El Submarino y la Guerra Submarina

Submarino

Desde la aparición del submarino y su ingeniosa aplicación bélica, cualquier Marina de Guerra perteneciente a cualquier potencia contemporánea que apostase por dichos efectivos tendría garantizado una mayor probabilidad de éxito en cualquier escenario marítimo.

Es, fundamentalmente, durante la Segunda Guerra Mundial cuando se afianzaría la efectividad de dicho invento y se le daría un mayor protagonismo.

El origen del submarino

Nadie imaginó que un artilugio anfibio fuese capaz de navegar bajo el agua además de por la superficie y que, lo que en un principio se inventó para exploraciones subacuáticas durante un par de horas, pudiese evolucionar a sumergibles encargados de dar auxilio a otros sumergibles u otros de gran poderío bélico como son los nucleares, capaces de estar sumergidos durante medio año y equipados de poderosas armas nucleares capacitadas para hacer desaparecer hasta ciudades enteras.

El primer submarino construido de la historia se fabricó en tierras inglesas por un inventor holandés llamado Cornelius Drebbel.

Éste había sido contratado por el rey de Inglaterra como inventor y trató de convencer a la Armada Británica del papel tan importante que este artilugio adoptaría en el transcurso de la Historia.

La concepción de este primer submarino se construyó a partir de un barco de pesca al que se le instaló un techo de madera y cubrió todo con cuero engrasado.

El ingenio era movido con la fuerza de doce remeros que respiraban gracias a un tubo (un esnórquel).

Fue en 1620, bajo las aguas del río Támesis, cuando se documentaría la primera navegación con inmersión llegando a alcanzar una profundidad de unos 12 pies.

El rey, sin duda, pareció satisfecho con estas demostraciones reales, pero la Armada Británica seguía sin ver la utilidad militar del artilugio y no sería hasta tres siglos después, cuando la iniciativa empezaría a prosperar.

Pero, aunque todos coinciden en este autor y esta fecha a la que nos hemos referido, como primer invento denominado submarino, podemos encontrar aún más atrás en el tiempo lo que podríamos enunciar como el ancestro de dicho invento.

Ancestros del submarino

Si nos remontamos al siglo XVII, observaremos como una idea ya existente sería la “culpable” de dar rienda suelta a los ingenios de muchos inventores en distintos puntos de la geografía terrestre y que, al unísono, denominarían submarino.

Esta idea era la barca cosaca llamada “CHAIKA” (gaviota), una estructura que podía ser cerrada y sumergirse como si fuese una campana submarina; los tripulantes podían respirar bajo el agua sin problemas mediante un sistema de lastres especiales y tubos para tomar aire del exterior, e incluso podían impulsarla bajo el agua de un lado para otro.

Muchos se preguntarán por qué nos hemos ido tan lejos para hablar de los orígenes del submarino en lugar de quedarnos dentro de nuestras fronteras y recordar al famoso inventor Isaac Peral; lo cierto es que éste es uno de esos inventos en los que cada país se atribuye su invención.

Sin embargo, el modelo de submarino que este español construyó fue lo que denominaríamos como “diesel”, es decir, que fue el primer submarino autónomo y es que, hasta la fecha, todos los submarinos construidos eran accionados por métodos denominados “manuales”.

La función de estos primeros vehículos sumergibles era meramente una herramienta para exploraciones subacuáticas, la evolución de los primeros sumergibles vendría de la mano del avance de la tecnología y del devenir de los incesantes acontecimientos bélicos que convertirían esta ingeniosa invención en un arma bélica.

En 1648 ya se formuló acerca de las ventajas estratégicas del submarino en la guerra, el obispo John Wilkins Chester alabaría su uso militar complicando el desarrollo de las batallas navales y sus resultados.

La vinculación militar con el submarino

Tras la aparición del torpedo, no tardarían en advertir el irresistible potencial militar de dicha siendo inmediata su adaptación a los submarinos.

El primer intento militar se denominó “Tortuga”, un dispositivo submarino concebido para un solo hombre y a pesar de tener un dispositivo de hélices, era impulsado por él mismo.

Su participación más sobresaliente fue en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos cuando se le asignó la misión de hundir el barco británico y buque insignia de los bloqueadores HMS Eagle, pero fracasó.

Más tarde, otros nombres pasarían a la Historia como es el caso del Nautilus en 1800 (de origen francés), el Brandtaucher en 1851 (de origen bávaro), el Alligator durante la guerra civil estadounidense (de diseño francés) o el Pionero, propiedad de los Estados Confederados de América (de 9 metros de largo).

La evolución del arma submarina, desde entonces, plantearía muchos inconvenientes que se irían resolviendo a medida de las necesidades que planteaba el artilugio, convirtiéndolo en una de las herramientas indispensables en las fuerzas marinas de cada potencia.

La lucha submarina fue mucha más difícil de lo que todos imaginamos ya que las numerosas deficiencias marcarían el rumbo de la guerra y el salvarlas, ayudaría a uno u otro bando a la consecución de su objetivo: la victoria.

Si en un principio los ataques eran los únicos momentos en que el submarino se encontraba sumergido, con creciente participación de la aviación se verían obligados a pasar más tiempo bajo el agua con las consecuencias que ello conllevaba.

La Primera Guerra Mundial, por ejemplo, resolvería otras necesidades como fue la de una formación para la dotación ya que los problemas técnicos y tácticos era una de las causas de incapacidad del arma frente a un objetivo y era necesario que la dotación destinada en cada uno de estos submarinos, estuviese al corriente para su solución.

Por otro lado, durante el desarrollo de las operaciones no era muy difícil la detección de las unidades submarinas ya que el inmenso ruido que producían, provenientes de las válvulas de nivelación del aparato a detectar y la combinación del “asdic” junto al hidrófono; no era muy difícil situar exactamente el objetivo y emprender el ataque contra el mismo hasta su destrucción.

El uso de este sistema de detección se extendería hasta tal punto en que la mismísima propaganda militar inglesa se extasiaría en su discurso sobre la efectividad de su incorporación a sus unidades submarinas.

La realidad y la sucesión de los hechos demostraría que este invento tampoco era del todo perfecto y que también tendría que evolucionar ya que resultó ser mucho más peligroso para aquellos que lo llevaban que para los que se veían amenazados por su uso; y es que la práctica en el mar y la emisión de haces ultra sonoros no hacía otra cosa que descubrir su presencia.

La Segunda Guerra Mundial y el protagonismo del submarino

La Segunda Guerra Mundial es el escenario donde más protagonismo alcanzó como arma estratégica desencadenando lo que los historiadores han denominado como “guerra submarina”.

Dicho protagonismo no se debe a otra cosa más que a la evolución de la que nos hemos hecho eco en las líneas anteriores, cuyos resultados despertaron la agudeza técnica y táctica tanto en los fabricantes de esta nueva arma como de sus tripulantes.

Las posibilidades de éxito eran abrumadoras de forma que todas las Fuerzas Navales de las grandes potencias apostarían por esta poderosa arma.

Es más, en 1930 se celebraría el convenio de Londres cuyo principal cometido sería el de dejar claro el empleo de los submarinos en tiempo de guerra y los sectores donde se podía atacar sin previo aviso.

Y es que el mismo día en que se originaron las hostilidades, 3 de septiembre de 1939, la noticia destacaría el ataque de un submarino alemán contra un buque inglés:

“El U-29, mandado por el teniente de navío Otto Schuhart, había hundido al portaviones inglés Courageus lanzándole dos torpedos”.

Cuando Inglaterra declaró la guerra a Alemania, el Reich se hallaba en gran inferioridad frente a la potencia naval inglesa, por lo que la marina alemana no tenía mucho que hacer más que un acuerdo que le protegiese de esta amenaza; acuerdo que, por el contrario, determinaría en que las fuerzas navales alemanas apenas podía incrementar su marina en unos cuantos submarinos- el arma de los débiles-.

A pesar de que el arma submarina aún era relativamente joven, los alemanes estaban convencidos de que seguía siendo un arma en extremo peligrosa y que sería uno de los factores decisivos en cualquier guerra naval pese a los medios ofensivos antisubmarinos y de los aparatos de detección; es por ello por lo que no dudaron en poner en marcha un gran programa de construcción de submarinos que lanzarían hasta treinta unidades al mes.

El Atlántico se convertía, entonces, en la pradera donde campaban a sus anchas las manadas de “lobos grises” a la espera de algún corderillo inglés despistado.

El mismo ejemplo seguirían otras naciones como la antigua U.R.S.S., EE.UU o Japón; fueron estos dos últimos los que protagonizaron uno de los encuentros más intensos.

El ataque a la inquebrantable base estadounidense en Hawaii es un ejemplo claro del la efectividad de esta nueva arma; los japoneses emplearían unos mini submarinos dotados de dos personas para acercarse en la oscura noche al puerto de Pearl Harbor y hacer un reconocimiento previo de los dispositivos navales allí destacados.

El desenlace ya lo conocemos todos.

Ya a finales del conflicto (1944) las tornas habían cambiado y mientras la fuerza submarina nipona no lograba más que pésimos resultados, los submarinos estadounidenses lideraban la “caza submarina” y se “ponían las botas” contra los buques de guerra y mercantes japoneses.

El argumento norteamericano de que “todos los recursos para la navegación de un país quedan comprometidos en el esfuerzo de guerra” parecía justificar el ataque indiscriminado de sus submarinos contra los busques tanqueros y de carga del Japón encargados de suministrar aquellos productos (petróleo, arroz, estaño, caucho, hierro y carbón) que constituían una parte tan esencial de la máquina de guerra del imperio nipón como eran sus acorazados y sus portaaviones.

Si lograban hacer desaparecer la flota de mercantes japoneses encargados de aprovisionar al imperio capaz de hacer frente al titánico imperialismo estadounidense, lograrían aprovechar la creciente vulnerabilidad militar japonesa, convertirla en una desventaja y hacer definitivo el elemental papel de la guerra submarina en cualquier conflicto contemporáneo.