Estigmas: Las llagas de Cristo

 

Sólo unos pocos elegidos pueden experimentar en su propia piel el sacrificio que Jesucristo hizo por la humanidad…

En 1182 nació en Asís el primer estigmatizado de la historia: Giovanni Francesco Bernardone, conocido universalmente bajo el nombre de Francisco de Asís.

Hijo de un acaudalado comerciante de telas, Giovanni pasó su juventud entregado a los placeres mundanos.

En el año 1202 estalla la guerra entre Asís y Perusa, y el joven no duda en alistarse en las milicias ciudadanas.

En una de las refriegas es tomado prisionero y encerrado en la cárcel de Sopramuro, en Perusa. Allí, en la lóbrega prisión, Giovanni recibió la llamada de Dios.

Tras ser liberado regresó a su ciudad natal, donde comenzó a ser conocido por sus obras de caridad. A partir de ese punto, la historia es conocida por todos.

En 1210 el papa Inocencio III le autorizó a fundar la Primera Orden u Orden de los Hermanos Menores.

Pero no fue hasta dos años antes de la muerte del santo, en 1224, cuando experimentó los estigmas. La transformación tuvo lugar en el Monte Alverno, donde se había retirado a ayunar.

El 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz, Francisco oraba arrodillado ante una imagen de Jesús crucificado cuando tuvo la visión de un ángel.

Tomás Celano, primer biógrafo del santo, narró así el milagro de los estigmas: “La llama de la devoción creció de tal forma en él que, por exceso de su amor y de su compasión, sintióse transformado completamente en Jesús” […] “En sus manos y pies comenzaron a aparecer las señales de clavos tales como acababan de verlas en el hombre crucificado sobre él… y en el costado del santo, del que se habría dicho que había sido herido por un lanzazo, se había formado una llaga que sangraba con frecuencia, hasta el punto de que su túnica y sus calzas se veían a menudo mojadas por aquella sangre sagrada…”.

San Francisco de Asís convivió con el dolor y sus estigmas hasta el día de su muerte, el 3 de octubre de 1226.

A lo largo de la historia se han dado más de 300 casos de religiosos y religiosas estigmatizados, 60 de los cuales han alcanzado la beatificación. Es preciso aclarar que los estigmas místicos no tienen ninguna explicación científica.

Bajo hipnosis pueden aparecer heridas similares, pero de forma pasajera e irregular.

Aparecen sólo en las personas muy devotas que llevan una vida virtuosa, y se localizan en cinco lugares del cuerpo: manos o muñecas, pies, cabeza, espalda y costado.

Su carácter puede ser permanente, periódico o transitorio.

Las heridas de los estigmatizados sangran abundantemente, pero no se infectan, y no emiten olores fétidos.

El dolor físico y espiritual es la clave que permite diferenciarlos de los inflingidos por autosugestión. Asimismo, como heridas de origen sobrenatural, no se curan por ningún tratamiento médico.

Los estigmas del padre Pío de Pieltrecina

El padre Pío de Pieltrecina (1887-1968) representa uno de los casos más espectaculares en el campo de la mística.

En torno a su figura se produjeron fenómenos tan extraordinarios como la bilocación (presencia en varios lugares a la vez), la telepatía o la xenoglosia (capacidad de hablar lenguas antiguas o desconocidas para el hablante).

Pese a esto, el padre Pío tuvo que hacer frente a la incredulidad en su propia casa, en la Iglesia.

La periodista española Carmen Porter denuncia en su libro “Misterios de la Iglesia” (Edaf, 2004) una intrincada conspiración política y eclesiástica que mantuvo al sacerdote diez años encerrado en una celda de su convento de Nuestra Señora de las Gracias, en San Giovanni Rotondo.

Pío de Pieltrecina fue ordenado sacerdote en la catedral de Benevento (Italia) en 1910.

En septiembre de ese mismo año escribió en una de sus cartas: “Ayer por la tarde me ocurrió algo que no se explicar ni comprender.

En medio de la palma de la mano apareció una mancha roja, de un centímetro de diámetro, acompañada de un intensísimo dolor. En la mano izquierda el dolor es mayor, hasta el punto de que todavía sigue atormentándome.

Bajo los pies también siento tal sufrimiento, aunque más amortiguado. Ahora me queman las manos, los pies y el corazón como si un hierro al rojo vivo me los acuchillara”.

Eso que el padre Pío “no supo explicar ni comprender” fueron estigmas invisibles, dolorosas heridas que no se manifiestan de forma externa.

En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, pero el sacerdote se libró de prestar sus servicios a su patria dada su frágil salud.

Se le envió entonces al convento de Nuestra Señora de las Gracias, en San Giovanni Rotondo, donde permanecería hasta su muerte. No fue hasta septiembre de 1918 cuando el sacerdote recibió los estigmas visibles.

Fue el comienzo de su tormento. Aunque siempre llevaba las manos cubiertas con ropa, en una de sus multitudinarias eucaristías una religiosa se cercioró de sus heridas y alertó al prelado del convento. A partir de entonces, el sacerdote tuvo que someterse a una serie de exámenes médicos para evaluar la autenticidad de sus estigmas.

Perdía 100 ml de sangre arterial a diario. Mientras que en la calle el padre Pío era reverenciado como una reliquia viviente, dentro de la Iglesia las cosas no podían ser más distintas.

Según relata Carmen Porter en su citado libro, hubo dos sacerdotes particularmente interesados en desacreditar al capuchino: Príncipe, arcipreste de San Giovanni Rotondo, y monseñor Gagliardi, quien llegó a asegurar que el místico se provocaba las heridas con una botella de ácido nítrico que guardaba celosamente en su celda.

Las acusaciones de fraude surtieron efecto, y la Iglesia promulgó hasta cinco decretos que rechazaban la autenticidad de sus estigmas. Como castigo por su presunta conducta pecaminosa, Pío de Pieltrecina fue condenado a la reclusión y el aislamiento en su celda de San Giovanni Rotondo.

Una década después, y a la vista de los miles de testimonios, documentos e informes médicos que avalaban la autenticidad de las heridas del padre Pío, la Iglesia tuvo que rectificar.

Para entonces, la santidad del sacerdote había pasado de ser una hipótesis a un hecho incuestionable para todos los italianos. Francesco Forgione de Nuncio murió el 22 de septiembre de 1968.

La leyenda cuenta que incluso fue capaz de vaticinar su propia muerte. Fue beatificado en 2 de mayo de 1999, y dos años después Juan Pablo II ordenó su canonización.

Mientras en Italia la fama del padre Pío se extendía, en Alemania vivían otro caso de estigmatización: el de Teresa Neumann. Teresa vino al mundo el 9 de abril de 1898 en el seno de una humilde familia.

A los catorce años tuvo que abandonar los estudios para ponerse a trabajar en una granja.

En marzo de 1918, mientras colaboraba en las tareas de extinción de un incendio en una casa vecina, la joven sufrió una lesión irreversible en la columna vertebral que la dejó inválida.

En los años sucesivos, la campesina sufrió todo tipo de extrañas enfermedades, y, para colmo de males, se quedó ciega. Su calvario cesó el 29 de abril de 1923.

Según relató posteriormente la religiosa, ese día se le apareció la imagen de santa Teresita de Liseux. Teresa recobró la vista y días después empezó a caminar por su propio pie. Ante su sorprendente curación, muchos médicos la diagnosticaron neurosis histérica.

A lo largo del año 1926, Teresa Neumann recibió los estigmas místicos en las cinco partes del cuerpo donde se manifiestan: manos, pies, costado y frente.

El 15 de marzo, durante la Cuaresma, se le abrió una herida sangrante en el costado. En Semana Santa recibió los estigmas de manos y pies, y el 5 de noviembre, festividad del Sagrado Corazón, ocho heridas sangrantes aparecieron en su cuero cabelludo.

Sin embargo, los estigmas no fueron el único signo sobrenatural que manifestó.

De sus ojos manaban constantemente torrentes de sangre, y aseguran que, desde 1926 hasta la fecha de su muerte, el 18 de septiembre de 1962, subsistió a base de agua y la octava parte de una hostia consagrada por día.

Cuando falleció, víctima de un ataque cardíaco, su cadáver fue expuesto en público. Los estigmas permanecían abiertos.

San Francisco de Asís, Pío de Pieltrecina y Teresa Neumann son sólo algunos nombres entre los miles que engrosan la lista de afectados de ese peculiar e inexplicable trastorno que hace revivir el martirio de Jesús de Nazaret.

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