¿Qué es una casa encantada?

 

casa encantada

Las casas encantadas ejercen una extraña fascinación. Al tiempo que perturban los ángulos de seguridad sobre los que nos asentamos introducen en nuestro interior la magia, la inestabilidad, el embrujo, la niebla… Algo que el ser humano reencuentra en su alma, oculto tras muchas capas de civilización.

Tenía tres hijos. Se enamoró de un Guardia Civil y se escapó con él. Lo abandonó todo. Ni una nota de despedida, ni un signo que delatara un momento de duda. El marido se quedó roto; los hijos, pasmados hasta la incredulidad.

Durante la segunda noche de ausencia, el marido burlado, el padre de aquellos desgraciados pichoncitos, dejó su cuerpo colgando de una soga y balanceándose de la viga más poderosa del granero.

Los niños fueron repartidos entre unos familiares muy lejanos, los únicos que tenían.

La casa permaneció cerrada durante años. En algún momento, alguien aseguró que por las noches brotaban de aquella casa lamentos de dolor incontenible, mezclados con el nombre de la mujer adúltera.

Nadie compró jamás aquella casa; nadie osó habitarla. Se trataba de una casa encantada.

Leyendas e historias de las casas encantadas

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Las casas encantadas figuran en la leyenda y en la historia de las ciudades, pueblos, villorrios o aldeas perdidas de todos los países del mundo.

Es un fenómeno universal en el espacio y en el tiempo.

En plena selva africana o en una ciudad como Nueva York, encontraremos una choza de barro o una casona de ladrillos a las que la credulidad popular atribuirá fenómenos paranormales de impacto terrorífico.

También a lo largo de los siglos se ha especulado con este tipo de edificaciones y se las ha utilizado como escenografía idónea para relatos de terror, entre los que no han escaseado los cuentos para niños.

¿Quién no recuerda haber leído en su infancia un inocente cuentecillo en el que alguno de sus protagonistas tenía que demostrar su valentía pasando una o más noches en un castillo infestado de fantasmas, de voces atormentadas y de luces violáceas que se encendían y se apagaban sin ninguna explicación racional?

Juan Sin Miedo es un ejemplo típico, ante el que sonríen amablemente todos los adultos; pero que en el ánimo de los niños produce un impacto semejante al que a usted o a mí nos podría producir una película terrorífica.

Atribuirle a una casa características propias de un encantamiento entronca con la tendencia humana hacia el animismo.

El fenómeno animista anida en el alma de los hombres desde que éste aprende a razonar, allá en los albores de los tiempos.

Todo cuanto existe se ve poseído por un espíritu, por una fuerza ante la que nada puede el ser humano común y corriente.

Esa fuerza se halla más allá de la vida y de la muerte y se mueve en unas dimensiones incomprensibles para la mente del hombre.

Es la razón que crea su antítesis.

Es lo fantástico, lo maravilloso, la sinrazón que se erige como hipótesis de la realidad.

Es un juego al que se tiende magnética e irremisiblemente aún sabiendo que el precipicio que se abre a los pies del jugador representan el terror y el espanto que no son otra cosa que el agujero negro del raciocinio.

Casas encantadas como invención de la mente

Casas encantadas como invención de la mente

Las casas encantadas son, pues, una creación de la mente.

Cuando el viento ulula por las noches y despavorido recorre las callejas solitarias y penetra en la vivienda que han abandonado sus moradores y cierra con violencia las ventanas y lanza grandes voces de madera al golpear sobre las espaldas de las puertas…, y levanta las tejas y las arroja cual mano crispada al centro de la plaza, y obliga a crujir a las viejas y carcomidas vigas que se quejan porque temen la furia de ese viento nocturno que les ha llegado de improviso y que las atraviesa con soplos de hielo arrancado de las cimas de las montañas…, entonces, muy cerca de allí, tal vez en la casa vecina, ese ser racional al que llamamos hombre o mujer se arrebuja en sus gruesas mantas, encoge sus rodillas y, sumido en el sopor de los sueños, en esos límites en los que la conciencia se apaga, deja que la fábula recupere el terreno perdido en su cerebro tras milenios de civilización y todas aquellas cualidades atávicas sumergidas resurgen, se enseñorean de su mente y crean lo fantástico.

La voz del viento se transforma en la voz del antiguo dueño de la vivienda que torna de vez en cuando de ultratumba, reclamando justicia ante cualquier descalabro moral o físico que permanece impune.

La luz esporádica y fugaz del rayo ocasional es la lámpara que porta el difunto, mientras recorre la casa de un lado a otro en una loca búsqueda de no se sabe muy bien qué.

Los crujidos de la madera son largos y espeluznantes lamentos.

Con la salida del sol todo aquel encantamiento se ha esfumado.

La vieja casa, contemplada desde la calle presenta un lamentable aspecto.

Las termitas se hallan instaladas en el interior de las vigas desde hace algunos años y la ociosidad no es una de sus características.

Los cristales de las ventanas son un mero recuerdo esparcido por los solares vecinos.

Los batientes andan sueltos, desvencijados y con las bisagras rotas.

El viento, atemorizado por la luz del día, se ha retirado y se esconde tras los pinos, como avergonzado por el escándalo que ha promovido aquella noche.

Todo podría perder en un segundo el polvo de la mentira y de la fantasía.

Pero el ser humano no está dispuesto a renunciar a algo tan sugestivo, emocionante y aterrador como esas sensaciones que ha vivido por la noche.

En cierto modo es el creador de toda una historia que los demás ignoran y que puede provocar el temblequeo de sus piernas cuando lleguen a enterarse.

Por eso corre por la plaza, contando que aquella casa está encantada, que por las noches se oyen voces, que alguien pide satisfacción y justicia y que unas luces se vislumbran por el interior de la vivienda, pasando de una habitación a otra.

Desde ese día aquella será una casa encantada, permanecerá para siempre deshabitada y en ruinas y no habrá un solo vecino del lugar que no asegure haber oído voces, profundas y pavorosas voces que ponen los cabellos de punta y que introducen el espanto en las mismísimas entrañas.

Seres irreales y casas encantadas

Seres irreales y casas encantadas

Las casas encantadas siempre han ido asociadas a seres irreales, de alto contenido fantástico.

Los espíritus atormentados carentes de forma corpórea que se contentan con proferir gritos desgarradores, alaridos inconexo y que provocan el desplazamiento de todo tipo de objetos por el interior de la casa, alternan con los más recatados que cubren su desnudez con una sábana blanca, aunque debido a esta especie de timidez se vean condenados a soportar el peso de una gran bola de hierro sujeta a una de las puntas de su indumentaria.

Por lo demás, sus poderes son similares a los espíritus sin sábana, aun cuando, por lo general, se muestran menos atormentados y en ocasiones más veleidosos y juguetones que los otros.

Otros seres que transmiten sus señas de identidad a las casas encantadas son las brujas y los magos.

Dotados de unos poderes que escapan a la comprensión y al análisis humano, estos personajes siempre se han mostrado envueltos en una tenebrosa bruma que ha oscurecido sus perfiles y los ha mantenido en un secretismo que la leyenda popular ha impregnado de terror, de maldad y de deseos de venganza.

Son seres siempre despiertos para atisbar donde florece la felicidad entre los seres humanos con el único propósito de malograrla y poder refocilarse con el resultado de sus perversas acciones.

Los maleficios que brotan de sus oscuros laboratorios no sólo alcanzan a las personas, sino que afectan a toda clase de objetos, entre ellos las casas.

En este sentido no resulta extraño hablar de casas embrujadas, como sinónimo de casas encantadas o incluso de casas malditas.

En las casas embrujadas no suele habitar ningún espíritu, pero los fenómenos que se originan en ella infunden pavor a los habitantes que las ocupan y provocan su salida presurosa, a costa, muchas veces, de grandes perdidas materiales y anímicas.

Un papel similar al de las brujas y a su influencia en las viviendas sobre las que recae su maleficio, lo representa el diablo.

Aquella casa poseída por Satanás constituye un verdadero peligro para quien la ocupa.

Corre peligro su cuerpo, porque todo lo que hay en la casa se muestra hostil y agresivo para el ser humano; y corre peligro su alma, porque el enviado de los Infiernos no olvida jamás que su verdadero objetivo es la colonización de los espíritus y su irremisible condena.

También el propio ser humano demoniza, encanta, embruja o altera la paz y la normalidad de su propia casa.

El estado anímico de las personas se traslada a los objetos, y las simples ventanas abiertas de una vivienda pueden ser contempladas como unos ojos de amplias pupilas negras de las que manan presagios de terror y de muerte, cuando ese terror y esa muerte anidan tan sólo en el espíritu y en la mente de quien las contempla.

La casa encantada, muchas veces, se halla, únicamente, en el interior de uno mismo.

 

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