Hiroshima: ¿Era necesario?

Hiroshima

A pesar de que los alemanes seguían sin resignarse a asumir el papel de vencidos en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial, los planes aliados empezaban a tener éxito y tras el desembarco en Normandía (conocido popularmente como el Día D) ya se vislumbraba el tan deseado final.

La celebración de la Conferencia de Yalta celebrada en Crimea (1945) marcaría el comienzo de sucesivas reuniones entre las propias potencias aliadas por lograr el final de la guerra y por establecer las condiciones a los vencidos.

Origen del conflicto de Hiroshima

Alemania e Italia caían irremediablemente ante la atenta mirada de un Japón más tenaz que nunca y en la zona más oriental de Asia, la Unión Soviética avanzaba sobre territorios nipones y con el mandato de las potencias aliadas de atacar el imperio nipón a cambio de los territorios ya invadidos.

Paralelo a esa orden, desde Washington se iría madurando la idea de un ataque de mayores dimensiones cuyo resultado fuese demoledor.

Unos meses más tarde se celebró la conferencia de Potsdam, en la que los aliados lazarían a Japón un ultimátum en el que se declaraba la exigencia de una rendición sin ningún tipo de condiciones.

Ante el rechazo por parte del gobierno de Tokio, el presidente norteamericano, Harry Truman, daría orden de lanzar la bomba atómica sobre la población civil de Japón.

De esta forma se mataban dos pájaros de un tiro ya que Estados unidos, además de ahorrarse hombres y medios, conseguiría dar una muestra de poderío militar a un Stalin con arriesgadas pretensiones.

Las bombas nucleares de Hirosima y Nagasaki

El día 6 de agosto de 1945 pasaría a la Historia como el comienzo de la era nuclear.

Tras Hiroshima no hubo más que otra bomba atómica (Nagasaki) y la rendición de Japón.

El comité encargado de la selección del objetivo, en mayo de 1945 y tras una larga meditación, decidiría que los objetivos serían (por orden de prioridad) Kyoto, Hiroshima, Kokura y Niigata.

La ciudad de Hiroshima era conocida por su papel estratégico-militar en el imperio nipón ya que en la misma se albergaban depósitos de armamento y plantas de investigación ultra secretas por lo que, días previos a la bomba, recibiría el acosante bombardeo de los B-29 estadounidenses.

El día 5 de Agosto, en la base aérea de Tinian (en las islas Marianas), una de las tripulaciones más famosas de la Historia despegaba tras meses de duros entrenamientos rumbo a su primer objetivo: desplegar la muerte en la ciudad de Hiroshima.

Únicamente el comandante al cargo de dicha operación, el coronel Paul Tibbets, era conocedor del verdadero objetivo de la operación.

A las 7 de la mañana del día 6 de Agosto de 1945 los ya cotidianos aviones de reconocimiento sobrevolaban el cielo de la ciudad, minutos más tardes se harían acompañar por tres aviones, dos de los cuales efectuaron evoluciones descendientes diferentes.

Del primero caerían tres paracaídas de los que pendía el equipo necesario para hacer el registro de la explosión y de un segundo, se dejaría caer la bomba atómica preparada para estallar a 560 metros de altura sobre la ciudad.

A las 8:15 de la misma mañana, el boeing B-29 comandado por Paul Warfield Tibbets, Jr denominado Enola Gay, en honor a la madre del piloto, soltaba la bomba atómica: Little Boy.

El brillante destello cegó la ciudad y, en cuestión de segundos, emergería de la tierra una voluminosa y dañina bola de fuego que, con una velocidad superior a los 300 metros por hora, iba consumiendo casas, vehículos, personas, vegetación… alcanzando un radio de hasta 4 kilómetros de distancia.

Inmediatamente estalló el estampido equivalente al impacto del viento a 800 K/h que asoló todo lo que hubo en un radio de más de 3 Km/h.

Muchos son los documentos que han dejado constancia de la barbarie estadounidense y de las nefastas consecuencias de dicho acto.

Muchos fueron los que, asombrosamente sobrevivieron a la ola de fuego pero no todos a la nube de proyectiles de fragmentos de madera, ladrillo, tejas o cristal que produjo la explosión.

El “viento de fuego” provocado por las enormes gotas de humedad condensada de la nube en forma de hongo de 15.

000 metros de altura se tornarían una letal llovizna negra y grasienta que borró en su totalidad a la ciudad de Hiroshima.

No olvidemos a los miles de japoneses que murieron en años venideros a causa de la radiación.

Los escalofriantes efectos de dicho ataque también afectó a los artífices de dicho infierno incrédulos de lo que acababan de “soltar”.

Y al comprobar la verdadera magnitud de la operación, de los labios del comandante Tibbets se escaparon aquellas famosas palabras:
“My God… what have we done?”

A pesar del tratado de neutralidad que aún mantenía a Japón en relación con la Unión Soviética, el incremento de la guerra en el Pacífico y los esfuerzos japoneses por encontrar los términos idóneos para mantener su imperio a la hora de firmar la paz, llevaría (tres días más tarde de la caída de la primera bomba atómica) no haría más que empujar a los soviéticos a la invasión de Manchuria y Corea, eso sí, previo aviso al embajador japonés en Moscú.

La mediación soviética parecía ser la clave determinante para el final de la guerra.

Ese mismo día, Nagasaki también sufriría los catastróficos efectos de la bomba atómica, por lo que no le quedaba más remedio a Japón que pedir la rendición.

El 15 de agosto de 1945, sería el propio emperador japonés quien anunciaría el término de la guerra pidiéndole al pueblo que aceptase la voluntad imperial.

El 2 de septiembre, a bordo del acorazado norteamericano Missouri, se firmaría la definitiva rendición incondicional del Japón.

La historia japonesa ha querido recordar este hecho tan significativo como la guerra que rompería la racha de victorias conseguidas durante tres mil años y la dignidad con la que fueron vencidos ya que el genocidio estadounidense llevado a cabo en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki no ofrecería ni un atisbo de oportunidad de continuar la tenaz lucha que los japoneses estaban llevando.