Hugonotes & Católicos: París, bien vale una misa

Hugonotes

La Francia de hoy, republicana y laica, estuvo en su día integrada, como toda Europa, en movimientos religiosos de reforma y contrarreforma, que camuflaban las luchas intestinas de una dividida aristocracia, que pretendía una mayor influencia en el Rey.

Se denominan Guerras de Religión a los enfrentamientos acaecidos en la Francia del s.XVI (1562-1598), entre hugonotes o protestantes franceses y los católicos, organizados en partidos políticos, en las que intervinieron potencias europeas como el Papado, la Inglaterra de Isabel I y, la España de Felipe II, en un intento de debilitar la incipiente hegemonía francesa de este periodo.

Estas potencias se decantarán por una u otra facción religiosa; así, Inglaterra será fiel a los protestantes y, España y el Papado, a los católicos.

Continuamente se usará el suelo francés para dirimir sus diferencias.

Si a esta desazón añadimos problemas en la Hacienda Real y la ambigüedad intencionada de la Monarquía, las dificultades se agudizan extremándose las soluciones y la necesidad de conseguir el favor real.

Francia será uno de los lugares donde el protestantismo encontrará mayores adeptos.

El Círculo de Meaux, humanistas de tendencia protestante, con Guillermo Farel junto con la labor de distintos discípulos de Lefévre d’Etaples, se convertirá en el germen que iniciará la labor de proselitismo.

Posteriormente, será la vertiente calvinista la que se imponga en territorio francés.

La respuesta no se hará esperar; la Universidad Católica de la Sorbona, el Parlamento y el Rey, Francisco I, en 1521, adoptarán medidas de condena ante la proliferación de las ideas reformadoras.

Sin embargo, el Calvinismo continuará su expansión en territorio valdense, de forma vehemente, luchando contra lo que creían equivocado tal como el culto a la Virgen, saqueando iglesias católicas, destruyendo imágenes de Cristo y de los Santos, o eliminando cualquier posibilidad de culto católico como medio de imponer la reforma calvinista.

Tal fue el éxito de su propagación, que en medio de una Europa eminentemente católica, celebraron su primer Sínodo General, en 1559, en París, siendo cabeza visible del mismo, Francisco Morel y del cual saldrá publicado el Código de la Iglesia Reformada.

Una de las características principales de las Guerras de Religión consistirá en que las creencias se convertirán en idearios políticos, radicalizándose en dos posturas, que si bien procedían de un tronco en común, se veían irreconciliables: el partido de los Hugonotes y la Liga Católica.

Ambos bandos tendrán adalides en la aristocracia; los católicos, la Casa de los Guisa y, los hugonotes, la Familia Borbón.

A partir de dicha división, comienzan una etapa de asesinatos y traiciones, de edictos para intentar la unidad religiosa en busca de la pacificación política.

Una vez que la reforma calvinista alcanza las altas esferas de la aristocracia y la camarilla del Rey, la lucha se volverá encarnizada sucediéndose ocho largos episodios bélicos.

Las familias aristocráticas principales involucradas en dichas luchas serán: los Valois- Angulema, descendientes de los capetos y cuya principal representación estará en Catalina de Medici, que asumirá las distintas regencias de sus hijos: Francisco II, Carlos IX y Enrique III, teniendo un protagonismo indudable en las Guerras de Religión que llevarán a la extinción de esta dinastía; la Casa de Borbón, descendientes de San Luis IX, encabezados por Enrique de Navarra, que reinará Francia como Enrique IV y, que en un principio, defenderá la doctrina de los hugonotes al ser educado en esa doctrina por su madre; la Casa de los Guisa, el poder católico, fieles defensores de los Valois, gozaron de una gran popularidad que impidió su destrucción, prefiriéndose pactar con ellos; y, finalmente los Montmorency, deambularon entre el catolicismo y el calvinismo, defendiéndose de sus principales rivales, los Guisa.

El incidente que inicia las Guerras de Religión se producirá en Wassy, el 1 de marzo 1562, por el Conde de Guisa, cuando, por oposición a la política de transigencia de Catalina de Medici, regente de Carlos IX, autorizando una “libertad de culto”, (con limitaciones), a la iglesia reformada, acribilló a 80 hugonotes en una granja donde estaban celebrando su liturgia.

La reina fue obligada a tomar partido por el bando de los católicos, y ordenó la persecución de los hugonotes, que finalizaría en 1563 con el Edicto de Amboise, que concedía libertad de culto, excepto en las ciudades, con la condición de devolver a los católicos todas las iglesias que les habían sido usurpadas.

París se exceptuaba del acuerdo; los hugonotes se convertían en ciudadanos de segunda.

Otro de los hechos destacables es la Matanza de San Bartolomé el 22 de agosto de 1972.

Los acontecimientos se precipitan cuando en un intento de eliminar a Coligny, representante y ferviente defensor de los calvinistas, éste sufre un atentado, del que saldrá con vida, encrespando a los reformistas que solicitarán impetuosamente justicia.

Carlos IX protege al malherido Coligny e inicia una investigación, en la que todos los indicios se dirigen a su madre, Catalina de Medici, que le hace partícipe al Rey de la necesidad de decapitar el bando calvinista para evitar la guerra civil.

El joven Rey convencido por los argumentos de su madre, toma la decisión de asesinar a los cabecillas de los hugonotes, exceptuando a su cuñado Enrique de Navarra y al príncipe de Condé.

Sin embargo, la operación se le va de las manos y da comienzo una masacre que durará 3 días en la que pocos hugonotes saldrán con vida.

La dinastía Valois se hizo valedera del odio de los protestantes.

Condé y Enrique de Navarra abrazan el catolicismo obligados por las circunstancias y por la familia real.

Para Enrique, será la primera pero no la última apostasía; la más importante estaba a punto de llegar y con ella el fin de los enfrentamientos.

Finalmente, la Guerra de los Tres Enrique dará fin a 36 años de conflicto.

La muerte de Enrique III sin descendencia eleva al trono a dos candidatos: Enrique de Navarra, hugonote, y Enrique de Guisa, católico.

Enrique III reconocerá en vida a Enrique de Navarra como su sucesor.

La situación se complica, cuando por el Tratado de Nemours (1585), el rey deroga todos los edictos de condescendencia hacia los hugonotes, y prohíbe la religión protestante, lo que excluye a Enrique de Navarra como heredero de la Corona de Francia.

La muerte de María Estuardo en 1587, induce a Felipe II a tomar partido en la guerra de sucesión de la Monarquía francesa apoyando a la Liga Católica ante la necesidad de una Francia pacificada para entrar en conflicto con Isabel Tudor.

Los católicos por su parte exigirán la implantación del Edicto de Nemours, el establecimiento de los cánones del Concilio de Trento (1545), que inicia la Contrarreforma, la operatividad de la Inquisición y sufragar los gastos de guerra por medio de la confiscación de las posesiones calvinistas.

El 23 de diciembre de 1588, por orden del Rey Enrique III es asesinado Enrique de Guisa y eliminada de igual forma su camarilla; sus cuerpos serán incinerados para evitar manifestaciones de adhesión y veneración por la Liga Católica.

En 1589, Catalina de Medici fallece, y este mismo año, es asesinado Enrique III por un clérigo católico, Jacques Clément, posteriormente condenado al desmembramiento y la hoguera.

La consecuencia inmediata fue la entronización de Enrique de Navarra, como Enrique IV de Francia, que será recordado como Enrique el Grande o el buen Rey, y el que inaugura la entrada de la Casa de Borbón en la Monarquía Francesa, eliminados los Valois.

Sin embargo, aún serán necesarios cuatro años para la total pacificación.

La Liga Católica propondrá al Cardenal de Borbón como Carlos X, y Felipe II a la Infanta Isabel Clara Eugenia, su hija, pero será finalmente, Enrique IV en 1593, el que con la frase: “París, bien vale una misa”, abjure del protestantismo y vuelva a convertirse al catolicismo calmando a la Liga Católica.

Enrique IV continuará enfrentándose con España hasta 1598 cuando se firme la Paz de Vervins y con ella la renuncia de Felipe II a entrometerse en los asuntos franceses y el reconocimiento de la legitimidad del nuevo Rey.

La llegada al trono de Enrique IV y su conversión darán por finalizadas las Guerras de Religión con la promulgación del Edicto de Nantes en 1598.

Con él, se reconocía a la religión católica como oficial del Estado, y se concedía a los hugonotes la libertad de culto, con limitaciones, obligándoles, entre otros aspectos, a guardar exteriormente las fiestas y los cultos católicos, y a someterse a la legislación católica imperante en el reino con la conversión de su Rey.

En 1610, Enrique IV será asesinado por un fanático de nombre, Ravaillac, y abre un nuevo periodo cuyo principal protagonista, el cardenal Richelieu intentará anular el Edicto de Nantes y someter a los hugonotes, bien mediante la conversión, bien mediante la huída.

Su sucesor, Mazarino, y Luis XIV, siguiendo la política de Richelieu y pretendiendo la unificación religiosa con el fin de llegar a la unidad política, declararán el fin del Calvinismo en Francia, y en 1685, se eliminará el Edicto de Nantes.

La Revolución Francesa (1789), les devolverá la libertad completa.

No podemos aún hablar de tolerancia ya que caeríamos en el anacronismo.

En el s.XVI, la tolerancia era sinónimo de aguantar o soportar, no de respeto, una consideración en temas religiosos impensable en dicho siglo.