Batalla de Trafalgar: Un campo de pruebas para la armada española

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Una pequeña introducción a modo de antecedente sobre uno de los conflictos más relevantes en nuestra Historia, quizás debamos atribuir a la firma del tratado de Utrecht (el día 2 de Julio de 1713) la autoridad del importante lanzamiento de uno de los pilares de dicha empresa: la industria naval y la Armada Española.

Resumen de la batalla de Trafalgar

La exasperante situación de España en años posteriores al tratado junto a la necesidad por recobrar una posición competitiva y reencontrar un puesto entre el resto de las naciones europeas, respalda la decisión tomada por el ministro de Marina, el señor D.

José Patiño, de crear arsenales en tres puntos estratégicos de la geografía española: El Ferrol (La Coruña), Cartagena (Murcia) y Puntales (Cádiz).

A partir de esta iniciativa, y en un escaso periodo de tiempo, se protagonizaría un relanzamiento de la marina española y un periodo de “prueba” tanto de las tácticas más arriesgadas como de la eficiencia del cuerpo de oficiales o la agilidad demostrada por los navíos españoles en las duras batallas en las que se participaba.

A pesar de este esfuerzo, en este periodo no fueron muchos los enfrentamientos tras los que salieran victoriosos la armada española, la hostigante presencia inglesa se encargaría de ello en distintos puntos del planeta.

El hecho es que la diferencia entre ambas armadas era latente y una de las causas por la que la suerte siempre se decantaba por los ingleses era debido, a pesar de la teoría que se centra en el número de navíos de que disponían, a las dotaciones de cada embarcación.

Lo cierto es que la marinería española estaba compuesta mayoritariamente por campesinos y presos que saldaban sus deudas con la justicia sirviendo en los barcos del Rey.

Como podemos imaginar el oficio de marinero no era algo gratificante, sin duda parecía ser el más aborrecido por lo que los efectivos resultaban bastante escasos; y es que la inexistencia de algún atractivo hacía que, incluso, fuese bastante corriente la deserción en los navíos.

La armada inglesa también acogía entre sus filas a malhechores y gente de leva cuyo número era muy superior debido a que existía una ley en la que se obligaba a todos los condados a proporcionar al Rey un número de reclutas en proporción a su población.

Los oficiales eran harina de otro costal, en ambas armadas el número era bastante aceptable y su formación impecable.

En ambas naciones se contaba con un amplio historial naval pero es quizás en la española donde fuese más acuciante el mal oficio de sus tripulaciones.

Tras ser guillotinado el monarca Luis XVI (1793), España quiso aprovechar la ocasión para declarar la guerra a su vecina Francia.

La incapacidad del país galo por llevar el enfrentamiento más allá provoca la firma de la paz de Basilea donde España recupera territorios perdidos durante la contienda, exceptuando la zona oriental de la isla de Santo Domingo.

Gran Bretaña no veía con buenos ojos dicha reconciliación y así se lo manifestaría al gobierno español ya que su eterna rivalidad con Francia y su deseo por hacerla desaparecer del mapa, le obligaría a someter a España a la política de presión llevada acabo sobre cualquier nación que pretendiese conformar una alianza con su gran enemiga.

La resistencia española ante los designios británicos iniciaría una serie de rivalidades cuyos efectos serían devastadores para la nación española.

La dureza y la duración de la guerra empobrecería a España hasta el punto que aceptó firmar la paz de Amiens con el objetivo de terminar con su larga agonía y en donde se disponía que Londres devolvía Menorca a España pero retenía Gibraltar y la isla de Trinidad.

A pesar de las creencias de los españoles, este tratado no pareció encontrar la tan ansiada solución; la tensión y la eterna contienda entre las naciones gala e inglesa parecía no haber cabida para la neutralidad.

La debilidad española se vería agravada debido al plan inglés que contemplaba entorpecer el comercio español e interceptar navíos que provienen de América provocando enormes pérdidas económicas.

Resulta terrible pero, a pesar de las penurias y sin voz ni voto, España no parecía librarse del yugo de la guerra y de sus calamidades; esta vez, y en contra de su voluntad, era partícipe del plan ideado por el propio Napoleón para invadir Inglaterra.

El gran estratega galo estaba absolutamente convencido del éxito de la creación de un escuadrón de navíos españoles y franceses, 2000 barcos y 90.

000 hombres reunidos a los largo de la costa francesa que mantendría a raya a la invencible armada inglesa.

A partir del envío de una escuadra Franco-española a las Indias occidentales, el plan contemplaba dividir las fuerzas inglesas previendo que los ingleses enviarían sus fuerzas navales allí; una vez mordido el cebo, la escuadra franco-española volvería inmediatamente con otros barcos del Ferrol, Rochefort y Brest dirección el Canal de la Mancha donde se haría efectivo el tan ansiado desembarco sobre Inglaterra.

La primera fase de la misión se llegó a cumplir.

Pero a la vuelta de las Indias Occidentales, la escuadra franco-española se topó con una fuerte resistencia inglesa comandada por Sir Robert Calder y parte de la Flota del Canal, que estaba a la espera de la escuadra al ser advertida días antes.

A 25 leguas de distancia del cabo Finisterre, y a pesar de la superioridad numérica, la ineficacia del Almirante Villeneuve favorece que los ingleses capturen dos navíos españoles, Firme y San Rafael.

Mientras tanto, en Europa, el almirante Nelson dirigiría sus esfuerzos por mantener el bloqueo de los principales puertos franceses y españoles.

Para estos últimos no parecía haber más solución que dirigir todos los efectivos hacia un puerto seguro: Cádiz.

Durante el bloqueo construido por la escuadra al mando de Nelson sobre la ciudad de Tolón, el almirante francés Villeneuve pone rumbo con los 12 navíos que componían la flota francesa (Plutón, Neptuno, Mont Blanc, Atlas, Berwick, Bucentaure, Formidable, Intrépide, Swiftsure, Indomptable y Scipión) hacia la ciudad de Cádiz donde se le incorporan los navíos españoles Argonauta, Terrible, España y Firme y el francés Aigle.

En la “tacita de plata”, el capitán francés no tenía muy claro cómo hacer frente a esta ingeniosa táctica; mediante un consejo, en el que se encontraban hombres de la talla de Gravina, se extendió la creencia de la necesidad de salir de Cádiz nada más que como última opción.

Un factor beneficioso para las tropas aliadas eran las pésimas condiciones meteorológicas que se vivían esos días en la bahía gaditana, dicho temporal hacía imposible la supervivencia por mucho tiempo de la escuadra inglesa; ésta parecía ser la única forma de no presentar una batalla definitiva.

La respuesta inglesa no se hizo esperar y es el propio Nelson quien ordena hundir cualquier embarcación que se dirija a Cádiz, el objetivo es desabastecer la ciudad (la cual sufre, además, el aislamiento que sufría toda la región de Andalucía para no caer en la epidemia de fiebre amarilla).

El movimiento desesperado de la escuadra española del puerto de Cádiz manteniendo el velamen a favor del viento en el caso de una derrota, confortó al almirante Nelson.

A bordo del Victory y en cubierta, con todas sus condecoraciones cosidas a su chaqueta, izó las consignas “Inglaterra espera que todo hombre cumplirá con su deber”, y a continuación “Atacad al enemigo de cerca”.

Mientras tanto, en el navío español San Juan Nepomuceno, Churruca mira por el telescopio el mástil del Bucentaure a la espera de una solución, como no se produce, sacude la cabeza y se dirige a su segundo al mando, “¡Perdidos! ¡Perdidos! ¡Perdidos!”.

Las órdenes del francés Villeneuve no parecía contentar a los capitanes españoles, a medida que se iba desarrollando la cruenta batalla y los navíos de la escuadra combinada española iba mermando en sus efectivos, muchos fueron los capitanes que desoyeron las órdenes del francés.

Un golpe de suerte deja malherido sobre la cubierta del Victory al comandante Nelson pero este suceso no impediría que la armada inglesa lograra rodear una y otra vez a navíos españoles y franceses forzándolos a la rendición.

El último apresamiento es el del buque insignia del general Gravina, el Príncipe de Asturias cuando se disponía poner rumbo a Cádiz.

Los últimos coletazos de la guerra ofrece la derrota al combinado franco-español permitiendo a Inglaterra tener la supremacía naval en los siguientes 100 años.

Tras la batalla de Trafalgar, Napoleón jamás volvería a tener una escuadra capaz de asegurar un desembarco en Inglaterra, y su objetivo jamás se cumpliría.

Inglaterra había vuelto a demostrar su hegemonía.