El Guernica: Pablo Picasso

 

- El Guernica: Pablo Picasso

En ocasiones hay obras que trascienden el campo artístico para convertirse en un símbolo político de la paz durante un momento crucial de la Historia.

En 1937 se celebraba en París la Exposición Universal, no sabemos si muy consciente de lo que estaba ocurriendo o iba a ocurrir en Europa.

La verdadera historia del Guernica

En este periodo de entreguerras se proclamaba la vuelta al orden, a la seguridad clásica en contra de toda vanguardia llevada a cabo en Rusia, Alemania e Italia, mientras que España está sumida ya en su Guerra Civil.

Las vanguardias pretendían integrar la vida en el arte y politizarse, ser un espacio de resistencia. Y esta era su amenaza, el ir más allá de las formas arriesgadas, el ir en contra de los totalitarismos.

En todo esto jugó un papel determinante la nueva objetividad alemana, una vuelta a la figuración con denuncia política explícita, de manera alta y peligrosamente comprensible para el pueblo, cuyas pasiones debían ser controladas en la masa homogénea y dócil.

Son estas las características que dominan los años 30, replegados en si mismos, como si realmente no pasar nada, o no fuera a pasar, como si alguien alimentara a una bestia siniestra bajo los asfaltos.

Una tensión, una falsa paz, una aparente tranquilidad representada en la Exposición Universal de 1937 en París, llena de encanto y vanidades a orillas del Sena.

Las Exposiciones Universales mantenían una doble moral.

Se proclamaba una multiculturalidad y a la vez el áspero dominio colonial. Bajo un armisticio se ocultaban los problemas de Rusia, el conflicto italo etiope, la ascensión del nazismo alemán y la Guerra Civil en España.

Todo ello ante el terror de la ascensión de las clases trabajadoras que se veían como una amenaza ante el ejemplo soviético.

Con todo este bagaje a punto de estallar, y ya estallado en la propia cara de España, se abre la Exposición Universal en mayo de 1937.

Los pabellones de Rusia, Alemania e Italia eran verdaderas proclamas políticas que rivalizaban entre sí, llenas de figuras dispuestas para el trabajo y para la guerra, explotando el cuerpo como medio de expresión.

El pabellón alemán, levantado, como no, por Albert Speer, estaba dotado por la magnificencia y el revival kitch tan del gusto de Hitler.

El soviético de Boris Iofan, era lo opuesto a lo clásico.

Pero ambos diluían la modernidad, en este intento de estetizar la política, como afirmara Benjamin.

Ambos contrastaban con las interesantes propuestas de Le Corbusier y Gropius, como si pretendieran construir un mundo a parte, alejado de la escala humana y cercanos a un sometimiento del poder más terrible y monopolizador del siglo XX.

Los críticos se hicieron eco de todo esto, y lamentaron la ausencia de la modernidad, salvo en los pabellones de Japón, de Finlandia por Alvar Aalto y de España por Josep Lluis Sert y Luis Lacasa.

Es de destacar que España ya estaba en su guerra y que éste pabellón financiado por la agonizante República era una presentación ante el mundo de su situación y una llamada de alerta.

Una de las joyas que albergaba era un mural de Picasso muy comprometido políticamente.

Pero también se exhibían esculturas de Alberto Sánchez, destacando el impresionante “Los españoles tienen un camino que lleva hacia una estrella” (1937), un apoyo incontestable al bando republicano; o de Julio González con su “Monserrat gritando” (1937), verdadera llamada de alerta ante la situación española y grito ante la barbarie que supone toda guerra.

Todos ellos acompañaban a la gran estrella del pabellón: “El Guernica” (1937) de Picasso, al que rodeaban un mural de Miró y una escultura de Calder.

Curiosidades del Guernica de Picasso

España consigue llamar la atención internacional con Picasso, que realiza una representación única de la destrucción, del dolor de la guerra, o mejor, del pueblo civil ante la guerra, convirtiéndose en un icono cultural y político atemporal.

Consigue llamar la atención, pero no mueve a la acción. Representa el concepto universal de la guerra, sin concretar el caso español, algo que al pasarle a todos no le pasaba a nadie, una abstracción, estetización a lo peor de la guerra.

De este modo la pintura fue un mero presagio, no se oyeron sus gritos y estruendos de obuses entre tanta música, ni sus colores blancos, negros y grises ante la luz deslumbrantemente inconsciente, ajena a su propia destrucción de la Exposición Universal de París.

Picasso, al recibir el encargo de la República no sabe qué tema desarrollar en su mural, pero en esos momentos Franco pide ayuda a Hitler, y éste hace bombardear con aviones el pueblo vasco de Guernica.

Desde entonces, el tiempo de ejecución será de pocas semanas. Arnheim señala como Picasso pretendió ir de la particular a lo universal y eso es lo que le da su fuerza imperecedera, aunque, como apuntábamos, en detrimento de España.

Por ello está lleno de gritos y lágrimas, una sonoridad presente en un lenguaje gestual convulso, que retumba como un grito social, preconizando la tragedia.

Consigue una obra política en sus intenciones universalistas y sociales que la publicidad se ha encargado de difundir.

Es necesaro reseñar que no siempre ha sido bien recibido, así en los 70, cuando la obra estaba aun en el MoMA de Nueva York, un grupo de activistas anti-Vietnam le arrojaron un spray, debiendo ser restaurada.

¿Qué representa el Guernica?

Pero además es un símbolo de la modernidad, de tamaño gigantesco, como la pantalla de un cine, género en el que se inspira, no sólo en el blanco y negro, sino en algunas composiciones, como la madre con el hijo muerto, extraído de “El acorazado Potemkin” (1925) de Eisenstein.

El análisis de las formas puede resultar muy interesante. Los brazos en alto de la mujer, que parece correr espantada, envuelta en llamas y cuyos ojos y agujeros de la nariz se han convertido en gigantescas lágrimas.

El efecto se ha trasferido al órgano que lo produce, representando muy efectivamente el dolor humano, la impotencia y la desesperación. El toro y el caballo con el obús en la boca son dos potentes símbolos de la masacre.

En este sentido el dolor y las lágrimas de todo el mural encontraba su reflejo y respuesta en la fuente de mercurio que ideó Calder, llamada “Almadén” (1937) y que se colocó ante la obra de Picasso.

De este modo se exhibía un producto capital de la minería española.

La República tenía razones para sacar el máximo partido a este metal, ya que Almadén había sido una importante ofensiva del ejercito franquista.

En definitiva, ambas obras hablaban de lo mismo, del sufrimiento del pueblo español, de su resistencia y de su vitalidad “mineral”.

Aunque es muy posible, que los visitantes “edulcorados” al pabellón español ignorasen tales significados, la simbología de un metal muy poderoso, y la representación Guernica-Almadén en la situación bélica de España.

La obra de Calder era a la vez la respuesta lacrimosa a la obra de Picasso. El metal líquido manaba de un tubo y caía en tres cascadas sobre bandejas y sobre un letrero con la palabra “Almadén”.

De este modo, mientras que “El Guernica” hablaba de la barbarie fascista, “Almadén” proclamaba el triunfo de la causa republicana, constituyendo un dueto del presente y del futuro esperanzador de España, que finalmente no se cumplió con el triunfo franquista.

En definitiva se hablaba del llanto, de las lágrimas y de la convulsión de la guerra, que regresó al Museo Reina Sofía de Madrid el 10 de septiembre de 1981 proveniente de Nueva York.

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