Jacques-Louis David. Biografía y obras

La importancia de David (1748-1825) en la historia de la pintura, aunque quizás no demasiado publicitada, es similar a la de su contemporáneo Beethoven en la historia de la música.

Los dos han pasado a la posteridad como estandartes del clasicismo, a la vez que compartieron también un fuerte carácter prerromántico intrínsecamente asociado a los ardores revolucionarios de la época (e incluso a la gloria que el Imperio de Bonaparte prometía).

La trayectoria de David demuestra que la división entre neoclasicismo y Romanticismo es, en el fondo, bastante ficticia; en su obra se superponen los dos conceptos de un modo ejemplar.

Jacques-Louis David nació en París, en el seno de una familia de clase media.

Huérfano, fue criado por unos tíos arquitectos, quienes le aficionaron al dibujo, una disciplina a la que subordinaría siempre su pintura.

Sus primeros maestros fueron Boucher y Vian, cuyos trabajos se enmarcaban aún en el estilo rococó.

Con Vian viajó en 1775 a Italia gracias al Premio de Roma de la Academia Real de las Artes, galardón que constituía el objetivo de todo estudiante de pintura en París, y al que David se presentó hasta en cuatro ocasiones antes de obtenerlo.

Su estancia en la capital italiana marcó el cambio de su estilo.

Allí conoció el trabajo de Caravaggio y de los Carracci, de Rafael y de Mengs y, sobre todo, el barroco clasicista de Poussin.

Durante los cinco años que pasó en Roma, David se empapó de los temas que en adelante articularían su obra, y conoció a numerosas personalidades que ejercieron en él gran influencia en su concepción de lo clásico (Winckelman entre ellos).

A su vuelta, obras como el “Belisario” causaron sensación en París, y David decidió volver a Roma para profundizar en sus conocimientos sobre la cultura antigua.

Fue entonces cuando gestó la obra que le consagraría definitivamente, y que el propio David se planteó como la inauguración de una nueva forma de entender el arte: “El Juramento de los Horacios”.

La obra, considerada como el manifiesto definitivo del neoclasicismo, representaba una nueva sensibilidad, tanto formal como temáticamente.

El equilibrio y la claridad compositiva del cuadro eran rasgos claramente deudores de la herencia romana, en especial de la escultura, cuya gestualidad inspiró siempre a David.

En cuanto al contenido, avanzaba ya sus posteriores ideas políticas: patriotismo y carácter moralizante en los que subyacía un deseo expreso de influencia social.

En 1789 David se identificó plenamente con las ideas revolucionarias, y, como era de esperar, su implicación fue mucho más allá de la esfera artística.

Fue diputado en la Asamblea y votó por la ejecución del rey Luis XVI.

También formó parte del Comité para la Seguridad Pública y fue director artístico de los grandes festejos nacionales, cuya parafernalia debía estar basada en modelos clásicos.

A él le debemos en buena medida la imagen de la Revolución Francesa como una suerte de restauración de los principios perdidos de la República romana.

Obras como “La muerte de Marat” o el “Juramento del Juego de Pelota” son testimonios de su compromiso político, a la vez que de su maestría técnica.

Pero con la caída de Robespierre, David hubo de pagar las consecuencias de su jacobinismo, y fue encarcelado cinco meses, tiempo durante el cual planeó su cuadro “El rapto de las Sabinas” o “Las Sabinas”.

La exótica y literaria visión que en la época se tenía del mundo romano (en realidad se estaba redescubriendo) podría explicar en parte el hecho de que David se hubiese sentido igual de cómodo luchando por la república que sirviendo a un emperador.

Parece ser que sus lecturas (en especial Plutarco) le influyeron notablemente en la consideración de Bonaparte como la encarnación de un héroe de la antigüedad.

Napoleón, fascinado igualmente por la pintura de David, lo llamó para que ocupase el puesto de pintor oficial, y éste aceptó sin reservas.

Para él pintó grandes cuadros, como “La Coronación de Napoleón I, el 2 de diciembre de 1804″, en el que se aprecia un mayor gusto por la grandiosidad.

Su retrato “Bonaparte cruzando San Bernardo” avanza el pathos romántico, aunque sin abandonar el culto al dibujo, de manera parecida a lo que había pretendido Beethoven en su Tercera Sinfonía, en la cual la expresividad todavía se enmarcaba dentro de la estructura sinfónica clásica.

Pero a diferencia de Beethoven, David no renegó nunca de su admiración por el emperador que había subyugado a Europa.

El aprecio era mutuo, como lo demuestra el hecho de que fuese nombrado por el propio Bonaparte Caballero de la Legión de Honor desde su fundación, e incluso llegase, ya en las postrimerías del Imperio, al grado de Comandante.

Tras el exilio de Napoleón en Elba, la comprometida actividad política de David parecía un inconveniente grave para su reinserción dentro de la monarquía, pero dado su prestigio el rey Luis XVIII le permitió proseguir con su carrera artística en París.

Sin embargo, al regreso del emperador (los Cien Días) el pintor fue de los primeros en firmar el acta que excluía a los Borbones del trono.

Después de la derrota definitiva en Waterloo, David se vio obligado a abandonar Francia.

Su fidelidad extrema al Imperio quizás choque con su imagen de pintor de la Revolución.

Sin embargo, a la luz del culto neoclásico (y también romántico) por la grandiosidad pasada, su actitud no deja de ser una prueba de coherencia y compromiso.

Marchó a Bélgica, donde siguió pintando durante diez años más algunos grandes cuadros mitológicos y sobre todos retratos, género en el que se reveló como un maestro indiscutible.

Entre los más sobresalientes, su retrato de “Madame Récamier”, ejemplo de introspección psicológica a la vez que un ejemplo más de equilibrio clásico.

Murió en Bruselas, dejando multitud de discípulos entre los que destacaron Gros e Ingres.

Más allá de su influencia estética, el espíritu comprometido de David puede rastrearse hasta nuestros días.

La pretensión de aunar política y arte le acompañó toda su vida.

Por ello, y aunque sus fuentes de inspiración surgieran siempre del pasado, puede ser considerado justamente como un precursor de la vanguardia militante de principios del S.XX.