Motín de Esquilache: ¿Una cuestión de moda?

Motin de Esquilache

En la Semana Santa de 1766, el pueblo de Madrid se levanta en armas contra el Ministro de Hacienda de Carlos III, Leopoldo de Gregorio Marqués de Esquilache, por una serie de instrucciones que provocaran la huída de Carlos III a Aranjuez y la expulsión de España de dicho Ministro.

El reinado de Carlos III, considerado el mejor Alcalde de Madrid, fue uno de los más innovadores por la imposición de una serie de medidas sociales e higiénicas, y por la transformación arquitectónica y urbanística que sufrió Madrid durante su mandato.

Con él, se construyeron hospitales públicos, se comenzaron a recoger basuras, se creó una red de alcantarillado y, Madrid se iluminó gracias al alumbrado público.

Causas del Motín de Esquilache

Aunque las medidas que encendieron al pueblo fueron las referentes a la vestimenta, el Rey por medio de su Ministro de Hacienda, impuso otra serie de normas que si bien no gustaron a los madrileños tuvieron que ser acatadas.

Podemos destacar las de carácter higiénico como la obligación de limpiar las delanteras de sus casas o adecentar tanto plazas como mercados o, las de orden social como la prohibición de que en segundas nupcias se celebrasen cencerradas o la imposición de multas a quienes provocaran escándalos o se emborracharan durante las fiestas religiosas en lugares concurridos.

Dichas normas aunque con disgusto tuvieron que ser aceptadas.

Las reformas también afectaron a otros sectores creándose la Junta del Catastro y reorganizándose el Consejo de Castilla a base de burgueses.

Debemos observar que es el XVIII, el siglo de la Ilustración y del pensamiento reformista, y del ascenso de una nueva clase social, la burguesía.

La aristocracia se verá amenazada, sobre todo, cuando en 1771 se cree la Orden de Carlos III destinada a premiar sin tener en cuenta el origen familiar.

Igualmente el clero sufrirá el envite de los nuevos tiempos debido principalmente al aumento de las contribuciones, la pérdida de la inmunidad eclesiástica, las sucesivas amortizaciones, el uso del regalismo borbónico y el decreto del Pase Regio o Exequátur de 1762, por el que el rey tenía la facultad de autorizar normas eclesiásticas.

Y por último, el pueblo que sufría la irrefrenable política reformista tanto de Carlos III como de su Ministro.

En este ambiente es cuando, mediante Bando Solemne, se ordena que se acorten las capas y se cambien los sombreros por tricornios o sombreros de tres picos, para evitar delitos y crímenes.

Es decir, aprovechando la largura de la capa, dentro de ella, podían ser ocultadas armas y, el sombrero de ala ancha o gachó escondía la cara y por tanto, las intenciones.

Sin embargo, no era la primera vez en España que se legislaba sobre la indumentaria.

Ya los Reyes Católicos, las realizaron; Juan de Austria, durante el reinado de Carlos II, ordenó la eliminación de la golilla por la corbata y el uso de chambergas y calzones largos; Felipe IV, en su intento de imponer el traje francés, consiguió el aumento de las alas en el sombrero y la largura de las capas, dando al traste con la innovación.

Qué incluía la reforma de Esquilache

La reforma de Esquilache, apoyada por el Rey, incluía multas y, en caso de reincidencia, cárcel (10 de marzo de 1766).

Hasta este momento no deja de ser un hecho anecdótico, sin presentar un ápice de peligrosidad, la intención de Esquilache de evitar los altercados públicos.

Quizás incluso porque el decreto de 10 de marzo sólo afectaba a los empleados en el servicio y oficinas reales, por lo que en palabras del profesor Antonio Risco de la Universidad de Toulouse, en su artículo: “Flujos y Reflujos del motín de Esquilache” aclare que más que prevenir la delincuencia se trataba de “… diferenciar y de distinguir por el vestido a un grupo socio profesional, a menudo de oscura extracción, pero a cuyos componentes quería obligar el Rey a presentarse en todas partes con la distinción en que los ha puesto…”.

Otros dos motivos, se unen a dicho decreto; por un lado, la procedencia extranjera de Esquilache, natural de Messina, y por otro, la crisis económica que afectaba, principalmente, a las clases más humildes.

Siendo los instigadores principales de la revuelta, el clero y la aristocracia, las malas cosechas y el alza de precios aumentaron el descontento con el Ministro de Hacienda.

La primera declaración de descontento se produce en el año 1764, anterior al Motín del que tratamos, en el Buen Retiro de Madrid donde se celebraban las fiestas en honor de la infanta María Luisa y su futuro marido Leopoldo de Lorena, Gran Duque de la Toscana.

La Guardia Valona del Rey, encargada de enfrentarse a la protesta, mata a 24 personas.

Será en 1766 cuando se produzcan los altercados más graves al dictarse la mencionada normativa.

Los madrileños arrancan carteles y lanzan pasquines contra el Ministro, rompen las nuevas farolas del alumbrado y se niegan a realizar los cambios en su indumentaria hasta el 23 de junio de 1766, fecha del Domingo de Ramos, cuando un soldado arenga dos personas por continuar vistiendo a la antigua usanza.

Una contestación más alta que otra provocó la revuelta entre, paradójicamente, vivas al Rey, vivas a España y muerte a Esquilache.

El Lunes Santo los hechos se radicalizan, incluyendo en los insultos a la Guardia Real Valona.

Uno de estos soldados dio muerte a una mujer que es defendida por un amotinado.

El rebelde mata al guardia y lo arrastra como escarmiento, enfureciendo a sus compañeros de escuadrón.

El Monarca preocupado por el cariz que toman los acontecimientos reúne un consejo, en el que se observan dos corrientes.

Por una parte, el Duque de Arcos, Conde Gazzoli, y Conde Riego, abogan por la represión y el uso de la Artillería.

Por otro, el Marqués de Sarriá, Conde de Oñate, y el Conde de Revillagigedo son partidarios de la negociación.

Al tiempo, un nuevo personaje toma las riendas de la turba, el padre Cuenca.

Si bien tenía fama de santo, se presenta ante la masa de sublevados con una corona de espinas, una soga al cuello y un crucifijo en las manos, exhortándoles a la moderación, siendo elegido para presentar al Rey sus peticiones, entre las que podemos destacar: destitución y destierro de Esquilache, bajada de los precios de los comestibles, eliminación de la Junta de Abastos y de la Guardia Valona y, como no, conservación de la capa larga y el sombrero de ala ancha.

Igualmente, se le pide que aleje a los extranjeros del gobierno, una petición que no es novedosa y que los españoles exigen insistentemente a sus gobernantes, a lo largo de la historia.

La muchedumbre obliga al Rey a salir al balcón para confirmar que acata las decisiones llevadas por el padre Cuenca, y el júbilo estalla en Madrid, donde se suceden las manifestaciones de júbilo.

Sin embargo, al día siguiente se propaga la noticia de la marcha de Carlos III con su familia, y el Ministro Esquilache, hacia Aranjuez, lo que es interpretado como una huida para evitar cumplir las promesas pactadas.

El motín emerge, redactándose otro manifiesto denominado: “Cuerpo de Alborotadores Matritenses”.

El encargado de elevar dichas demandas será uno de los amotinados: Diego Abendaño, al que el Rey volverá a confirmar lo ya pactado desde el balcón del Palacio Real.

Los acontecimientos del Motín de Esquilache

Los acontecimientos se suceden rápidamente.

La razón de la marcha del Rey a Aranjuez con el Ministro afectado, no buscaba más que la protección de Esquilache ante las agresivas manifestaciones populares.

El 27 de marzo, día de Jueves Santo, Esquilache emprende el camino de Aranjuez a Cartagena, desde donde embarcara, un 13 de abril, hacia Italia.

En Venecia será nombrado Embajador hasta el 13 de septiembre de 1785, fecha en la que murió.

El levantamiento se contagiará a diversas regiones españolas como Zaragoza, Cuenca, La Coruña, Oviedo, Santander, Bilbao, Barcelona, Cádiz y Cartagena sin coordinación ni reivindicaciones comunes.

En el único lugar donde el tumulto pasará a la categoría de Motín será en Zaragoza, donde se conseguirá una bajada de los precios de los comestibles.

El destierro de Esquilache encauzará la llegada de un nuevo personaje muy importante en la historia de España.

El Conde de Aranda, Don Pedro Pablo Abarca de Bolea (1718-1798), será nombrado Presidente del Consejo de Castilla, comenzando una época en el reinado de Carlos III de clara influencia arandina.

Los levantamientos posteriores al de Madrid, llevaron al Conde de Aranda a ejercer una delicada política que finalmente, abolirá todas las peticiones prometidas por Carlos III, imponiéndose definitivamente la capa corta y el tricornio, sin el más mínimo indicio de amotinamiento, la guardia valona retorno a Madrid, y el Consejo de Castilla anuló las demandas de los sublevados madrileños.

El Rey no volvió a la capital de España, hasta diciembre de 1766, tanto por los sucesos acaecidos como por la muerte de su madre, Isabel de Farnesio en julio de 1766.

El motín de Esquilache muestra dos consignas que se repiten a lo largo de la historia de España: la exigencia popular de separar del gobierno a extranjeros y la protección que el pueblo hace a la Corona que siempre resurge entre vivas al Rey, sin apreciarse el más mínimo reproche por sus actuaciones.

Además, y con posterioridad, una de las consecuencias del Motín fue la expulsión de la Compañía de Jesús o Jesuítas de España en 1767 mediante la famosa Pragmática Sanción, acusados de haber instigado a los matritenses contra la Corona, y el destierro del Marqués de la Ensenada, hombre fuerte en el gobierno de España, a Medina del Campo (Valladolid), lugar del que no pudo volver a salir hasta su muerte en 1781.

El Motín desveló la necesidad de una reforma agraria en Castilla, Andalucía y Extremadura que no pudo ser aplicada por la oposición de los grupos privilegiados.