Silvina Ocampo: Biografía y Obras

Silvina ocampo

Silvina Ocampo nació en el año 1903 en el seno de una familia acomodada.

Era la menor de un total de seis hermanas.

La mayor de ellas, Victoria, llegaría a ser con el tiempo una de las figuras capitales en el ámbito cultural argentino, fundadora de la revista Sur.

Estudió dibujo en París con el surrealista Giorgio de Chirico, y también tuvo entre sus maestros a Fernand Léger y André Lhote, aunque aparcaría el dibujo y la pintura en su treintena para dedicarse a las letras; las primeras muestras de su trabajo literario serían publicadas en la citada revista Sur fundada por su hermana.

En 1933 conoció al escritor Adolfo Bioy Casares, con quien contraería matrimonio siete años después, y que sería el principal responsable, junto con Borges y su hermana Victoria, de la entrada de Silvina al mundo literario, en el que entablaría contacto también con autores como Santiago Dabove, José Bianco o Juan Rodolfo Wilcock, escritores durante mucho tiempo olvidados pero que son hoy día considerados capitales en la literatura argentina.

Sin embargo, la responsabilidad de los dos miembros del matrimonio en el inicio de sus respectivas carreras literarias resultó recíproca, pues fue Silvina quien, junto a Borges, convenció a Bioy Casares de que dejase los estudios y se dedicase a escribir.

La autora prefirió no prodigarse públicamente y mantener su esfera privada a salvo de indagaciones.

Junto a Borges y Bioy recopilaría en 1940 una afamada Antología de la literatura fantástica, que conocería una revisión posterior en 1965 con algún relato cambiado, y que hoy aún constituye un punto de referencia ineludible en lo que a literatura fantástica se refiere.

En el mismo año también se expuso en Buenos Aires la obra pictórica de la escritora.

Poemas de Silviana

En 1941 se publicaría una Antología poética argentina recopilada también por el trío de escritores, que eran llamados “La Santísima Trinidad” por Victoria.

Con Bioy escribiría una novela policiaca titulada Los que aman, odian en 1946.

El autor, recordando la experiencia de coautoría con su mujer, lamentaba no haber escrito más libros mano a mano con ella.

En 1954 nació Marta, la única hija de Bioy, fruto de una relación extramatrimonial.

Silvina también colaboró con Juan Rodolfo Wilcock, con cuya obra su propia literatura tiene importantes puntos de contacto, escribiendo juntos el drama en verso Los traidores (1956).

Su creación poética, que Borges fue uno de los primeros en alabar, se reparte en varios libros: Enumeración de la patria (1942), Espacios métricos (del mismo año), Los sonetos del jardín (1946), Poemas de amor desesperado (1949), Los nombres (1953), Lo amargo por lo dulce (1962), Amarillo celeste (1972), Árboles de Buenos Aires (1979, en el que sus textos acompañan a las fotografías de Aldo Sessa), Breve santoral (1985), este último acompañado de ilustraciones de Estela Canto.

Ganó el segundo Premio Nacional de Poesía con el libro Los nombres, el Premio Municipal por Espacios métricos y el primer Premio Nacional de Poesía con Lo amargo por lo dulce.

Fue amiga de la poeta argentina Alejandra Pizarnik y llevó a cabo diversas traducciones al castellano de poetas extranjeros, como Gérard de Nerval, Charles Baudelaire, Alexander Pope o Pierre de Ronsard, destacando entre todas ellas la que efectuó de la poesía completa de Emily Dickinson.

Cuentos de Silvina Ocampo

Sus relatos se recogen en Viaje olvidado (1937), Autobiografía de Irene (1948), La furia (1959), Las invitadas (1961), El pecado mortal (1966), Los días de la noche (1970), Y así sucesivamente (1987) y Cornelia frente al espejo (1988, el cual le valió el Premio del Club de los 13).

Estos cuentos suelen enmarcarse en un ambiente cotidiano, que en ocasiones hiperboliza rasgos del ambiente burgués rozando intencionada e irónicamente lo cursi, y que contrasta con la irrupción de lo extraño, de acontecimientos a menudo crueles y estremecedores.

El intercambio de identidades, la animación de objetos inanimados, los poderes psíquicos como la clarividencia, son sólo algunos de los muchos temas que la autora maneja en sus prosas.

Borges atribuía esa afición de la escritora por lo cruel “al interés sorprendido que el mal inspira en las almas nobles”.

Asimismo, su estilo hereda procedimientos vanguardistas para construir relatos que suelen hacer gala de una gran originalidad formal.

Además escribió libros de cuentos infantiles, como El cofre volante (1974), El tobogán (1975), El caballo alado (1976), La naranja maravillosa (1977), o Canto escolar (1979).

La economía verbal y la brevedad que suelen mostrar sus relatos se debían, según la propia Silvina, a un comentario que recibió de una profesora cuando escribió su primer cuento como actividad para la escuela, que ocupó nueve cuadernos.

La profesora le dijo que el papel era caro y no había que gastar tanto.

Silvina tomó en serio esta advertencia e hizo de la economía verbal uno de los pilares de su narrativa.

Otros artes de Silvina como la pintura

Pese a que se apartó de las artes visuales en favor de la literatura, la impronta de la pintura, especialmente del surrealismo (no olvidemos que tuvo a de Chirico como maestro) se deja ver en su obra, y buena parte de sus textos podrían considerarse un correlato literario de la pintura de artistas como Leonor Fini, Leonora Carrington o Remedios Varo, quienes también abordaban mundos oníricos, situaciones insólitas y visiones novedosas sobre lo cotidiano.

Su obra fue también alabada por Italo Calvino, cuyas impresiones sobre Silvina Ocampo sirven de introducción a algunas de las antologías preparadas en el extranjero sobre la obra de la autora.

Pese a haber sido desatendida por la crítica durante años y haber permanecido, en cierto modo, a la sombra de sus ilustres compañeros, es una de las voces fundamentales de la literatura fantástica rioplatense, junto a Cortázar o los ya citados Borges y Bioy, y una de las autoras femeninas más influyentes en las generaciones posteriores.

Murió en Buenos Aires en 1994.

Parece ser que la noticia de su fallecimiento no fue comunicada por su marido a los medios hasta después del entierro, salvaguardando así la privacidad que la escritora había sido tan celosa de guardar en vida.