La ciudad antigua de Cartago

 

La ciudad de Cartago fue fundada en el norte de África por mercaderes fenicios a mediados del siglo IX a.C. y es probable que la elección del lugar se debiera a la abundancia en las inmediaciones de un determinado tipo de moluscos muy preciados con los que comerciaban.

Sin embargo también se baraja la hipótesis de que el propósito de la fundación fuera establecer una capital alternativa en el oeste del Mediterráneo, ya que Tiro se encontraba amenazada por los asirios, y la situación de la nueva capital era además estratégica en las rutas comerciales fenicias que se dirigían hasta las “Columnas de Hércules”.

 

Aunque no era la primera colonia que se establecía en aquella zona, pronto se convirtió en la más importante de todas.

Historia y leyenda de Cartago

También existe una leyenda acerca de su fundación, según la cual la reina Dido consiguió mediante una estratagema que el rey local le concediera tierras para establecerse.

Sin embargo, ante los requerimientos amorosos de éste, la reina prefirió arrojarse a las llamas.

A lo largo del siglo VII a.C. Cartago consiguió la independencia de Tiro y comenzó a someter a las tribus cercanas, fundando a su vez colonias y expandiéndose hasta llegar a ser una de las ciudades más grandes y prósperas de la antigüedad.

Su crecimiento se incrementó sobre todo a raíz de la caída de Tiro en manos asirias, ya que muchos de sus habitantes huyeron a esta nueva capital para refugiarse.

Su esplendor no conocía límites y, siendo un pueblo eminentemente de mercaderes y navegantes que ya dominaba todo el Mediterráneo occidental, los cartagineses construyeron un puerto civil y otro militar, auténticas obras de arte de la ingeniería.

Pero en el siglo VI sus intereses empiezan a chocar con los de otros asentamientos cercanos como los de Sicilia, pero tras su victoria en la batalla de Alalia en el 535 Cartago pudo extender su dominio no sólo a Sicilia sino también a Cerdeña y España.

Pero en aquellos momentos una nueva potencia, Roma, comenzaba a emerger en el Mediterráneo y el conflicto no tardó en estallar.

En el siglo III la expansión de Roma hacia territorios dominados por Cartago hizo que se desencadenara la primera de las llamadas Guerras Púnicas.

Cartago era por aquel entonces una potencia marítima y comercial de primer orden y monopolizaba el comercio de la práctica totalidad del Mediterráneo.

En comparación, Roma no era más que una pequeña urbe sin identidad propia pero a su favor tenía una determinación férrea y un ejército insuperable.

Las guerras Púnicas entre Roma y Cartago

La primera guerra entre ambos empezó en el año 264 a.C., cuando los romanos acudieron en ayuda de los mamertinos sublevados en Sicilia en contra de los cartagineses, que apoyaron al rey Hierón.

El primer enfrentamiento favoreció a los romanos, que iniciaron una sistemática conquista del territorio, para mayor desesperación de Cartago que optó por llevar la guerra al mar, donde su temible flota tenía más posibilidades contra el enemigo.

Pero los romanos nuevamente los sorprendieron construyendo sus propias naves (de hecho, copiándolas de un barco cartaginés encallado y capturado) y pese a no tener experiencia naval y a perder un barco tras otro, se las ingeniaron para salir vencedores.

La guerra continuó y los cartagineses contrataron a un general espartano que protagonizó una sonora victoria, pero en lugar de rematar su triunfo prefirieron pedir la paz.

Roma no aceptó y, reponiéndose de cada derrota con asombrosa rapidez gracias a su determinación y al patriotismo de sus ciudadanos, siguieron los enfrentamientos hasta que el cónsul Lutacio Cátulo en el 241 destrozó en las islas Egadas a la flota cartaginesa obligando a firmar la paz al gran general Amílcar Barca.

La segunda de las Guerra Púnicas se inició en el año 218 a.C. y fue motivada por el avance cartaginés, bajo el mando de Amílcar primero y de su yerno Asdrúbal después, en España en busca de sus riquezas metalúrgicas.

Cuando Asdrúbal murió asesinado el ejército eligió como lider a Aníbal, hijo de Amílcar.

La leyenda de Aníbal

La toma de Sagunto y la posterior marcha de Aníbal hacia el norte con un gran ejército que incluía elefantes provocó la reacción de Roma enviando a Publio Cornelio Escipión a Marsella, pero Aníbal sorprendió a todos rehusando enfrentarse al cónsul romano y dirigiéndose hacia Italia.

Logró atravesar los Alpes en pleno invierno.

La batalla de Trebia resultó una masacre para las tropas romanas y un fracaso para Escipión, pero el invierno también hizo mella en el ejército de Aníbal, que no obstante, gracias a la formidable estrategia de este general logró vencer a sus enemigos a orillas del lago Trasimeno en una batalla legendaria.

Pero el mayor desastre militar de la historia de Roma estaba aún por llegar.

En la batalla de Cannas, en el año 216 a.C., murieron masacrados más de 50.000 romanos gracias una vez más a la astucia y a la táctica cartaginesa.

Quizá el error de Aníbal consistió en no arrasar la debilitada Roma entonces, cuando hubiera tenido posibilidades de acabar con ella. En su lugar permitió que ésta se reforzase y cortase los suministros de su ejército.

En el 212 las legiones romanas integradas por más de 200.000 hombres invadieron España y marcharon hacia Cartago, que reclamó a su general. Aníbal volvió a su patria dejando a sus tropas en la península italiana donde serían exterminadas.

En la batalla de Zama Aníbal se enfrentó a Escipión el Africano, hijo del cónsul homónimo, pero esta vez la suerte no le sonreiría; la caballería númida que en otros enfrentamientos había estado de su parte se alineaba ahora del lado romano y el general cartaginés resultaría derrotado.

Cartago solicitó la paz y Roma impuso sus duras condiciones a los vencidos, atenuadas sin embargo por intervención de Escipión que también salvaría la vida de su antiguo rival avisándole de la traición que se tramaba contra él por parte de los oligarcas cartagineses.

Aníbal se acabaría suicidando antes que entregarse a Roma.

La tercera de las Guerras Púnicas se desarrollaría entre los años 149 y 146. Cartago había logrado recuperar gran parte de su prestigio en poco tiempo gracias a sus habilidades comerciales.

La prosperidad de Cartago suscitaba el odio y el rencor de Roma, que veía en ella una amenaza latente. Con la frase “Delenda est Carthago!” terminaba Catón todos sus discursos en la Roma.

No bastaba con que Cartago hubiera sido vencida, era necesario destruirla hasta los cimientos para que no quedase rastro ni recuerdo de ella.

El odio era irracional y recíproco, ya que los cartagineses también detestaban a los romanos más allá de toda lógica. Pocas veces en la historia se ha dado una animadversión más visceral entre dos pueblos.

Roma lanzó toda su fuerza contra los púnicos y estos, temerosos, se apresuraron una negociación que les obligó a entregar todas las armas y les impuso como condición que abandonasen la ciudad.

La ira cundió entre los cartagineses y las revueltas y escaramuzas se sucedieron hasta que otro Escipión asaltó definitivamente la ciudad, saqueándola y masacrando todo a su paso. Los habitantes defendieron la ciudad hasta la muerte y espeluznantes escenas de destrucción se sucedieron durante casi una semana.

Algunos supervivientes fueron llevados a Roma pero la mayoría de la población fue asesinada o consumida por las llamas en un monstruoso incendio.

La que fuera la ciudad más rica del Mediterráneo, la más grande y esplendorosa, fue incendiada, demolida y arrasada con una meticulosidad enfermiza hasta el punto que apenas se han podido encontrar restos.

Incluso la llanura donde se había asentado la ciudad fue cubierta de sal para que nada volviese a crecer allí.

A ojos de los romanos era como si Cartago nunca hubiese existido.

El fuego estuvo al inicio de la historia de Cartago y también formó parte de su trágico final.

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