Platillos volantes: Ovni, ¿Realidad o Ficción?

Platillo volantes

El fenómeno de los Platillos Volantes y de la vida extraterrestre suscita apasionados enfrentamientos.

Hay quien lo da como un hecho incuestionable que sólo la pedantería científica niega.

Y hay quien piensa que es un campo abonado para los embaucadores, para los crédulos y para los ignorantes.

Corría el año 1947. El verano acababa de empezar.

Kenneth Arnold sobrevolaba en avioneta el estado de Washington.

De pronto avistó nueve objetos voladores, desconocidos para él.

Tenían una extraña forma circular, abultada en la parte central.

Su sorpresa fue mayúscula.

¿Qué podría ser aquello? Que él supiera, no había ningún artefacto capaz de volar sin alas y sin hélices.

¿Globos, quizás? No, eran demasiado planos.

Arnold incubó una sospecha terrible.

La Guerra Fría con los rusos destapó su poderosa imaginación de hombre dedicado profesionalmente a vender materiales para sofocar incendios.

¿Y si se tratara de artefactos rusos, destinados a burlar los radares de detección norteamericanos con el fin de espiar el país?
Cuando aterrizó, a Kenneth Arnold le faltó el tiempo para ir a contárselo a los medios de comunicación.

Había que alertar, había que neutralizar esa sofisticada manera de colocársele a uno encima de su casa y de su cabeza.

Tal vez lo que viera Arnold aquel día -era el 24 de junio- fuera un brillo, un destello de nueve ramificaciones; tal vez fueran auténticas maquinarias voladoras con seres inteligentes pilotándolas; o quizás, tal vez fuera una alucinación que sólo existiera en el fondo de su cerebro.

En cualquier caso, este hombre pasará a la historia por haber sido el primero que utilizó el término “platillos” al describir los extraños avistamientos que realizó.

Además, tuvo el ingenio, o la suficiente capacidad creadora, para utilizar una bella expresión lingüística que contribuyó no poco a su inmediata difusión.

Los nombró “como platillos saltando sobre el agua”, cosa que espoleó, sin duda, ocultos resortes inhibitorios del ser humano e inició toda una serie de avistamientos de similares características que no han cesado hasta la fecha.

Lo cierto es que no todos los objetos voladores de difícil identificación tienen forma circular, de centro abombado.

Los hay de forma esférica, cilíndrica, elíptica… Pero todos poseen en común el estar iluminados y el desplazarse a velocidades que superan los cálculos terrestres.

¿Qué es la Ufología?

La Ufología es el compendio de versiones, creencias, teorías y experiencias sostenidas por todos aquellos que proclaman algún hecho relacionado con la vida extraterrestre.

Ellos la llaman ciencia y creen en sus postulados con la misma vehemencia y seguridad que un científico de cualquier rama pueda hacerlo con los suyos.

A las aseveraciones de los primeros, oponen estos últimos una única palabra: “pruebas”.

Las pruebas que aportan los ufólogos son los avistamientos de millones de personas, numerosas abducciones o secuestros, contactos en diversas fases… Todo ello, humo volátil para el que se sienta al lado de la ciencia.

Ni un sólo objeto de materia desconocida aquí en la tierra, ni una sola grabación incontestable, ni una sola imagen definitiva… Y sí, en cambio, muchas tentativas de fraude, de falsedades, de engaños, de teorías descabelladas que no resisten el más mínimo análisis.

No por eso se amilanan los ufólogos.

Para ellos, las versiones que aportan diversas personas desconocidas entre sí y sin ningún nexo de mutua vinculación, sobre un mismo hecho de características extrañas, constituyen una prueba sustancial.

Los científicos replican que todo puede deberse a un estado de psicosis colectiva.

Hay una relación directa, aducen éstos, entre el reflejo de estas noticias en los medios de comunicación y la profusión de testimonios que aparecen de inmediato.

Es como si la mente “fabricara” estas historias por el hecho de estar de moda y convenientemente cubiertas en los medios de comunicación.

Los ufólogos insisten.

No se trata, en muchas ocasiones, de gente sin cultura o de embaucadores profesionales en cuyo desenmascaramiento son los propios ufólogos serios los más interesados.

Hay testimonios de personas cultas y técnicamente formadas, como es el caso de pilotos de aviación (los más contrarios a introducir en los cielos el misterio y la incertidumbre), de astrónomos, de físicos, de policías
Se trata en definitiva de personas de buena fe, insisten los científicos, que han sufrido una alucinación o que han realizado una mala interpretación de unos fenómenos naturales, o quizá desconocidos, pero sin base suficiente para vincularlos con vida extraterrestre.

El punto final, en este caso, siempre sigue siendo el mismo: pruebas, pruebas…
Y es que en los extensos capítulos que nos hablan de este tipo de historias ha habido muchos intentos de engañar a la opinión pública.

Se ha tratado de presentar fotos trucadas de insectos posados en los cristales, como naves sobrevolando cielos casi siempre oscuros o turbios.

Se han mostrado extrañas formas y dibujos roturados sobre campos de cereales como mensajes de raros pobladores de unos mundos ignotos.

Ha habido verdaderos iluminados de cabellera encrespada y abrasados ojos, que se han presentado ante los demás como embajadores de civilizaciones asentadas en galaxias aún desconocidas para el género humano.

¿Y sus credenciales? Nada, ninguna… Si acaso, su verbo desbordante y en ocasiones apocalíptico, su mirada extraviada, su loca obsesión…

Un aspecto que apasiona y que introduce elementos inquietantes en la estabilidad emocional de quien se aproxima a este tema lo representan las abduciones o, en un mejor castellano, los secuestros.

19 de septiembre de 1961.

Barney y Betty Hill circulaban por una carretera del estado de New Hampshire.

Volvían a su casa de Portsmouth tras unas vacaciones en Canadá.

La noche no dejaba ver el paisaje y la monotonía se había pegado a las ruedas del automóvil.

El hombre agarraba el volante con cierto cansancio.

A su lado, Betty miraba una y otra vez el espejo retrovisor.

Había visto unas luces.

Al principio no les había prestado más atención.

¡Qué iban a ser, sino las luces rebotadas de cualquier vehículo que circulaba por detrás de ellos? ¿O por qué no el disco desintegrado de la luna, ante el zarandeo constante de los baches?
Pero las luces persistían sobre el cristal retrovisor y Betty miró hacia atrás.

En el cielo había una luz.

Brillaba con fuerza.

Los movimientos del coche y sus cambiantes sentidos no alteraban el hecho de que la luz siempre se hallase a espaldas de los Hill.

La mujer alertó a su marido. Aquella luz era extraña. No se movía por la carretera. Se hallaba encendida en el cielo. Volaba. Los perseguía. Barney detuvo el coche. La luz también se detuvo. Frente a ellos. Sus ojos quedaban deslumbrados.

Aún así, Barney cogió los prismáticos de la guantera y se los llevó a la cara.

La luz ganó en intensidad, sus pupilas se achicaron extraordinariamente.

Sintió un miedo repentino que le hizo sudar a mares.

Medio a ciegas, arrancó de nuevo el coche y tomó una carretera secundaria que también les conduciría a la ciudad.

Quería despistar a sus perseguidores.

O librarse de esa luz fantasmagórica que le había puesto los pelos de punta.

A su lado, la mujer temblaba, agazapada en el asiento.

Cuando, más tarde, reconstruyeron los hechos, los Hill no pudieron recordar qué hicieron durante dos horas.

Este periodo de tiempo quedó en blanco en sus mentes.

Sólo mediante hipnosis descubrieron que habían sido abducidos (secuestrados) por los ocupantes de un platillo volante y sometidos a un análisis minucioso.

Pero, una vez más, las pruebas brillaron por su ausencia.

Ni un insignificante rasguño provocado por mano extraña.

Ni una diminuta marca sobre la piel.

Los Hill presentaban un aspecto similar al de cualquier pareja que hubiera pasado largas horas de viaje por carretera.

El mundo de la ciencia corrió presurosa a desmontar aquel nuevo episodio atribuido a seres extraterrestres.

El sueño los había vencido y Barney había parado el vehículo.

Las pesadillas de la mujer habían hecho el resto.

Todo había sido la creación de una mente cuando el sueño rompe las cadenas de las inhibiciones y deja que se expresen los más recónditos pensamientos.

¿Real o soñado? ¿Imaginado o vivido? ¡En cualquier caso, qué más da! Las trincheras entre los ufólogos y los científicos siguen en pie, irreconciliables, sañudamente inmóviles.

Los tiempos futuros y los hechos que se fraguan en las estrellas hablarán por ellos.