar a las selvas sólo como proveedoras de leña para los hogares a percibirlas como lugares donde vivían las mariposas que estaban reportando grandes ingresos.

También en los países del Primer Mundo deberíamos cambiar nuestra concepción del uso de las especies silvestres.

En lugar de pagar por poseer los animales salvajes más raros, deberíamos pagar por una serie de pequeñas cosas que antes no valorábamos: por ver documentales de naturaleza, por hacer ecoturismo, por saborear una especie exótica de la cocina africana que no conocíamos pero que es muy frecuente en sus países de origen, por objetos de artesanía hechos con productos naturales que iban a ser desechados de otra forma, etc.

Se trata, en definitiva, de disfrutar de un modo más responsable y a pesar de ello, más intenso, de las inmensas posibilidades que nos ofrece la naturaleza.