Francis Bacon. Biografía y obras

Francis Bacon nació en Irlanda, concretamente en Dublín, la ciudad que inspiró el “Ulises” de Joyce y que, sin embargo, no logró atrapar la creatividad de este pintor de personalidad peculiar.

Se trasladó a Londres al cumplir los 16 para terminar convirtiéndose en el máximo exponente del expresionismo inglés después de una primera etapa en la que siguió los preceptos del surrealismo.

A pesar de su temprana “huida”, no fue hasta 1927, cuando, al abandona Gran Bretaña para vivir entre París y Berlín, se inició en el dibujo y la acuarela mientras trabajaba como decorador de interiores y empezaba a relacionarse con pintores realistas de la talla de Grosz, Otto Dix y Max Beckmann.

Aparte de sus primeros contactos con los personajes que protagonizaban el panorama artístico europeo del momento, uno de los acontecimientos decisivos, que le llevó a enfrentarse al lienzo, fue su visita a una exposición de Picasso, creador que le impresionó y cuya influencia se convirtió en una constante en su producción.

En 1929 regresó a Londres y, de forma autodidacta, se volcó en la pintura al óleo.

En 1930, inauguró su primer taller como pintor.

Pero el reconocimiento no llegaba y, al cumplir los 35, frustrado, víctima de su carácter temperamental, destruyó casi todas las pinturas que había realizado.

Ignoraba entonces que, por fortuna, el viento cambiaría para él poco tiempo después, durante el mismo 1944, año en que finalizó su tríptico “Tres estudios de figuras junto a una crucifixión” (”Three Studies for Figures at the Base of a Crucifixion”), que sí obtuvo la aprobación de la crítica y le confirmó como una figura crucial en la historia del Arte, de las más originales del siglo XX.

En 1949, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) compró una obra suya y, en 1949, no sólo inició la serie inspirada en el “Study after Velazquez’s Portrait of Pope Innocent X”, de Velázquez, de la que hoy se conservan más de cuarenta telas, sino que también comenzó a exponer en solitario, afianzando su estilo.

Al mirar un cuadro de Bacon podemos decantar, una a una, las numerosas influencias que el artista arrastró consigo a lo largo de su trayectoria: distinguimos en cada trazo forzado la huella de Munch y, en las tonalidades de rostros y fondos, los colores de Vicent van Gogh… hay quien afirma, además, que en la oscuridad de sus imágenes se refleja la misma angustia que Goya cristalizó en sus aquelarres.

Pero, más allá de cualquier referencia, Bacon expresó su propio mensaje y escogió sus propios puntos de apoyo: es característica en su trabajo la representación de una sola figura, masculina o femenina, que por lo general aparece retorcida, deformada de una manera inquietante y perturbadora, ubicada en un espacio cerrado e interior.

Los retratos y autorretratos conforman la mayoría de su obra.

Quizá uno de los más emblemáticos sea el de “George Dyer en un espejo” (”Portrait Of George Dyer In A Mirror”) (1968, Museo Thyssen»Bornemisza, Madrid), con el que, una vez más, Bacon trata de provocar en el que lo contempla una reflexión sobre la fragilidad del ser.

Consideraba la comprensión del arte como un camino para acceder a lo más limpio del ser humano, oculto bajo el continuo fluir de la realidad; una realidad que muchas veces le fue hostil, tanto por su condición homosexual, generadora de polémica en su época, como por el periodo histórico que le toco vivir, el de la Segunda Guerra Mundial.

En telas como “Cabeza rodeada de carne de vaca” (”Head Surrounded by Sides of Beef”) (1954, Instituto de Arte de Chicago) y en series como la concluida en 1952 sobre “Perros que gruñen” (”Dogs”), Bacon plasmó el belicismo que le rodeaba e intentó hacernos ver nuestra capacidad para dañar, nuestra inclinación a la violencia… podría definirse su objetivo como la lucha constante por despertar a aquellos que se acercaban a descubrir cuál era el mensaje de su pintura: una llamada de atención para hacernos caer en la cuenta del, con frecuencia, silenciado malestar del mundo.

Por otra parte, a propósito de una retrospectiva suya en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), el que fuera su amigo durante más de treinta años, Michael Peppiatt, comisario de la exposición, hizo hincapié en la inversión conceptual, entre lo sagrado y lo profano, que se plantea en la producción de Bacon.

¿Por qué alguien que con rotundidad se define como ateo recrea de forma casi compulsiva el momento de la crucifixión y, por citar otro ejemplo, el ya mencionado “Study after Velazquez’s Portrait of Pope Innocent X”?.

Hay quien justifica esta inclinación del irlandés destacando el matiz esperpéntico, grotesco, de sus imágenes religiosas.

Los que respaldan semejante análisis elogian la facilidad con que Bacon tergiversaba los valores, dotando a lo banal y anecdótico de un aura mística, y viceversa.

En la misma línea, el filósofo José Antonio Marina, quien califica al expresionista en uno de sus artículos de “amargo y tremendista”, subraya su tendencia a la deformación para explicar la importancia de una de las funciones del Arte: la función lúdica.

En su ensayo, Marina, rescata las palabras del propio Bacon quien, estableciendo la enésima paradoja en torno a su personalidad e intención, afirmó en una ocasión que, en los tiempos que le había tocado vivir, “el arte ya sólo puede ser un juego”.

El otro Bacon

No podemos dar por terminado este breve repaso a la vida de Francis Bacon sin mencionar la coincidencia que le llevó a compartir nombre y apellido con Francis Bacon, barón de Verulam; filósofo y estadista inglés (uno de los más emblemáticos impulsores del pensamiento científico moderno) que vivió entre 1556 y 1626.

Es curioso, pero lo cierto es que también este hecho fortuito nos permite afirmar que la del pintor fue una existencia de contrastes, de reversos, de lados oscuros: se llamaba como él alguien que, en cuanto a ideas y actitudes, se situaba en la orilla opuesta de sus convicciones; se apoderó de obras clásicas y doctas para transformarlas y reproducirlas ya no sólo deformes, sino chillonas, ridiculizadas por los colores vivos y las muecas macabras; etc.

Que hay en esta actitud algo de “juego”, de mera diversión, resulta obvio.

Sin embargo, que con su “divertimento” perseguía mucho más que la simple carcajada del espectador es evidente: Bacon supo “ver más allá” y, lo que es más importante, supo “hacera nos ver”.