Motín de Aranjuez: El comienzo de la agonía del Antiguo Régimen en España

Motín de Aranjuez

La animadversión del Príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, hacia el favorito de su padre y Rey, Carlos IV, el Ministro Godoy, fue aprovechado sabiamente por Napoleón para conseguir el trono español.

Desde octubre de 1807, Napoleón, gracias al Tratado de Fontainebleau firmado con Godoy y, lícitamente, comienza a introducir las tropas francesas en España con la intención de invadir Portugal y continuar su ofensiva contra su gran enemigo, Gran Bretaña, intentando llevarla al bloqueo.

Así, el general francés Junot acampa en Castilla en noviembre de ese mismo año y se dirige hacia Portugal; en Alcántara se le unirá un contingente español.

En enero de 1808, la tropa del general francés Dupont, se establece en Valladolid, bajo la excusa de que pronto partiría a Lisboa en ayuda de Junot.

A continuación y en ese mismo mes, el ejército del Mariscal Bon-Adrien Jeannot de Moncey, se instala en las costas del Atlántico para vigilar posibles ataques ingleses.

La entrada de mesnadas francesas no frenó y, en febrero ocuparon Navarra, en Barcelona, se apoderaron del castillo de Montjuitch, y en marzo, se establecieron en Figueras y San Sebastián.

Todo este movimiento de tropas francesas por el territorio español comenzó a alertar tanto al Ministro Godoy como al Rey Carlos IV, mientras que su hijo, Fernando y sus partidarios, veían en Napoleón, la oportunidad de desbancar a Godoy del poder a favor del Príncipe de Asturias.

Mientras Napoleón desplegaba su ejército por España, se produce la Conspiración de El Escorial, que será el precedente del Motín de Aranjuez, y que iniciaría el declive del Rey Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII.

Éste, empeñado en el derrocamiento de su padre y la destitución de Godoy, debido al nombramiento del Ministro como Alteza Serenísima y la sospecha de una posible Regencia del mismo en ausencia del monarca, firma un decreto, sin fecha, en contra del orden que intuía que iba a establecer su padre, en el que entre otras consideraciones, pretende la vuelta Floridablanca, como Secretario de Estado.

Los propósitos de los conjurados llegaron al Rey, que ordenó la reclusión de Fernando en sus aposentos.

Su delación no se hizo esperar y los culpables como su preceptor Escóiquiz, entre otros, fueron desterrados.

Sin embargo, el perdón que Carlos IV concede a su hijo produjo un desprestigio en la monarquía, entre otras razones al haber detenido al príncipe heredero por su responsabilidad en los hechos y por la posterior exculpación que decretaron los jueces del Consejo de Castilla, tanto para el príncipe como para los desterrados y detenidos.

Esta conspiración conllevó la desconfianza hacia la monarquía y el fortalecimiento del partido fernandino que esperaba otra oportunidad mejor que la que se había presentado y que llegaría en Aranjuez (Madrid).

Llegada de las tropas francesas

La situación no era halagüeña para la institución monárquica con la llegada de las tropas francesas al territorio español.

Godoy, siguiendo el ejemplo de Portugal cuyos Reyes habían emigrado a sus colonias americanas, plantea a Carlos IV huir hacia Andalucía para optar por escapar igualmente hacia América.

Mientras, Napoleón, ávido de poder, observa en estas intrigas palaciegas y este vacío de poder, una opción al trono español.

Las tropas francesas al mando de Murat se acercan a Madrid mientras Napoleón, por medio de su embajador pedía el Ebro como frontera entre ambos países, Francia y España.

El rey decide huir hacia el sur, pasando antes por los Reales Sitios de Aranjuez, lugar donde traslada la corte y donde aprovecharán los fernandinos para poner fin al reinado de Carlos IV.

Entre el 17 y 19 de marzo de 1808, una vez que la corte ha hecho su entrada en Aranjuez, el partido fernandino se organiza y prepara el Motín de Aranjuez.

Conocedores de la marcha del rey y sus intenciones de abandonar España, alertan al pueblo, haciendo correr el rumor de que Godoy había pactado con Napoleón que éste evitaría la entronización del Príncipe Fernando.

La llama estaba prendida pero aún faltaba elegir el momento definitivo, el momento preciso que hiciera estallar la revuelta.

Para ello, se eligió el comienzo del viaje que los monarcas pretendía realiza hacia Andalucía.

Nobles disfrazados, entre ellos el Conde de Tena, ahora Conde de Montijo, ferviente opositor de la política absolutista de los Austrias, defensor del constitucionalismo y la vuelta de las Cortes como limitación de la autoridad del Rey e implicado en la Conspiración de Picornell en 1796 de tintes republicanos, maquinaron la caída de Godoy mediante un entramado en el que, lacayos, servidores, miembros del Palacio Real y soldados, fueron arrastrados para evitar que Godoy se llevase a Carlos IV y su esposa María Luisa a Sevilla y a Cádiz, lugar donde repudiarían a su hijo Fernando a favor del Ministro, Príncipe de la Paz, Godoy.

La huída

Los rumores auguraban que la huída estaba planeada el 17 de marzo.

Esa noche, una muchedumbre heterogénea, se dirigió a la casa de Godoy donde se había visto a la amante del mismo, Pepita Tudor, salir de la casa, siendo este hecho, la señal que indicaba el abandono de los Reyes de los Reales Sitios.

Los insurrectos entraron en el palacete que ocupaba el ministro destrozando todas las estancias; muebles y tapicerías fueron prendidos en hogueras; la búsqueda de Godoy resultó inane.

Un fiel servidor le ofreció sus estancias donde permanecería escondido un breve espacio de tiempo.

Ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, el Rey decide, mediante decreto y asesorado por sus consejeros, destituir a Godoy de todas sus obligaciones como Generalísimo y Almirante, posibilitándole un justo retiro.

La opción otorgada por el rey no contentó a los amotinados que deseaban su prendimiento.

Las amenazas de nuevos tumultos y enfrentamientos continuaron hasta el día 19 de marzo, día en el que, Godoy, derrotado, salió de un desván donde se ocultó tras unas esterillas, para someterse a las intenciones del populacho.

Entregado, paradójicamente, a la Guardia de Corps en la que, en días más felices había comenzado su fulgurante carrera hacia la prefectura real, fue hecho prisionero, no sin antes padecer la ira de una turba envalentonada que intentó darle muerte.

Esta vez, el Príncipe de Asturias salió en su defensa, perdonándole la vida.

Godoy le preguntó si ya era Rey para perdonarle, a lo que el príncipe contesto que aún no, pero que en breve lo sería.

Las algaradas no cesaron por parte de los fernandistas, creando el rumor nuevamente de que el Rey pretendía enviar a Godoy a Granada.

Carlos IV, abatido y coaccionado, no le quedó otra opción que ver la solución en su hijo Fernando.

El 19 de marzo de 1808, festividad de San José, Carlos IV, sin saberlo, dejó a España en una etapa oscura e infructuosa, al otorgar la corona, mediante la abdicación, a su hijo Fernando, que reinará como Fernando VII, que siendo tan deseado pasará a la historia como uno de los peores reyes que dirigieron los designios de España.

En el Castillo de Villaviciosa de Odón (Madrid), por fin, Godoy “descansaba” preso, mientras las tropas francesas bajo órdenes de Murat, se les permitía el 23 de marzo, la entrada en Madrid.

Para Miguel Artola, tanto la Conspiración de El Escorial, como el Motín de Aranjuez, supusieron un cambio en el pensamiento de Napoleón, llegando a establecer como frontera hispano-francesa, el cauce del Ebro.

Si en un primer momento, Napoleón vio en España una aliada obediente, las intrigas palaciegas le hicieron pensar en integrar a España en su idea imperial, y obtener de ella, además, los ingresos extras de las colonias españolas en América.

La idea napoleónica se cumplió cuando, en Bayona, y mediante una política hábilmente manejada por el emperador, reúne a padre e hijo, y se producen, las Abdicaciones de Bayona, que dan el trono español a Napoleón, al tiempo, que el pueblo madrileño, en principio, se levanta contra la opresión francesa y contra su invasión.

Carlos IV y María Luisa llegaron en 1811, después de un periplo por tierras francesas, a Roma donde pasaron sus días en el palacio de Borghese, y luego se trasladaron al palacio de Barberini, donde finalmente murieron con una diferencia de pocos días.

Etapa de intrigas, confabulaciones, y maquinaciones, el Motín de Aranjuez, se nos presenta como el inicio del fin del Antiguo Régimen en España.

Por primera vez, un rey era obligado por la nobleza y por su propio hijo, el príncipe de Asturias, a abdicar.

El deseado, el mesías, el libertador y, finalmente conocido como el Rey felón, Fernando VII, afianzó más aún los lazos con Napoleón al que dio las riendas de la monarquía española.

Sólo, el pueblo, mediante la guerra de guerrillas conseguirá echar de España a los franceses, volviendo al trono un rey que desmereció el apoyo que le dio su pueblo.

Godoy, continuó fiel a su rey Carlos IV y la reina María Luisa de quien, en mejores tiempos, se dijo que eran amantes.

Abandonado por su esposa, María Teresa de Borbón y Vallabriga harta de sus aventuras con Pepita Tudor, se trasladó en 1812 con los Reyes al Palacio de Barberini hasta la muerte de los monarcas en 1819.

Fernando VII continuó su persecución contra él haciéndole renunciar a los títulos de Príncipe de la Paz, entre otros.

En 1832, se traslada a París, donde, gracias a una pensión que otorga Luis Felipe de Orleans, se dedica a escribir sus memorias.

Isabel II le devolvió sus bienes, expropiados desde su huída de España, y alguno de sus títulos, exceptuando el de Príncipe de la Paz, almirante y generalísimo.

Sin embargo, la demora en su entrega le superó en la muerte y en la primera república (1871), el presidente Emilio Castelar los nacionalizó ilegalmente.

En 1851 muere Manuel Godoy y Álvarez de Faria y Sanchez Ríos Zarzosa, durante el reinado en España de Isabel II, en París, lugar donde fue enterrado en el cementerio de Pere Lachaise aunque en el año 2008 existe la intención de que sus restos descansen en su ciudad natal, Badajoz.

Muere así el Príncipe de la Paz, almirante, generalísimo, alteza serenísima, duque de Alcudia y de Sueca, favorito, primer ministro o ministro universal de la Corte de Carlos IV…, casi olvidado.

Fue el último de los válidos españoles, cuyo mayor pecado, quizás fue su inteligencia o su ambición.