José de Ribera. Biografía y obras

La obra de Ribera constituye una de las cumbres de la pintura barroca.

A pesar de haber desarrollado toda su carrera en Italia, es considerado, junto a Velázquez, el máximo representante de este período en España.

Biografía de José de Ribera

José de Ribera (1591-1652) nació en la localidad valenciana de Játiva.

No existen demasiados datos sobre su juventud, aunque se sabe que fue bautizado con el nombre de Joan Josep y que a partir de 1611 se trasladó a Italia, parece ser que movido por la gran crisis económica que afectó a todo el mediterráneo peninsular a raíz de la expulsión de los moriscos llevada a cabo por Felipe III.

En Italia vivió hasta su muerte, donde, a causa de su corta estatura, le apodaron Il Spagnoletto.

Después de pasar por Parma (donde consta que recibió un pago por un cuadro) se fue a Roma, donde ingresó en la Academia de San Lucas, y de allí a Nápoles, entonces perteneciente a la corona española.

Parece ser que el traslado fue más bien una huída, motivada por las numerosas deudas que había contraído en Roma.

Ribera tuvo fama siempre de llevar una vida desordenada y de dilapidar sus ingresos económicos.

En Nápoles realizó multitud de obras para congregaciones religiosas y para los virreyes españoles.

Incluso el rey Felipe IV mostró vivo interés por su obra.

Gracias a los importantes apoyos políticos con que contaba, Ribera se convirtió desde su llegada al virreinato en el artista más reputado de la zona.

Sus obras demostrarían además que era uno de los más talentosos.

Estilo y obras de José de Ribera

Desde el principio se interesó por los estilos pictóricos que se alejaban del realismo más naturalista, prefiriendo plasmar atmósferas más efectistas y artificiales.

El pintor Azzolino (con cuya hija se casó) y Battistello fueron algunas de sus primeras referencias.

Así, durante una primera etapa de su pintura, Ribera realizó cuadros de carácter oscuro, en los que las figuras, iluminadas por un solo foco de luz diagonal, se destacasen mucho sobre el fondo.

En este sentido, Ribera fue uno de los artistas que mejor asumió el tenebrismo de Caravaggio, aunque en cierto modo se contrapuso a él acentuando en sus obras una dramatización de la realidad que recuerda, más que al pintor italiano, a la obra de los escultores castellanos que le eran contemporáneos.

La analogía se reafirma si tenemos en cuenta el misticismo de Ribera y, por ejemplo, del escultor Gregorio Fernández, así como algunas características comunes relacionadas con lo tétrico.

Es claro cierto gusto por los aspectos más grotescos de la realidad en varias obras de Ribera, llegando en ocasiones a extremos (”El Patizambo”, 1642) sólo comparables con algunos de los retratos de enanos y bufones de Velázquez.

Pero analizando las interpretaciones que uno y otro hicieron de la deformidad humana, comprobamos que el sevillano siempre la contempló con una condescendencia (incluso un afecto) de la que no hizo gala el valenciano, mucho más crudo en sus planteamientos.

En esta primera etapa destaca también su meticulosidad en la caracterización de los personajes, y la sublimación general de todos los detalles llamativos.

Uno de los mejores ejemplos de todo ello lo constituye su serie sobre filósofos clásicos (aunque convenientemente vestidos según la moda del S.

XVII, y entre los que destaca su “Arquímedes”, fechado en 1630), así como algunos retratos, alegorías de los sentidos y cuadros de tema religioso como su “Calvario” (1626).

En 1626 ingresó en la Orden de Cristo, en una solemne ceremonia celebrada en San Pedro de Roma, lo que prueba su importante posición y su prestigio como artista.

Será a partir de entonces cuando Ribera pinte cuadros ya plenamente maduros, como su “Martirio de San Andrés” (1628), y, especialmente, el “Martirio de San Bartolomé” (1630), arquetipo de composición dramática barroca, en el que vuelve a su predilección por el efectismo y por la crudeza en la representación del sufrimiento.

La mujer barbuda

En 1631 pintó otra de sus obras maestras más conocidas, “Retrato de Magdalena Ventura, la mujer barbuda”, encargo del Duque de Alcalá.

Posteriormente, su estilo derivó (como por otra parte fue frecuente en muchos artistas barrocos) hacia una concepción más luminosa y transparente del espacio, llegando progresivamente a una suavización de los focos de luz y a un mayor cromatismo.

La obra que marca el cambio de estilo es la “Inmaculada Concepción” (1634) que realizó para el Conde de Monterrey, destinada a un convento en Salamanca.

El tenebrismo de José de Ribera

El tenebrismo de sus primeros cuadros fue cediendo paso a paso a la serenidad, el equilibrio y en ocasiones también a una mayor monumentalidad.

La influencia de la escuela veneciana en tal evolución parece clara, en concreto la obra de Tiziano y Veronés, así como la impresión que le causaron varios de los cuadros de Rubens y Van Dyck que a través de algunos coleccionistas de Nápoles pudo contemplar.

A este período pertenecen también cuadros como “María Magdalena penitente” (1641) o “La Sagrada Familia” de 1639.

Hacia 1640, la vida de Ribera se vio rodeada de una serie de penosas circunstancias personales que repercutieron notablemente en su obra.

Estuvo a punto de tener que dejar la pintura debido a su enfermedad crónica, que finalmente le consumió.

Además, la presunta violación de su hija socavó profundamente su estado de ánimo.

De los importantes y abundantes pagos recibidos por sus obras apenas conservaba Ribera nada, y su placentera vida de lujos en el Nápoles de los virreyes de España quedaba ya muy lejos.

Todo ello hizo que resucitase el Ribera tenebrista, especialmente en la serie de apóstoles que realizó para la Cartuja de San Martin, con la que sus hijos mantuvieron un largo litigio por el presunto impago del encargo.

Murió en 1652, en una situación económica precaria y dejando a su familia en condiciones bastante difíciles, hasta el punto de que su mujer se vio obligada a pedir un préstamo para sobrevivir.

Entre sus discípulos dejó a figuras como Lucas Jordan.