Octavio Augusto primer emperador de Roma

 

Sin duda alguna, cuando pensamos en las grandes personalidades políticas del mundo antiguo vienen casi de inmediato a nuestra memoria los nombres de Alejandro, Aníbal, o César.

Sin embargo, a juicio de quien esto escribe hay otra personalidad que pese a superar en importancia a los otros tres no es tan reconocida o tenida en cuenta a la hora de hablar de los grandes hombres de la Antigüedad.

Efectivamente estamos aludiendo a la figura del primer emperador de Roma, Augusto, que desgraciadamente para él y su obra, no cuenta en los tiempos presentes con un séquito de poetas como el que le acompañó en vida para cantar sus virtudes y loar sus hazañas.

Desde la más temprana Antigüedad existe una voluntad clara de relacionar a Augusto con esas grandes personalidades a las que anteriormente aludíamos como Alejandro.

Biografía de Octavio Augusto

Así, Suetonio en la biografía de Augusto narra un episodio que tiene como protagonista a la madre de este y a una serpiente, episodio que guarda gran similitud con la leyenda, según la cual Alejandro sería el fruto de la unión entre su madre y el dios Zeus que había adoptado la forma de dicho reptil.

De todas formas, Suetonio, además de este tipo de noticias, también nos proporciona un material básico para conocer la vida del primer emperador romano.

Nació en Roma, en el 63 a.C. Desde muy temprana edad inició una carrera política que le llevaría a convertirse en el constructor del Imperio del Tíber. Los primeros pasos los dio el joven Octavio para vengar la muerte de su tío adoptivo Julio César. A tal efecto dispuso de un ejército privado que tenía por objetivo ajusticiar a Casio y Bruto.

Sin embargo, no quedaban ahí sus ambiciones, el futuro Augusto aspiraba al puesto de tribuno, pero Marco Antonio se opuso a tal propuesta, lo que desembocó en una confrontación armada que se saldó con la victoria de Octavio.

A continuación se presentó en Roma con sus tropas y logró hacerse proclamar cónsul, gracias principalmente a la capacidad de persuasión que ejerció sobre el Senado del ejército de Octavio.

El ansia de poder de Octavio era comparable a su astucia, así que para sacar partido al buen recuerdo que el pueblo tenía de César, Octavio decretó una ley contra los asesinos de su tío adoptivo, con lo que sumó para su causa al conjunto de los partidarios de César.

De todas formas, esto no bastaba para lograr el control absoluto, por lo que tuvo que pactar con Lépido y Marco Antonio para repartirse el poder dando lugar a finales del 43 a.C. a la creación del segundo triunvirato.

En virtud de este acuerdo, Octavio pasó a controlar las islas, África y Numidia. Antonio la Galia Cisalpina Y la Connata; Lépido la Galia Narbonense y las tierras de Hispania, quedando Italia bajo el dominio colectivo.

Para afianzar el control de la nueva situación, los triunviros desataron una ola de represión contra senadores y caballeros que alcanzó cifras muy elevadas.

Pero no sería hasta el 42 a.C. cuando Octavio y Antonio pudieron ver cumplidos sus deseos de venganza al derrotar a Casio y Bruto en la batalla de Filipos.

Después de haber vengado la muerte de César, y tras sofocar una revuelta del hermano de Marco Antonio, las relaciones entre este y Octavio se deterioran, aunque la situación se solucionó con un nuevo reparto territorial que adjudicaba a Marco Antonio las provincias occidentales, a Lépido los territorios de África y a Octavio las orientales.

Sin embargo, Lépido, tras vencer a las tropas pompeyanas en Sicilia, perdió la lealtad de sus propias huestes, por paradójico que parezca, y los territorios que le habían sido asignados.

De esta forma y tras desaparecer Lépido de la escena política y dejar de actuar como tepón entre los otros dos triunviros, la rivalidad creada entre Octavio y Marco Antonio pronto se redimirá en el campo de batalla al carecer del peso como moderador de Lépido.

Las relaciones de Marco Antonio con Cleopatra y los desprecios hacia su mujer Octavia, hermana de su rival, allanaron el camino para que Octavio lanzara una feroz campaña de propagando en su contra.

Pero no quedaron ahí las cosas, el siguiente paso fue un salto cualitativo en su enemistad y supuso la confrontación abierta, estos enfrentamientos armados tuvieron su punto álgido en al famosa batalla de Accio, que supuso la derrota de la flota comandada por Marco Antonio y Cleopatra. Aunque estos escaparon y se dirigieron hacia Alejandría donde cuenta la tradición que se dieron muerte con el veneno de una áspid.

Tras estos acontecimientos, Octavio, se convirtió en el amo absoluto de la gran potencia mediterránea, merced a una significación muy trabajada en la que simuló la entrega de todo su poder al Senado, cosa que esta institución rechazó y respondió concediéndole el título de Augusto, otorgándole el máximo poder de la República con el título de princeps y santificando su personalidad.

Una vez alcanzadas unas cotas de poder como nunca antes se había concedido en la Historia de Roma, Augusto, se dedicó a una doble tarea:
En lo exterior, fijó los límites del Imperio y lo pacificó, conociéndose este episodio como la “Pax Augusta”.

Y en el interior, especialmente en la propia ciudad de Roma, desarrolló todo un ambicioso programa de reconstrucción en los que se incluía todos los elementos de la vida política romana así como las obras públicas y las creaciones artísticas. En este último apartado debemos detenernos, pues va a ser uno de los pilares sobre los que descansará el naciente régimen.

Es perfectamente evidente el hecho de que Augusto, una vez finalizada la guerra civil, desarrolla un ambicioso programa de reformas políticas con el objetivo de corregir los abusos y los vicios del pasado.

La sociedad que existe en época del primer emperador romano se caracterizaba precisamente por una escandalosa falta de moralidad y de seguridad ciudadana.

Para corregir esta situación promulgó todas esas reformas a las que acabamos de hacer referencia. Sin embargo, estas preocupaciones no eran en absoluto algo que afectara en exclusiva a la persona de Augusto, por lo que al iniciar su proyecto, fueron numerosas las personas que se adquirieron con extraordinario entusiasmo a tal magna tarea.

Cabe decir que la mayoría de estas gentes, procedió en número muy elevado del campo de las artes y las ciencias, donde sin duda había nombres propios que merecían especial atención. De entre ellos, sin duda al que primero debemos hacer alusión es a Virgilio, gran poeta clásico que puso todo su talento al servicio de Augusto para ofrecer un marco ideológico en el que se propugnara una vuelta a las costumbres y valores tradicionales.

Ciertamente, Virgilio no fue el único ni estuvo solo al frente de ese programa. Junto a él podemos citar a Horacio, Propercio y Ovidio en el campo de la literatura y a Tito Livio en el de la historia. Aunque el objetivo de regeneración moral de la sociedad no parece que fuera logrado, entre otras cosas porque existen numerosos casos de infidelidad de las clases altas y del propio Augusto, lo cierto es que estos autores consiguieron dotar a Roma de una literatura nacional, en palabras de Pedro Barceló.

De esta forma y siguiendo al mismo autor, la literatura romana podría empezar a equipararse con la literatura griega y dejar de imitarla. Pero el plan de Augusto, no sólo se nutría de poetas e historiadores.

Tras muchos años de conflictos internos, la ciudad del Tíber, presentaba un aspecto que no se correspondía con su papel como centro político-militar y económico mediterráneo, por lo que se inició un ambicioso plan de reformas urbanísticas y arquitectónicas a cuya cabeza se situó el genio de Vitrubio.

El resultado de la acción de gobierno de Augusto, fue la creación de un orden dotado de unos cánones y unas estructuras político-sociales que permanecerían prácticamente inalterados hasta la caída del propio Imperio Romano, aunque su influencia se dejará notar quizá hasta nuestros días.

Es por ellos que al inicio de esta biografía consideremos a Augusto como superior en importancia a cualquier otra personalidad de la Antigüedad.

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