Jorge Oteiza: Biografía y Obras

Jorge Oteiza

La controvertida figura del gran escultor y pensador vasco Jorge Oteiza, sigue viva tras su muerte, en disputas muy influenciadas por su polémica existencia.

Debía ser junio, porque hacía ya calor en Córdoba (España).

Esto debía ser 2004 e iba seguramente a la Facultad de Filosofía y Letras para ver las notas de los últimos exámenes.

En el patio de arte parece no existir el tiempo en estos meses tan típicamente cordobeses.

Yo esperaba a nadie sentado en uno de los bancos mientras ardían las chicharras.

En ese momento en que yo pensaba en Nada, apareció, porque tenía que aparecer, el pensamiento de unas esculturas que Jorge Oteiza había dejado en la ciudad, en el importante edificio de la Cámara de Comercio e Industria y que apenas se conocían.

Entonces comencé a pensar en Chillida y Oteiza.

Me atraía mucho el primero Le por su relación con Bach y con la literatura.

Pero el segundo apenas había alcanzado la fama de Chillida, a pesar de su imponente formulación estética.

Kosme de Barañano escribía “desde mi profesión y experiencia, pienso y afirmo que la obra de Oteiza nada aporta a la escultura del siglo XX.

[…] Para Oteiza, provocar el odio ha sido un estimulante que se le convirtió en un veneno necesario para sobrevivir.

Su envidia hacia la obra de Chillida no ha conseguido más que una profunda tristeza provocada por causas a las que nos sentimos ajenos tanto el gran escultor donostiarra como los que hemos apreciado aquí su escultura”.

No entraremos en las muy discutidas relaciones entre Chillida y Oteiza, que se cerraron un antológico abrazo, pero decir que Oteiza no aportó nada a la escultura del siglo XX es una afirmación ridícula y categóricamente falsa.

Sin ir muy lejos, el reputado Richard Serra proclamó a Oteiza como “el escultor más importante de la segunda mitad del siglo XX”.

Pero quizá la mejor respuesta a esta y otras críticas sea la siguiente reflexión de Rafael Moneo: “[…] si el mundo formal de Oteiza no impresiona, tal vez lo que ocurra es que no entendemos, o no queremos entender, el mundo nuevo que en él hay latente.

Para justificar nuestra actual incertidumbre, nuestro razonable escepticismo, quizás sea preciso llevar esta divagación a un terreno resbaladizo en extremo: la ética.

La escultura de Oteiza

No es esta la ocasión para hacerlo, pero sí que lo es, al menos, para preguntarnos: ¿nuestras actuales posiciones son una conquista? O, por el contrario, ¿debemos admitir que hemos sufrido una derrota? Puede que en la obra de Oteiza encontremos la respuesta”.

El iniciático Quosque tandem…! nos da la clave.

En él propuso claramente su estética: “El arte está entrando en una zona de silencio (yo terminé en un espacio negativo, en un espacio solo y vacío).

En esta Nada el hombre se afirma en su ser”.

Es una “estética negativa”, en la que se va quitando capas, se va deconstruyendo para aislar lo perseguido, al modo que hacían los místicos.

Jorge buscó el “ser-en-el-mundo”, la esencia invisible, la Nada que el artista comunicó al mundo.

Un ser que rompe el espacio del tiempo para defender su profunda intimidad, lo que de humano tenía: “El bisonte el toro- torpe y primario animal, como el hombre de los períodos concretos del arte, sin capacidad espiritual para reconocer o confesar el miedo existencial, muere sin descubrir antes la muerte.

¿Quién ha dicho como avestruz es torpe como esconde la cabeza ante el supremo peligro?

Tiene miedo y por eso encuentra solución, pero solución única, espiritual, fuera de la muerte.

Maravilloso y calumniado, metafísico animal, que crea su pequeño crómlech.

Tiene alas y no puede volar, como el hombre.

El escultor del crómlech abre un sitio para su corazón en peligro, hace un agujero en el cielo y su pequeña cabeza se encuentra con Dios”.

Fue un genio contradictorio y poliédrico en sí mismo, y su arte fue entendido como utópico, excesivamente metafísico, resultando su estética una religión evasiva.

A pesar de ello, creemos firmemente en un gran compromiso con el arte y con la humanidad del hombre, en una estética antropológica, un acto solidario, por no mencionar sus intentos malogrados de compromiso político y social ¿Evasión, entonces? No, si entendemos lo espiritual como un modo de cambiar el mundo.

En todo caso, evasión y victoria, un arte que exige el vaciamiento, la nada, de donde nace Dios, como observa el Maestro Eckhart.

No nos extraña que su última escultura: “Homenaje a Mallarmé.Conclusión experimental n.º 3″ (1958), estuviese dedicada al gran poeta francés: “Hice un largo descenso por la Nada”.

Conquistó el vacío, llegó a la muerte del arte, hasta su misma muerte para regresar transfigurado, quiso borrar la historia de los nombres, en favor de las historia del arte: “la historia de la Escultura la hace un solo escultor, que cambia de nombre personal.

La escultura de hoy quiere tener demasiados nombres, distintos e importantes a la vez.

Pienso así, pues creo que es la Estatua la que hace y no el escultor a la Estatua”.

Partió del cero, y concluyó en el cero, en un proceso artístico que definitivamente se llevó a cabo en el interior del artista, en su renacimiento como persona.

Y cuando la estatua le hizo a él, la abandonó, en pleno apogeo de su carrera, con total coherencia.

Tras culminar su celebrado “propósito experimental”, premiado en la IV Bienal de Sao Paulo de 1957 en Brasil.

Hay que estar muy seguro de si mismo para hacer lo que hizo.

Su estética fue la de la retracción, en un momento de construcciones y novedades.

Jorge huyó hacia ese cero negativo.

Partió de una nada que es nada para lograr otra Nada que es Todo, un absoluto y solución espiritual a la existencia, que quiere politizar, que quiere socializar mediante la educación.

Su aportación a la historia del arte es incontestable.

Quizá su fracaso fuera el gritar mucho en una época que lo necesitaba: “Yo he conspirado, he participado en más de treinta operaciones y he intentado crear una resistencia cultural […] pero no han comprendido mas que el euskera”.

Quizá su fracaso fuera perseguir una idea, fuera su inconformismo, su utopía; decía Barthes: “A veces hablaba de este asombro, pero como que nadie parecía compartirlo, ni tan sólo comprenderlo (la vida está hecha así, a base de pequeñas soledades), lo olvidé”.

Una vida llena de soledades y desencuentros, pero Jorge no los olvidó.

Quizá su fracaso fuera una sociedad que no estaba preparada para sus proyectos abortados en la cuneta de una carretera como estuvieron los apóstoles de Aranzazu muchos años, incomprendidos por el sector más conservador de España.

Quizá fuera este último el mayor fracaso de Jorge, aquel niño que se ahuecaba en los agujeros de la playa de Orio para defender su introspección, su intimidad sola, ahora ahuecado para siempre en la Nada metafísica de Alzuza, donde reside su tumba y su polémica casa museo, junto a su amada Itziar.

Quizá por ello deseó tanto la muerte, esa muerte que procedía como la eliminación y vaciamiento en su propia estética.

Quizá el mundo no estaba preparado para ese, este niño sentimental y cascarrabias…

Quizá su logro sea permanecer parcialmente oculto.

Su rabia, su indignación política le dejaron sólo o con unos pocos, amando como amaba, para cambiar el mundo, las situaciones que le hacían conspirar, porque sólo desde esta posición es posible el cambio.

Jorge niño, confiado, espiritual, disuelto, libre, filósofo, autosuficiente, orgulloso, cansado y giratorio, incomprendido, traicionado, colérico, generoso, genio, batallador de estrellas, experimentador, impaciente, paciente, vasco, patriota, apartida, te ganaste por fin la ansiada muerte…